martes, 15 de julio de 2014

Novedades

Esta mañana he leído una noticia sobre las novedades que presentará el próximo 21 de octubre el DRAE. La he leído porque la ha enlazado una persona que me sigue y a quien sigo en Twitter. Las últimas once palabras son una definición para la que no hay un vocablo. No puedo decir un amigo porque mi concepto de la amistad se refiere a algo mucho más profundo que el simple contacto ocasional por una red. No puedo decir un conocido puesto que solo sé de él lo que dice de sí mismo en su perfil de TW (dos palabras y tres siglas) y lo que me atrevo a deducir de sus tuits. ¿Cómo defino esa relación?

Puede ser suficiente con combinar un sustantivo con un adjetivo u otro sustantivo que lo complementen. Amigos virtuales, conocidos por internet, contactos de Linkedin, de Facebook, de Twitter... Para los usuarios de las redes sociales eso basta. Otras relaciones son más sencillas de etiquetar, como la de seguidor. Y otras circunstancias, más difíciles, como la resultante de dar o recibir un "me gusta" o un "+1" o un "favorito" a algo. O como la de bloquear a un contacto (¿qué sería, un repudiado virtual?).

Pero a menudo hacen falta palabras nuevas para representar realidades nuevas. Estamos viviendo tiempos en que quien crea una realidad crea también la palabra y no hay alternativas (y esto lo dice alguien que en general considera pereza mental o falta de iniciativa adoptar vocablos ingleses en lugar de buscarles traducción). Al menos en España parece inconcebible traducir tweet, hablar de piar o de trinar. Por eso entran en el DRAE, castellanizados, tuit y tuitear (imagino que, en coherencia, también retuitear). Y no sé si lo harán wasap y wasapear, que la Fundéu ya admitió hace tiempo como "adaptaciones adecuadas al español". Mensajear, por cierto, no está.

Términos como motero y autobusero han tardado demasiado en entrar en el Diccionario. Otros seguirán esperando, mientras palabros de los que reniego es mejor que ni hubieran entrado. Algunos quizá salgan cuando la Academia sea consciente de que fueron modas demasiado efímeras.

En cuanto a lo de eliminar acepciones ofensivas, tengo mis dudas. Preferiría que quedaran ahí al final, que quedara constancia de cómo definimos en un momento dado una palabra, guardando memoria de nuestro racismo, nuestro machismo, nuestro clasismo. Eso sí, con el desus y/o el despect bien visibles.

La RAE dice buscar, con las novedades de la próxima edición, tres objetivos: enriquecer el diccionario, modernizarlo y hacerlo más coherente. Ardua tarea. Con todo, la más ardua se me antoja contentar a todos.

domingo, 6 de julio de 2014

A solas

Estaba leyendo esta noticia de hace unos días en la que se menciona un experimento. No se dan demasiados detalles. El periodista hace hincapié en que a muchos de los sujetos que participaron la perspectiva de estar un rato sin distracciones exteriores les resultaba insoportable. Cualquier cosa menos quedarse a solas con sus pensamientos.

"Aquellos de nosotros que anhelamos tener un poco de tiempo para no hacer nada más que pensar, seguramente encontramos estos resultados sorprendentes", dice el investigador que ha diseñado el experimento. Lo comparto. Soy una persona bastante sociable, creedme, pero necesito con frecuencia momentos de soledad y paz que me permitan internarme en mi cerebro, organizar lo que anda por allí, recuperar lo que se está deteriorando, descartar lo innecesario o dañino y, sobre todo, construirles un esqueleto de palabras a mis ideas.

No concibo cómo serían mis pensamientos sin lenguaje. Serían sonidos, gestos, expresiones faciales... pero nada tan complejo y preciso como los que se apoyan en la lengua. Cuando estoy intentando organizar lo que pienso, nada me irrita más que no dar con la palabra exacta para materializar de nuevo una realidad pasada o imaginar una futura.

Y necesito tiempo también para volver sobre las imágenes, los sonidos, sobre todas las sensaciones. Y sobre los sentimientos. Necesito fijarlos, hacerlos míos, darles mi impronta.

Porque puedo recordar a la perfección un beso, una cara de felicidad, la cálida caricia del sol... pero solo después de haberlos mirado de frente dentro de mi cabeza.

viernes, 4 de julio de 2014

Titulares

Siempre se ha empezado en el ejercicio del periodismo haciendo informaciones breves y poco trascendentes para pasar luego a otras de mayor enjundia. La responsabilidad de redactar titulares y sumarios nunca se dejaba en manos de gente poco experimentada. En televisión ocurría igual: los titulares eran cosa de los equipos de edición. Porque se trata de resumir en pocas palabras y con la mayor claridad lo más importante del contenido, o bien de apuntar una idea que llame la atención o despierte curiosidad; o mejor aún, las dos cosas a la vez. Como dije hace poco en twitter, si titulas bien, la gente tendrá ganas de leer el texto; si titulas muy bien, creerá haberlo leído.

Las cosas han cambiado. En los medios escritos digitales (y las ediciones digitales de los periódicos) ahora existe la misma prisa que en los audiovisuales porque las noticias tienen que salir cuanto antes y muchas veces es el mismo periodista que redacta la noticia quien le pone el titular. En los informativos de televisión muchas noticias llevan rótulos, que vienen a ser como un pequeño sumario y suele escribir el propio redactor. Los canales de información continua exigen a los editores titular los directos sobre la marcha y en el mejor de los casos, cada media hora en los boletines.

Ya sea por inexperiencia o por premura, cada vez se ven más titulares mal escritos o, peor, mal pensados. Unos no se entienden, otros resultan ambiguos, bastantes son incoherentes, otros incorrectos... ¡pero si hay hasta faltas de ortografía, caray!

Una, que ya tiene una edad, ha escrito montañas de titulares y sumarios y rótulos en general. A veces la frase perfecta no cabe en el espacio disponible. Eso te obliga a buscar otra forma de expresarla. En España, al contrario que en muchos otros países, no se utiliza el estilo telegráfico para esas cosas: no omitimos artículos o preposiciones. Debemos conjugar la brevedad, la corrección y la claridad. Y además, captar la atención del espectador para que se quede, al menos, hasta ver esa noticia, o la del lector para que se detenga a leerla entera.

He hablado antes de twitter y con eso quiero terminar. No hace mucho que tengo cuenta en esa red pero ya me resulta imprescindible. En ella leo los titulares de distintos medios españoles y extranjeros. Y en ella practico mi habilidad para redactarlos. A menudo enlazo un reportaje o una entrada de blog que me parecen interesantes; como quiero que mis seguidores los lean, intento darles una idea del contenido del modo más atractivo posible. No suelo limitarme a dejar el enlace con su título original. Si eres periodista tienes que contar lo que hay.

Inconscientemente juzgo los tuits de los demás con el mismo criterio. ¿Dicen todo lo necesario?, ¿lo dicen con la mayor concisión posible?, ¿animan o desaniman la lectura del texto adjunto?, ¿o son un texto completo en sí mismos?

Es fácil impresionarme por cómo se dice lo que se dice. Ya os habréis dado cuenta si sois lectores habituales de este blog.

lunes, 30 de junio de 2014

Agradecimientos

No se puede estar dando caña siempre. Ayer tocó crítica; hoy, agradecimientos:

- A los que separáis el vocativo con una coma, gracias, queridos.

- A los que, al revés que tantos, ponéis coma también después y no solo antes de un inciso.

- A los que usáis los signos de apertura de interrogación y exclamación. ¿A que no es tan difícil?

- A los que sabéis qué es el punto y coma, ese gran desconocido; qué lo diferencia de la coma, esa gran explotada; lo utilizáis cuando conviene y hasta hacéis pedagogía sobre ello.

- A los que sabéis con qué debe concordar el verbo, una de las habilidades que parecen fuera del alcance de muchos.

- A los que utilizáis con desparpajo vocablos poco manidos.

- Y a los que, aun sabiendo más que yo sobre lenguaje, me leéis.

¡Gracias!

domingo, 29 de junio de 2014

Cosas raras

Tenemos la suficiente práctica hablando como para hacerlo sin esfuerzo y sin necesidad de pensar mucho lo que decimos. Me refiero, claro, a conversaciones normales sobre temas que conocemos. Podemos hablar mientras andamos, mientras conducimos o pintamos o cosemos... No es algo que monopolice nuestra atención. Es habitual que en el lenguaje oral se cometan incoherencias, se dejen las frases sin terminar y el discurso esté salpicado de pequeñas incorrecciones.

Lo malo es cuando esos fallos se trasladan al lenguaje escrito sin que nos parezcan tales. Más de una vez sucede porque no somos conscientes de que algo es un error. Pondré un par de ejemplos.

El autor de un interesantísimo blog que sigo anunciaba el otro día su última entrada con esta frase: "El post que nunca me hubiese gustado escribir."

Quizá no os suene raro. Habréis entendido lo sin duda pretendía decir: "el post que me hubiese gustado no escribir nunca" o "el post que hubiese preferido no escribir". Pero analizad la frase. Lo que en realidad dice es que escribirlo es algo que no le hubiese gustado hacer, o sea, está afirmando que no lo escribió. La negación debería ir junto al verbo escribir, no junto a gustar.

Otra expresión extraña: "La asistencia es voluntaria: se puede ir o no se puede ir". Construcciones así se oyen y se leen a menudo. Sin embargo la negación no debería aplicarse al verbo poder sino a ir, que es lo voluntario. Debería decirse "se puede ir o no ir".

Este otro error se comete a menudo: "Lo he visto un par o tres de veces". Dejemos aparte el hecho de que en nuestro idioma "un par" puede entenderse no como "dos" exactamente sino como un número indeterminado y escaso. El error que quiero señalar es ese "de" que, colocado donde está, da a la frase el significado de "un par o tres pares de veces". Si, en cambio, decimos "un par de veces o tres" tendremos lo que queríamos decir: "dos o tres veces".

La inmensa mayoría de la gente, imagino, no nota nada raro en ninguna de esas construcciones. Yo, por desgracia, sí. Y digo por desgracia porque la incoherencia me da un aldabonazo en el cerebro y me distrae momentáneamente de la conversación. Lo único que me consuela es no ser la única. Con el tiempo he ido conociendo a otras personas en las que la educación escolar y universitaria imprimió la misma maldición: el amor por la perfección lingüística.

domingo, 22 de junio de 2014

Hablarse

Ayer una mujer se subió al autobús donde iba yo. Venía hablando por el móvil y no dejó de hacerlo en diez minutos de trayecto. Repito: no dejó de hacerlo. No sé con quién iría hablando pero en ese tiempo la única que dijo algo fue ella, salvo mínimas pausas en las que su interlocutor, imagino, asentiría. No fue un diálogo sino un monólogo.

Conozco gente así, capaz de alargar el hilo de su conversación sin dejar resquicio para interrupciones, reflexiones o comentarios ajenos. Alguna vez he sido yo la verborreica insensible; y muchas más, la oyente enmudecida. También he sido, soy, la interlocutora despreciada, aquella con quien alguien decidió que no merece la pena hablar. Y la que abandonó, cansada, las conversaciones no recíprocas.

Cuando no hablas con alguien es que ya lo has olvidado. Y, a la vez, cuando alguien no te habla, termina siendo como si no existiera para ti.  Hablarse es la forma de reconocerse y valorarse. Y la manera de vivir un poco en el otro. Hay personas que me han dejado morir, otras a las que dejé yo.

Estoy reflexionando mucho estos días sobre las circunstancias que me llevaron a perder el contacto verbal o escrito con personas que alguna vez significaron algo para mí. Planteándome por qué me quedé callada, unas veces repentina y otras paulatinamente. Preguntándome por qué el otro decidió volverse mudo para mí.

Porque si importa qué se dice, cómo y cuándo, importa más aún el hecho de decirlo.

domingo, 15 de junio de 2014

Registros

Hace poco, hablando con un sobrino mío de ocho años, incluí en una frase la palabra "mierda". Se me quedó mirando como si acabara de pillar a su profesor en un fallo y exclamó "¡Hala, has dicho una palabrota!".

No era cuestión de darle la excusa para repetir esa palabra o cualquier otra que sus padres no quieran oír de su boca infantil, pero tampoco de disculparme por utilizarla yo. Así que le expliqué lo que son los registros. Concretamente, la acepción número 23 de "registro" en el DRAE.

23. m. Ling. Modo de expresarse que se adopta en función de las circunstancias.

Me ha parecido un buen tema para una entrada en este blog sobre lenguaje. Hablar bien exige no solo dominar un vocabulario amplio sino conocer cuándo, dónde y con quién utilizar cada término, un conocimiento que cuesta años adquirir. Cuando lo tienes, puedes pasar de un registro a otro sin dudas, pero hasta entonces pisas terreno resbaladizo.

Yo no fui una niña malhablada. En mi casa no oí decir nada malsonante hasta mi adolescencia, cuando mis padres no sé si se relajaron o se animaron; quiero decir que ignoro si reprimían ciertas expresiones ante sus hijos o simplemente no las empleaban habitualmente. En mis dos colegios, ambos privados y con mayoría de niños de familia bien, se oían moderadamente y solían provocar broncas de los profesores. Recuerdo que a los doce o trece años una compañera de clase me pidió en tono burlón que dijera una palabrota para saber si yo era capaz de tal cosa. Lo hice sin sentir nada extraordinario. En aquel entonces no formaban parte de mi lenguaje habitual, no las encontraba útiles ni necesarias, pero por supuesto las conocía. Mi trato con ellas se multiplicó en la universidad y pronto llegaron a ser un recurso más en mi léxico.

Hasta cierta edad no habla una con muchas personas distintas. No suele tener trato con jefes, con clientes, con cargos públicos... Cuando llega el momento, ese trato lo abordas con precauciones y pecando más por exceso que por defecto de corrección política. En poco tiempo aciertas con el nivel de procacidad o de exquisitez más adecuados. En mi empresa, por ejemplo, no recuerdo haber oído a nadie llamar de usted ni siquiera a los jefes más jefes, aunque (norma periodística) siempre se empieza dando ese tratamiento de cortesía a los entrevistados... y se continúa, salvo indicación en contra.

No me he esforzado jamás tanto como el día en que entrevisté al secretario de la Real Academia Española. Me habría dolido muchísimo ser consciente de alguna incorrección o descuido por mi parte. No los hubo, creo. Al menos él no pestañeó ni me miró mal en ningún momento.

No sabría decir si me resulta más fácil o más difícil preguntar y entrevistar en otros idiomas. Una conoce peor las connotaciones de las palabras y las normas de cortesía lingüística, pero es cierto que las palabras malsonantes no se aprenden por las vías académicas y quien te las enseña suele dejar claro su significado.

Ah, hablando de idiomas extranjeros, he comprobado que somos muchos los que tenemos palabrotas favoritas en alguna lengua que no es la nuestra. Yo mascullo de vez en cuando un insulto en italiano que me encanta dirigir a ciertos tipos. Y, aunque el principio de esta entrada os pueda hacer pensar lo contrario, cuando utilizo "mierda" como exabrupto y no como sustantivo, la alterno en español, inglés y francés, incluso a veces en alemán. El idioma depende del que se esté manejando a mi alrededor o de lo que haya causado la exclamación.

Reíos si queréis. El que no haya dicho what the fuck alguna vez, que tire la primera piedra.