sábado, 10 de febrero de 2024

Sobran

 Algunas frases que oigo me hacen pensar que quien las dice tiene dudas de si en su forma normal y correcta se entenderán y por eso le añade palabras innecesarias. En no pocas ocasiones los autores son periodistas. Os pongo unos ejemplos.

- "El PSOE no va a dejar pasar por alto esas declaraciones de Abascal", se decía en un Telediario. Vamos a ver, ¿qué problema hay en decir simplemente "no va a dejar pasar" o "no va a pasar por alto"? Mezclar las dos expresiones confunde más que aclara, me parece a mí.

- "Somos el primer país de Europa con mayor número de madres por encima de los 40 años", oí en un informativo de radio. Hay dos opciones correctas y ninguna es la que se dijo: "somos el primer país de Europa en número de madres por encima de los 40" o "somos el país de Europa con mayor número de madres por encima de los 40". Ya con eso queda claro, no hace falta superponer las dos.

- "Estuvo casado con Xxx, con la que tenía un hijo en común", se dijo en la misma emisora. Habría bastado "con la que tenía un hijo". Si tenía un hijo con ella, es que lo tenían en común, ¿no?

- En ocasiones el meter palabras de más hace que se entienda lo contrario de lo pretendido. Una canción navideña que radió estas pasadas fiestas una emisora pública decía: "¿Quién puede negarme que la realidad no es algo mejor en Navidad?". Imagino que quería preguntar quién niega que la realidad es mejor o quién afirma que no es mejor, pero con esa doble negación viene a decir lo opuesto.

Termino con varias expresiones que leo o escucho tan a menudo como para considerarlas ya imposibles de erradicar.

- Como suele ser habitual (esta me vuelve un poco loca, ¿muchas veces es habitual pero algunas no?)

- Se vuelve a repetir/reanudar/reactivar/retomar...

- Para prevenir que no pase nada (o previenes que pase algo o intentas que no pase nada)

- Todo hace indicar (sería "todo indica", pero parece una mezcla con "todo hace pensar")

- Tampoco no

Un poco más de confianza en la capacidad de comprender del interlocutor, espectador u oyente, compañeros.

domingo, 10 de diciembre de 2023

Confusiones

Según algunas fuentes, un español medio maneja habitualmente unas 10.000 palabras en su idioma. Es lo que se llama vocabulario activo. Además, reconoce y entiende otras 25.000. Eso es el vocabulario pasivo.

Sin embargo, otras fuentes aseguran que el empobrecimiento del lenguaje ha reducido esa cifra y que actualmente no se emplean de forma habitual más de 5.000 palabras en el caso de personas cultas y ¡únicamente 1.000 palabras! quienes leen muy poco y basan su actividad y relaciones especialmente en el lenguaje audiovisual. Los jóvenes, vamos.

Así pues, no me extraña ver cómo alguien utiliza una palabra parecida a la que cree estar usando... pero que desconoce. Oye fonemas y los convierte en un término que no es. Pondré ejemplos.

Ya comenté en una entrada anterior el caso de "huso horario". He visto escrito "uso horario" por alguien que jamás habría leído la palabra "huso".

Y ayer vi en un tuit "mentiras fragantes" escrito por alguien que, por el contexto, indudablemente pretendía decir "mentiras flagrantes", solo que probablemente no tenia ni idea de que esa palabra existe y de que "fragante" no quiere decir "evidente".

Otro tuit me sorprendió mucho más. Decía "palomitas en un microhondas". Me cuesta muchísimo pensar que alguien no conozca la palabra "onda". ¿Qué ha ocurrido en este caso?  ¿Qué puede llevar a pensar en honduras diminutas en vez de en ondas de pequeña longitud? ¿O es alguien que no relaciona el significado con la etimología?

Algunos ejemplos no los tengo por escrito, los he oído, como aquella persona que decía tener a la familia "desperdiciada" por el mundo, cuando sin duda quería decir "desperdigada".

Hay en un programa de radio un espacio donde se plantea si determinada palabra está moribunda, es decir, si ya nadie o casi nadie la usa. Me asusta pensar cuántas van camino de estarlo en las próximas décadas.

sábado, 2 de diciembre de 2023

Palabras de mi infancia

Como cada año, la RAE ha publicado la lista de palabras y acepciones que ha decidido incorporar a su diccionario. Y, como cada año, muchos tenemos nuestra propia opinión favorable o contraria a una o varias de esas inclusiones.

A veces la RAE tarda décadas en incluir palabras de uso habitual y consolidado, (como ocurrió con "autobusero"). Incluso llega a incorporarlas cuando ya están, por así decirlo, pasadas de moda. Y otras veces da la sensación de que se precipita dando entrada a voces que no parecen tener mucho futuro en nuestras conversaciones.

Por el contrario, a veces buscas una palabra oída mil veces en tu infancia y ahora casi olvidada, pensando que estaría recogida desde hace siglos... y no.

Un ejemplo: "mijita" o "mijilla". ¿Quieres más carne/arroz/tarta? Sí, pero una mijilla nada más. ¿Te ha gustado la película? Ni mijita, he estado a punto de salirme del cine.

Y sus derivados "mijurria" y "mijurrilla". Pero hijo, ¡cómo vas a poder con esa caja tan grande, si eres una mijurria! Claro que te cojo en brazos, mijurrilla, estarás cansada de tanto andar.

He buscado en dos libros de mi biblioteca: El habla de Cádiz y El habla de El Puerto, pensando que quizá eran localismos. En el primero, ni una mención. En el segundo venían "migita" y "migitita" con el significado de "un poco". Bueno, algo es algo.

Tras la decepción de no hallar ninguna de estas voces en el diccionario de la RAE, me animó encontrar otra de las palabras de mi entorno familiar: "chuchurrío". Pero me resulta escasa la definición que le da: "marchito o ajado". Mi madre, por ejemplo, la usaba en muchos otros sentidos. Un vestido recién planchado podía quedar chuchurrío si no tenías cuidado al sentarte y lo dejabas deformado y lleno de arrugas. El pelo, vistoso y con volumen nada más salir de la peluquería, terminaba aplastado y chuchurrío después de dormir. Si no montabas bien la nata te quedaba chuchurría. 

Tampoco parece conocer la RAE las acepciones de "escamondar" que se usaban en mi casa. Quitar las hojas secas de los árboles o lo superfluo de algo no es el sentido que yo aprendí de esa palabra. Escamondar era limpiar a fondo. Podías limpiar la casa por encima ("lo que ve la suegra", decía mi madre) o escamondarla, dejarla como una patena. En el libro antes mencionado, El habla de El Puerto, viene "escamondado" como limpio, a secas; en el de El habla de Cádiz ni se menciona. Por supuesto, en mi casa se pronunciaba "escamondao".

La próxima vez que vaya por la tierra de mis padres indagaré su significado y su vigencia.

jueves, 27 de octubre de 2022

Mal ejemplo

 Aprendemos durante toda nuestra vida. En la infancia y la adolescencia, también en muchos casos en la primera juventud, se trata de un aprendizaje dirigido: los profesores en clase y los padres en casa nos explican las cosas, nos dan instrucciones, nos guían y nos corrigen. A partir de ahí, buena parte del aprendizaje es sutil y a menudo inconsciente.

Siempre se ha dicho que se enseña con el ejemplo. También es sabido que leer es la mejor manera de interiorizar la ortografía, la gramática, de aprender palabras nuevas... Pero, ¿qué ocurre si lo que leemos está mal construido, usa términos incorrectamente o tiene faltas de ortografía?

En un par de días me he encontrado varias muestras de esos malos ejemplos. Errores que si pillan desprevenido al lector pueden inducirle a "aprender mal". Y ha sido en crucigramas y otras formas de entretenimiento.

Primer caso: crucigrama en un periódico de amplia difusión. Definición: "En Física nos da a todos sopas con...", cinco letras. Por supuesto, escribí: honda. Dar sopas con honda es mostrar una persona superioridad abrumadora sobre otra. Se puede leer una explicación en este artículo del maravilloso Alfred López. El autor del crucigrama desconocería la expresión y pensó en la palabra "onda" porque quizá no haya visto jamás "honda". Una falta de cultura que habrá terminado convenciendo a otros de que la expresión se escribe... mal.

Segundo caso: otro crucigrama. Esta vez el error está en la definición. Dice "Infrinja daños". Infringir significa quebrantar, incumplir, violar (leyes, normas, órdenes...). El autor lo ha confundido con "infligir", que significa "causar daños". Es un fallo más habitual de lo deseable.

Tercer caso: en las pantallas de los autobuses urbanos de mi ciudad. Para amenizar los trayectos a los viajeros, se emiten imágenes y vídeos de diversos tipos, desde información sobre monumentos o actividades culturales a datos sobre "famosos" y tests de conocimientos. En uno de estos tests se preguntaba: "¿Dónde están las tierras septentrionales?", y las respuestas posibles eran "en el centro de Asia", "en el norte" y "en el séptimo uso horario". Se trataba, evidentemente, de saber lo que significa septentrional (del norte), pero el autor de la pregunta ignora la expresión "huso horario" y su origen. Al ser la Tierra una esfera, dividiéndola en franjas que vayan de norte a sur perpendicularmente al ecuador obtenemos formas redondeadas por los lados y cada vez más estrechas por los extremos hasta acabar en punta. Es decir, la forma de un huso. No tiene, por tanto, nada que ver con usos, utilizaciones o funciones. Y si quien lee esa respuesta no conoce la expresión, pensará que se escribe así, o sea, mal.

Como periodista siempre me ha preocupado que en los medios de comunicación, donde debemos dar ejemplo, se eduque mal: se escriba con faltas de ortografía, se confundan palabras, falle la concordancia... en definitiva, que se use mal el lenguaje. Pensaba en las noticias, pero ahora debo extender esa preocupación a los contenidos lúdicos.

lunes, 27 de junio de 2022

Colarse

Hay palabras o expresiones que un día alguien usó por primera vez en un medio de comunicación, quizá justificadamente, e hicieron fortuna, tanta que se convirtieron en habituales. Algunas prácticamente han barrido las utilizadas hasta entonces, y no siempre con acierto. Por ejemplo, el omnipresente "escuchar", que no, no es una forma más culta de decir "oír" sino, según el DLE de la RAE, "prestar atención a lo que se oye"; pero ahora al parecer nadie oye una explosión o la caída de una bomba, solo la escucha, aunque sean ruidos casi siempre inesperados. O "arrancar", especie invasora que ha arrinconado a "empezar", "comenzar", "iniciar" y tantas otras.

Hoy me referiré a una expresión oída ayer en un telediario: "Nos hemos colado en...". Colarse, según el mencionado diccionario, significa, entre otras cosas, "introducirse a escondidas o sin permiso en alguna parte", única acepción que en principio encajaría con la intención de quien la escribió. Pero os puedo asegurar que las últimas cien veces que la he visto u oído en un medio de comunicación daba paso a una noticia o reportaje presenciados abiertamente y con autorización.

Para hacer la noticia de ayer no solo se metió una cámara profesional (y esas son bien visibles, os lo aseguro) en el lugar donde transcurrían los hechos sino que se entrevistó a algunos de sus protagonistas y se grabaron planos desde puntos donde sin duda se estorbaría algo la acción. En resumen: nadie se coló allí salvo la persona que escribió esa frase (en otra acepción, la de "cometer equivocaciones").

¿Cómo ha llegado a generalizarse esa expresión hasta el punto de que quien la usa se olvida de su significado? ¿Tanto interés cree que despierta en el espectador el que se haya metido una cámara sin permiso en un lugar por lo demás muy normal y relativamente accesible? ¿Se usa la frase para dar a entender que se le está prometiendo una imagen exclusiva? ¿Tiene más mérito periodístico colarse en unas pruebas de baile o en el ensayo de una obra de teatro que simplemente entrar a grabar un reportaje sobre ello?

Y una última pregunta: ¿a los espectadores no les chirría cuando la oyen?

miércoles, 18 de mayo de 2022

Enfermedad

He dado positivo en covid cuando la inmensa mayoría de las personas de mi entorno ya han pasado la enfermedad. No todas han tenido los mismos síntomas ni la misma gravedad. Desde luego, el estar vacunada hace que afronte estos días sin miedo a acabar intubada en una UCI, y eso ya es mucho.

Quienes me han precedido en el contagio han usado al contarme sus sensaciones palabras como dolor, tos, cansancio, fiebre, malestar... Así pues, sabía lo que me esperaba desde el momento en que el test dio positivo, ayer por la mañana. Luego ocurren cosas inesperadas.

Por ejemplo, esos ramalazos de dolor al mover el cuello con los ganglios inflamados desde detrás de las orejas hasta las clavículas. O, cuando me subió más la fiebre, la sensación de que me ardían los ojos y se me querían salir de las órbitas. O el escozor en las fosas nasales.

Y está el aspecto anímico, no tan fácil de describir con palabras. La enfermedad nos hace a todos sentirnos vulnerables y aislados. Lo que estás sufriendo, lo sufres tú solo, independientemente de la empatía de los demás y sus ofrecimientos de ayuda. La fiebre te envuelve el cerebro en una nube de irrealidad. Los pensamientos toman el cariz de las pesadillas y los sentidos transmiten percepciones extrañas. Te preguntas: ¿qué me está pasando exactamente?

Los médicos de atención primaria no te explican eso, no tienen tiempo y seguramente ni siquiera se plantean que necesites saber. Yo me sentiría mejor si alguien se sentara a mi lado y me fuera describiendo el mecanismo fisiológico de cada síntoma. Y, puestos a pedir, me encantaría filosofar con alguien sobre esta sensación de impotencia, este miedo repentino a la vejez y a la incapacidad.

Un abrazo a todos los enfermos del mundo, en especial a los que no tienen un horizonte cercano de mejora.

jueves, 14 de abril de 2022

Mentiras

A todos nos han engañado alguna vez, no lo neguéis. Quizá no hayáis caído en engaños grandes (estafas, por ejemplo) pero sin duda sí en los pequeños. Me refiero a esos en los que las palabras suenan creíbles, refieren situaciones normales y no disparan alertas.

Un compañero puede pedirte que le hagas su turno porque tiene dolor de espalda o al niño con fiebre. Una amiga te anula una cita a última hora porque el coche la ha dejado tirada o el trabajo se le ha complicado. Alguien te da un motivo admisible para no entregar una tarea en el plazo convenido o para no llamarte por teléfono pese a haberlo anunciado.

Y a menudo será cierto, pero tenéis que reconocer que puede no serlo, incluso que vosotros mismos habéis recurrido a alguna mentira de ese tipo: os resultaba más fácil, más conveniente, os daba menos vergüenza o menos problemas que la sinceridad.

Hay quien escoge bien las palabras para no verse pillado en un renuncio. Hay quien, por el contrario, olvida la excusa y, como su actuación posterior es incoherente con ella, se descubre. Y luego está quien cree tener todos los cabos atados pero ha dejado montones de rendijas por las que se cuela la verdad. (Bueno, también están los que optan por el silencio, por no dar explicaciones y hacer como si no pasara nada, pero eso suele ser insostenible en el tiempo.)

¿Qué cara se os queda entonces? Me refiero tanto a si sois autores como víctimas del engaño. Cuando ves, o te ven, en un sitio donde teóricamente no ibas a estar, cuando en una conversación se escapa el relato real y es contradictorio con la explicación dada...

A veces hay consecuencias serias, como una sanción en el trabajo o la ruptura de una relación o una amistad. Otras lo que se genera es una pérdida de confianza. Tal vez el cariño mutuo o la irrelevancia del engaño eviten o al menos diluyan la sensación de tomadura de pelo. Pero incluso en este último caso, si la insinceridad se repite, quien la sufre puede sentirse despreciado y desarrollar un resentimiento y una desconfianza permanente.

Todos decimos alguna mentira alguna vez. No las uséis para hacer daño ni para humillar. Las palabras importan. 

sábado, 2 de abril de 2022

Multicomunicación

La mayoría de quienes me estéis leyendo tendréis a mano habitualmente un número considerable de formas distintas de comunicación instantánea. Muchas, seguro, concentradas en un teléfono móvil que viene a ser un ordenador con conexiones de distinto tipo: por línea telefónica y de datos, wifi, bluetooth...

Mi trabajo depende de que esas comunicaciones estén activas. Y eso no fue una novedad generada por el inicio de la pandemia y la extensión del teletrabajo. Yo ya trabajaba desde antes con personas localizadas en una docena de países diferentes y con gente que, en mi mismo centro de trabajo, no tenía a la vista; la pandemia solo añadió a esa lista las personas que desarrollaban sus tareas desde casa o desde edificios a los que no podía acceder yo.

Tengo un teléfono móvil con dos tarjetas SIM, unas cuantas aplicaciones de mensajería instantánea desde las que también se puede llamar o videollamar o enviar notas de voz, otras para videochat, y el casi desterrado SMS, un último recurso a veces muy útil. Todo eso está activo siempre. Además, en mi mesa de trabajo hay un teléfono fijo desde donde puedo capturar las llamadas que se reciben en otra media docena de terminales cercanos, y eso se añade a lo anterior desde el primer minuto de mi jornada laboral presencial. En ese momento, activo en la pantalla del ordenador todas las conexiones posibles del móvil, las del sistema de comunicación interno de mi empresa y las cuentas de correo. Eso me abre la posibilidad de establecer comunicación por una docena de vías.

En un día tranquilo puedo hacer o recibir dos docenas de llamadas por teléfono fijo, una decena por el móvil, casi las mismas por llamada de whatsapp, intercambiar mensajes y/o notas de voz a través de entre diez y veinte chats individuales o de grupo y escribir o leer un buen puñado de frases en el programa interno. No es raro que mientras hablo por el móvil me salten notificaciones de mensajes o entre a la vez una llamada de whatsapp, o suenen uno o dos teléfonos fijos.

¿Y sabéis lo más curioso? Que toda esa comunicación con toda esa gente es imprescindible para mi trabajo pero también me obliga a interrumpirlo constantemente. Me digo a mí misma que cada uno de mis interlocutores está en su lugar de trabajo, a cuarenta metros o a cuatro mil kilómetros, y necesita informar, consultar, resolver una duda, pedir una confirmación, comunicar un problema... o simplemente desahogarse. Nadie tiene por qué saber, si no se lo digo yo, cuándo estoy desbordada y no puedo hacerles caso de inmediato. Ante eso opto por pedirle a quien tengo al teléfono que espere un segundo, coger el otro y decir: estoy con otra llamada, te llamo en cuanto pueda; por responder a un whatsapp con un: dame unos minutos que ahora me es imposible leer/escuchar tu mensaje; o por dejar las respuestas para cuando pueda, sin dar explicaciones, que es lo que menos me gusta pero a veces lo único viable.

No concibo cómo sería posible coordinar el trabajo de tanta gente sin tantas vías de comunicación. Sé que se hacia antes de que existieran, pero eran otros tiempos: era cuando la inmediatez no nos parecía necesaria; cuando, si alguien no te localizaba al instante, no se preocupaba ni se molestaba.

Hay personas con las que hablo o me mensajeo a diario pero llevamos sin vernos en persona meses o años. En estos casos, la tecnología te acerca. Y solo cuando me cojo vacaciones y desactivo todo me doy cuenta de que también te esclaviza.

También, aparte del trabajo, hay quien lo desactiva todo de repente. O desactiva la comunicación contigo en particular. Tendrá sus razones, y sería de agradecer que las diera a conocer. Porque hay silencios que rompen lazos y se vuelven definitivos.


lunes, 8 de julio de 2019

Sin filtros

El manejo de las palabras es algo en lo que nos vamos formando y entrenando desde que nacemos. Parecería una habilidad que se va perfeccionando sin descanso a lo largo de nuestra vida. Pero estoy convencida de que en la mayoría de los casos no es así, de que el aprendizaje se frena en algún momento y nos quedamos estancados.

Ciertamente hay oficios, como el de escritor, el de negociador o el de redactor de discursos, que requieren un dominio no solo del lenguaje sino de todo lo que rodea su expresión, con el objetivo de minimizar los fallos. Y ejercitarlo y mejorarlo cada día.

Sin embargo, para los no profesionales, en principio con manejarse y entenderse es suficiente. Quizá ahí el problema sea la percepción de lo que es manejarse y, sobre todo, de lo que es entenderse.

La sinceridad, algo de lo que soy partidaria, es un campo de minas si las partes no saben comprenderse y hacerse entender. Obstáculos como las diferencias de base o la falta de contexto pueden impedir esa comprensión.

Y luego está lo que las palabras expresadas sin filtros o sin reflexión revelan de nuestro auténtico pensamiento. Comentarios que lo retratan a uno como liberal o como intolerante, como insensible o como empático, como egoísta o como generoso. A veces, las afortunadas, una frase dicha sin pensar te puede revelar, por ejemplo, que le importas a alguien más de lo que pensabas. En cambio, la crudeza de otras puede hacerte entender que un interlocutor aparentemente amable, en el fondo te desprecia.

Alguna vez he pensado que había alcanzado un cierto dominio de la comunicación verbal. Ya he descartado esa estúpida creencia.  

lunes, 10 de junio de 2019

No se las lleva

Como la realidad no se para, muchos dichos de los de toda la vida, de esos que nos parecían verdades inamovibles, pierden sentido. Por ejemplo, hoy en día nadie afirmará categóricamente que las palabras se las lleva el viento. No hay más que pensar en la extendida afición a enviar mensajes de voz, pongo por caso.

Una de las precauciones que cualquier asesor recomienda tomar a cualquier candidato a político o cargo público es revisar sus comentarios en redes sociales y borrar todo lo susceptible de generar rechazo o crítica, incluso borrarlo todo si el aspirante en cuestión ha sido de los que sacan la lengua a pasear sin correa. A los candidatos a puestos de trabajo se les aconseja igualmente revisar sus perfiles antes de presentar la solicitud, puesto que los responsables de recursos humanos no dejarán de echarles un vistazo para hacerse una idea más completa de la personalidad del aspirante (y menos maquillada que la del currículum). Conozco también algún caso de amor contrariado que se traduce en borrado masivo de mensajes, fotos y megustas .

Las palabras no se las lleva el viento porque nos morimos por ponerlas en soportes permanentes. Las escribimos, las grabamos en formatos de audio o vídeo, y las compartimos con personas que las descargan y archivan. Los que tenéis ya una edad, ¿recordáis lo que os dijo vuestra pareja al inicio de la relación? Los adolescentes no necesitan recordarlo, lo tienen en el whatsapp, en el facebook o donde sea.

He estado escuchando las palabras de alguien que hace tiempo me prometió estar a mi lado mientras yo quisiera. Yo sigo queriendo, pero él ya no. No voy a enviarle su mensaje de voz con aquella promesa. La gente tiene derecho a cambiar de sentimientos y pedir que se la libere de sus compromisos. Pero tendríamos que replantearnos todos esta ligereza al contraerlos, porque las palabras ya no se las lleva el viento.

jueves, 28 de junio de 2018

Transcripciones

Hace años, dando clase a alumnos de Secundaria como práctica docente del CAP, les recomendé que grabaran una conversación, la transcribieran y le dieran a leer ese texto a una tercera persona. Si ésta conseguía captar el tono, las vacilaciones y otras características de la charla además del significado, sería que la habían transcrito bien. Mi intención era mostrarles que todos los signos de puntuación, incluso los de uso menos frecuente, son necesarios en algún momento. La sugerencia fue un fracaso, lamento decir. Los alumnos tenían el recuerdo de la conversación y les pareció que unos puntos y alguna que otra coma bastaban para reflejarla perfectamente. Nada de puntos suspensivos, punto y coma, signos de exclamación o interrogación, guiones o rayas, paréntesis, comillas o cursivas. Y sí, para empeorar las cosas, muchas faltas de ortografía. Recuerdo haber pensado: ninguno de estos podrá ser periodista, traductor ni mucho menos editor.

Los periodistas entrevistamos a personas de diferente formación, nivel cultural, procedencia geográfica... Si la entrevista se difunde en un medio escrito, una vez grabada la transcribe habitualmente el propio periodista, a quien corresponderá reflejar lo mejor posible la personalidad de su interlocutor y todos los aspectos no verbales relevantes que formaran parte de la conversación. Otra posibilidad es que las preguntas se hayan formulado por escrito y se reciban las respuestas del mismo modo. Si es así, lo obligado es respetar la literalidad y el estilo (aunque corrigiendo posibles ambigüedades así como, de haberlas, las faltas ortográficas).

Hace unos días vi en la versión digital de un periódico de prestigio una entrevista con errores de puntuación, faltas de ortografía y erratas, además de alguna palabra mal escrita que revelaba desconocimiento sobre el tema tratado. Lo más grave, en mi opinión, era que esos errores aparecían en las respuestas, es decir, en boca del científico entrevistado. Por las expresiones de él, claramente de un discurso oral, se adivinaba que la entrevista había sido una conversación. Por tanto, los fallos eran achacables a quien la hubiera transcrito (y a quien revisara el resultado final, si es que alguien lo hizo). Pero para el lector era el entrevistado quien decía "derrepente" (en vez de "de repente"), "hay sí que comíamos" ("ahí"), "edulcolorantes" ("edulcorantes") o "mucho agua" (en este caso él decía solo "beber mucho" y lo de "mucho agua" en vez de "mucha" aparecía entrecomillado en un ladillo, una frase suelta que se destaca).

Confío en que la mayoría de los lectores atribuyeran los errores a la periodista. Pero alguno pudo culpar a su interlocutor. Y eso es algo que un medio jamás debería permitir

lunes, 12 de marzo de 2018

Trasladar

Me temo que el apartado de modas me va a inspirar muchas entradas en este blog. Como dije en la anterior, los periodistas nos apuntamos en seguida a las modas en el lenguaje, sobre todo si las inician y/o difunden los políticos. Una de esas modas ha hecho ominpresente el verbo trasladar con un significado distinto de las cinco acepciones que consigna el DLE . En el uso al que me refiero ya no implica cambio de lugar, puesto, fecha o idioma, sino que se utiliza como sinónimo de expresar, informar, comunicar, transmitir... por supuesto, eliminando todas estas palabras del vocabulario del periodista como una especie invasora desplaza o aniquila a otra autóctona.

Pondré como ejemplo algunas informaciones recientes. El domingo se encontró el cadáver de un niño desaparecido hacía casi dos semanas en una localidad del sureste de España. En la búsqueda habían participado la Guardia Civil, policía, familiares y vecinos. El ministro del Interior habló ante los medios de comunicación y recurrió al verbo trasladar dos veces en apenas 25 segundos: "He hablado con Patricia, la madre del pequeño Gabriel, después de que la Guardia Civil le trasladara el terrible desenlace de la investigación que ellos estaban llevando, y le he trasladado el más profundo dolor y conmoción del Gobierno de España y de todos los españoles por la triste pérdida que acaban de sufrir..."

La Guardia Civil informa a la madre y el ministro expresa a esta sus condolencias. No sé cuándo empezamos a sustituir esos verbos por trasladar pero la moda actúa como una avalancha y barre hasta la saludable costumbre de buscar sinónimos para no repetir una palabra en la misma frase.

Y los medios de comunicación echan mano del término no solo al reproducir las declaraciones sino también en frases propias. "Se ha convocado un pleno extraordinario [del ayuntamiento] para trasladar el pésame a la familia".

Otros ejemplos de la omnipresencia de trasladar: "...el documento que Junts per Catalunya y Esquerra han trasladado a la CUP para alcanzar un acuerdo de legislatura..."; "Albert Rivera les ha trasladado [a los padres de Diana Quer y Mari Luz Cortés] que no van a apoyar la derogación de la prisión permanente revisable hasta que se pronuncie el Tribunal Constitucional"; "...youtubers e instagramers trasladan modelos y mensajes..."; ..."la lista de exigencias que la plataforma xxx ha trasladado a las autoridades..." Son ejemplos tomados de tres medios generalistas (TVE, El País, El Mundo) en las últimas 72 horas, pero hay muchos más.

Invito a reflexionar sobre este uso automático de palabras de moda sin tener en cuenta su significado, su pertinencia ni la existencia de términos más adecuados.




martes, 6 de marzo de 2018

Modas 3

Hasta hace un par de años yo apenas había leído u oído a nadie hablar de "dar un paso al lado". La actualización de 2017 del Diccionario de la Lengua Española de la RAE recoge para la palabra "paso" hasta 37 acepciones y nada menos que 101 locuciones, pero ninguna de ellas es la citada. Están "ceder el paso", "dar paso", "dar un paso atrás", "dar un paso adelante"... (curiosamente no he encontrado "dejar paso", aunque se utiliza mucho). También sin reflejo en el DLE he visto en otros países de habla hispana el empleo de "dar un paso al costado", que en España no es de uso habitual. Aquí las más comunes son "apartarse" y "echarse a un lado". O lo eran. (*)

La expresión "dar un paso al lado" la pronuncia a principios de 2016 ante muchos medios de comunicación el que era candidato a presidir la Generalitat de Cataluña, Artur Mas, cuando un partido cuyos escaños necesita para salir elegido en el Parlamento le veta: no rechaza investir a alguien de su coalición pero sí a él. Así pues, Mas renuncia a presentarse a la investidura y designa a un sustituto. Pero no dice que se aparta ni que cede el puesto ni que se echa atrás sino que da un paso al lado, algo que suena menos a concesión, más digno. Recientemente su sustituto ha renunciado también cuando ha visto dificultades insalvables para su segunda investidura. Y aunque en su discurso difundido en vídeo no ha usado esa expresión, los medios de comunicación sí lo han hecho. "Puigdemont da un paso al lado", han titulado muchos. 


Los periodistas somos bastante proclives a adoptar las expresiones de los políticos. Y las expresiones de los políticos no suelen ser inocentes; al contrario, llevan una carga ideológica o emocional que, a través de nosotros, se disimula, se recubre de neutralidad. Somos acríticos cuando aceptamos hablar de "crecimiento negativo" y de "ajustes", por poner solo dos ejemplos. Ahora nos hemos apresurado a adoptar esto que también considero eufemismo.


Ya estamos rendidos a la nueva moda. Porque somos de modas. Cuando un político dijo ante un micrófono "hoja de ruta" en vez de "plan", "mapa" o "proyecto", empezamos a utilizar aquello como si se hubieran borrado todas las opciones. Ahora nos está ocurriendo lo mismo con "dar un paso al lado". Hace un par de días lo escuché dos veces en el mismo Telediario: una en la crónica de un discurso de Mariano Rajoy y otra en una noticia sobre elecciones en Italia hablando de Beppe Grillo, del Movimiento 5 Estrellas.


Compañeros periodistas, no repitáis la jerga de los políticos tan irreflexivamente. Y no seáis tan de modas. Ya sé que lo fácil es usar el término o l
a expresión que acabáis de oír, pero no es lo mejor.




(*) He mirado dos diccionarios de lengua catalana y tampoco he encontrado una locución equivalente. Sí "posar-se al costat", "estar al costat" o "anar al costat" d'algú.

viernes, 25 de agosto de 2017

Frustraciones 2

Como ya he dicho aquí alguna vez, el no poder escuchar la radio, ver la televisión o leer la prensa sin detectar errores lingüísticos es casi una maldición. Incluso estos días de vacaciones, relajada, noto cómo me sube a tensión al encontrarme con esos fallos, muchos de ellos repetidos mil veces en los medios de comunicación.

Dicen en un telediario que "la pena por provocar un incendio es de entre tres meses a tres años". Si a estas alturas de la vida un periodista no sabe que las construcciones correctas son "entre...y..." y "de... a...", alguien debería habérselo hecho notar.

Hablan en un informativo radiofónico de "personas que ya han finalizado con su horario..." y me horroriza que esa confusión no tan infrecuente entre "acabar" y "acabar con" se mezcle con la mala costumbre de preferir entre varios sinónimos el que más sílabas tiene, sobre todo teniendo en cuenta que no existe la locución "finalizar con".

La búsqueda de sinónimos se hace necesaria para no repetir mucho la misma palabra. En el periodismo actual oigo a menudo sustituir Francia por "el país galo" o Portugal por "el país luso", expresiones no muy afortunadas en mi opinión. En esa línea, en un telediario se sustituyó India por "el país hindú". Así como la Galia y la Lusitania no coinciden con las actuales fronteras de Francia y Portugal, tampoco coincide el Indostán con la India actual. Pero además, una de las acepciones de "hindú" es "hinduista", así que estaríamos mezclando la religión con la geografía.

Se coló hace dos noches en el telediario una confusión entre palabras con grafía y sonido similares pero significados muy distintos. "Lo que iba a ser una tarde de diversión se truncó en desgracia". No sé si fue un error puntual o si quien lo cometió cree que truncar es trocar. Lo que sí sé es que nadie le hizo notar y corregir ese error.

Todos estos son ejemplos de cómo la supervisión y el control que ejercen los superiores en los medios de comunicación se suele limitar al contenido. Podría deberse a que le dan menos importancia a la corrección lingüística. O a que los superiores no detectan los fallos por carencias en su propio conocimiento de la gramática. O muy probablemente a la suma de ambas cosas.

Pero los errores que contienen los informativos salen también de la boca de políticos u otras personalidades cuyas declaraciones se reproducen. La presidenta de la Comunidad de Madrid habló hace unos días de tomar medidas "para evitar que no crezca" determinado problema, inconsciente, supongo, de que estaba sugiriendo así potenciar su crecimiento. En una próxima entrada comentaré vicios y desaciertos del lenguaje de personajes públicos y cómo se extienden por el de los periodistas y el de la población en general.

viernes, 28 de julio de 2017

Frustraciones 1

Una de mis frustraciones es comprobar el bajo nivel de conocimientos gramaticales, ortográficos, etimológicos y de vocabulario de personas de quienes espero un mejor uso del lenguaje. Me refiero, claro, a mis compañeros de profesión, los periodistas, especialmente los que tienen responsabilidades editoriales.

En los medios siempre se han visto faltas de orotografía y de puntuación, errores de concordancia, de conjugación... Pero diría que ahora se producen más que nunca. ¿Por qué?

Uno de los motivos es la prisa. En programas en directo en televisión o en medios digitales a veces se escribe un rótulo o un titular con la presión de la inmediatez y se publica sin releerlo. Así salen sin corregir lo que a menudo son fallos al teclear (una b por una v, una m por una n, un punto por una coma, la falta de alguna mayúscula, palabras pegadas...). No tengo ninguna duda de que siempre es preferible perder unos segundos en repasar lo escrito a publicarlo o emitirlo con erratas.

A veces cabe la duda de si la causa ha sido la prisa o la ignorancia, es decir, de si se trata de una errata o de un error. Por ejemplo, ayer una noticia del Telediario matinal de TVE llevaba este rótulo "Una abeja de miel absorviendo el néctar de una flor". Dejando aparte la cuestionable necesidad de ese "de miel" (que en realidad debería ser "de la miel") en ese contexto, vayamos a lo grave: escribir el verbo "absorber" con v. He comprobado que no era una errata mirando el texto de la noticia y el de la nota de agencia en que se basaba: esta iba con b pero quien redactó la del TD cometió, en el texto y en el rótulo, un error que sin duda comete siempre. ¿Cómo puede alguien ver una palabra bien escrita y escribirla mal a continuación? ¿Y cómo se puede persistir, teniendo ya una edad, en una falta de ortografía en una palabra de uso habitual?

Es un ejemplo, no un caso aislado. Veo errores constantes y me frustra comprobar que quienes los cometen ni siquiera tienen dudas: no preguntan ¿esto se escribe así o asá?, no dedican diez segundos a consultar la palabra en la web de la RAE. Y me frustra más aún que nadie, viendo el error, lo corrija.

En los próximos días pretendo comentar, en sucesivas entradas, mi opinión sobre las causas de lo que considero una inaceptable falta de rigor lingüístico en los medios de comunicación.



miércoles, 15 de febrero de 2017

Factor

Mis abuelos fueron, uno, empleado de Correos, y el otro, de Renfe. Podríais pensar que, dado su trabajo en dos de las principales empresas de la época relacionadas con las comunicaciones, influyeron en que me decidiera a ser periodista, pero ya os digo yo que no porque a uno no lo conocí y con el otro solo tuve algún trato en mi infancia. Sin embargo, recuerdo perfectamente la profesión de este último porque mi madre la mencionaba a menudo: fue factor.

La poca agilidad del Diccionario de la Real Academia hace que esa, la ferroviaria, sea la primera acepción de esta palabra y no cualquiera de las que me esperaba. "Elemento o causa que actúa junto con otros" es la tercera y "Cada una de las cantidades o expresiones que se multiplican para obtener un producto" es la sexta; incluso "Persona que hace algo" es la segunda. Pero la primera, atención, la primera es: "En las estaciones de ferrocarril, empleado que se ocupa de la recepción, expedición y entrega de los equipajes y mercancías". Sí, en la época en que la mayoría de los españoles no ha visto nunca un tren de mercancías, si uno busca "factor" en el DRAE, aprenderá que existe tal ocupación.

Aunque peor es lo mío: si lo que buscas es "periodista", la primera acepción es "Persona legalmente autorizada para ejercer el periodismo". Como en la dictadura. De lo que ha pasado después, se entera uno mirando más abajo.

lunes, 6 de febrero de 2017

Nombres

Una de las primeras palabras que aprendemos a distinguir y reconocer es nuestro nombre. En cuanto comprendemos que ese conjunto de fonemas en boca de nuestros padres y hermanos nos representa, empezamos a identificarnos con él. Diría que llegamos a ser él, porque si alguna palabra somos, es nuestro nombre, ya sea el que nos dieron al nacer, un hipocorístico, un apodo cariñoso que nos aplicaron, el seudónimo o el nombre artístico que elegimos en un momento dado, o todos ellos (o en algunos casos un nombre de pila con el que decidimos sustituir al que percibimos como impuesto y tal vez hemos llegado a odiar).

Elegimos identificarnos con uno o, más bien, varios nombres y nos gustaría escoger también quién puede usarlos y cómo, dar o negar a los demás el derecho a dirigirse a nosotros de usted o de tú, con nuestro nombre o con diminutivos, formas abreviadas, apodos familiares, etc. Y no siempre puede ser, especialmente en el caso de muchos personajes públicos. Por hablar de lo que mejor conozco, los periodistas hemos dejado de llamar "señor" o "señora" a la mayoría de las personas a quienes nos dirigimos (se salvan algunas autoridades con título o tratamiento oficial), y no son pocos quienes tratan a los protagonistas de sus noticias con familiaridad más propia de un amigo íntimo, usando apelativos que quizá a ellos les agradaría limitar al ámbito privado... o quizá no.

En cuanto a nuestro nombre y apellidos tal como constan en el registro, son nuestra identidad oficial como personas, ciudadanos, hijos, padres, estudiantes, trabajadores, sujetos de derechos y obligaciones... y, en consecuencia, cualquiera puede llamarnos así. Por eso para las personas transexuales o transgénero resulta tan importante que, como ya es posible en algunos países, la ley les permita cambiar en el registro su nombre y su sexo.

Siempre me ha hecho gracia que a menudo recordemos el nombre y los dos apellidos de nuestros compañeros de colegio muchos años después de haber terminado los estudios. En las clases se pasaba lista (ignoro si se sigue haciendo) para comprobar la asistencia, en los exámenes orales se nos iba convocando por el nombre completo, lo mismo al dar las notas... Terminabas el curso sabiéndote de memoria la lista en orden alfabético.

Y, claro, sabías también su año de nacimiento, el centro donde habían estudiado, a menudo los nombres de sus hermanos... No es extraño que ahora antiguos compañeros de colegio o de universidad se localicen por medio de las redes sociales, el equivalente moderno del listín telefónico aumentado y mejorado. Y con fotos.

martes, 17 de enero de 2017

Letra

Si guardáis algún cuaderno escolar de vuestra infancia podréis ver la evolución de vuestra letra, que seguramente empezó pareciéndose a la de las cartillas y terminó... a saber cómo; si habéis tomado apuntes durante el tiempo suficiente, ahora no se asemejará en nada a aquellos primeros escritos.

Tomar apuntes solía ser un cursillo acelerado de abreviaturas y siglas además de una lección magistral de síntesis. Después de, por ejemplo, una carrera entera escribiendo así se necesitaba un cierto tiempo para volver a la normalidad. Ignoro si ahora son mayoría los que toman notas en sus ordenadores o tabletas, o incluso los que se limitan a apuntar referencias que más tarde buscarán. Lo de tomar notas como profesión, lo que hacemos los periodistas, está evolucionando y coexisten los del bolígrafo y cuaderno con los del portátil y hasta con los que dictan a un programa de reconocimiento de voz.

Lo cierto es que cada vez se conoce menos la letra de otros. Seguramente reconocemos la de las personas de nuestra familia pero ¿la de quién más? Hay compañeros de trabajo que solo se han comunicado por escrito a través del correo electrónico y del whatsapp. A veces resulta una sorpresa encontrarse una nota manuscrita, puesto que solemos estar localizables en todo momento por el teléfono móvil, y en esos casos no siempre sabemos quién nos la ha dejado. Bueno, nos queda la opción de descubrirlo por el estilo, aunque es algo en lo que no todo el mundo se fija.

Me acabo de topar con algo escrito por mi padre. Hace más de cinco años que murió y ver su letra me ha llenado de nostalgia. Tenía una letra preciosa, muy personal, inconfundible. No sé cómo llegó a ella, si le salió así sola o la cultivó. Mi propia letra no me gusta mucho. Pero cada vez importa menos, porque apenas la ve nadie.



lunes, 3 de octubre de 2016

Nostalgia

Lo que llegamos a guardar en una palabra...

La primera vez que telefoneé a la radio para entrar en directo, el técnico de sonido me llamó por un diminutivo cariñoso para calmarme un poco los nervios. Era el mismo nombre por el que solo me llamaba mi hermano mayor. Yo estaba lejos de mi casa y de mi familia, trabajando por primera vez en otra ciudad. Habría abrazado a aquel chico. Nunca supo que por un segundo me había llevado de vuelta a casa.

Mi padre tenía un mote para mí. Solo lo usó siendo yo chiquitina. Luego de vez en cuando lo desempolvaba. Desde que no está, solo queda en mi memoria. Nadie me volverá a llamar así.

Mi primer amor también eligió un modo personal de llamarme. Los nombres que asocias a una sola persona se convierten en pequeños gatillos que disparan recuerdos cada vez que los oyes o los lees.

He dicho adiós tantas veces... La última todavía me duele. Lo que más echo de menos de las personas es hablar con ellas.

La nostalgia no es una presencia constante. Se esconde en los bolsillos, en las fotos, las páginas de los libros, las canciones, los olores y, sobre todo, en las palabras. Tiene querencia por aquellos que no esperamos mucho del futuro. Se asoma cuando sabe que el ánimo le es propicio. Rara vez aparece desgarrada por el dolor o teñida de arrepentimiento. Lo habitual es que se muestre como un rincón cálido y acogedor donde te reencuentras con los trocitos de ti que fueron quedando atrás mientras avanzabas en la vida.

Se puede echar de menos algo o a alguien y saber que perderlo entra en el transcurso normal de las cosas; saber que la vida sigue, que te puede ir igual de bien o de mal sin ello. No quiero volver atrás, no es cierto que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Avanzar no es incompatible con recordar con cariño ni con echar de menos.

Una brizna de nostalgia se me coló en twitter el otro día. No era la primera vez, pero sí la primera en que algunos nos enredamos hablando de ello.

Y aquí estamos hoy, poniéndolo por escrito.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Despedidas

Siempre me ha llamado la atención el valor simbólico de las despedidas. Constantemente nos separamos de personas, de lugares, ponemos fin a situaciones. Pero la despedida es algo solemne que reservamos para las separaciones importantes. No me refiero al hasta mañana a los compañeros de trabajo o al hasta luego a la familia. Hablo de algo que termina, sobre todo si termina para siempre. Los adioses que son hasta nuncas, los deseos de suerte que no sabremos si se llegan a cumplir.

Con todo, una despedida consciente es tranquilizadora: sabemos la importancia de palabras y gestos y los cuidamos. Lo verdaderamente desgarrador son las despedidas que se nos niegan, y que convierten en adiós miradas, ademanes y frases triviales que jamás habríamos elegido para eso.

Muchas personas que pierden a un ser querido sienten remordimientos por no haberle dicho nunca algo que ahora consideran esencial. De haber sabido que aquella era la última ocasión de hacerlo, le habrían expresado eso de lo que jamás habían considerado necesario hablar. Alguien desaparece y nos angustia preguntarnos si sería consciente de nuestro aprecio, si se lo habríamos dejado lo bastante claro. Recibimos la noticia de una muerte y nos asalta la terrible imagen de esa discusión o esa frialdad cuando estuvimos juntos por última vez. Y no hay consuelo.

Tengo la suerte de haber perdido a pocos seres queridos y la fortuna mayor aún de no haber dejado por decirles nada importante. Pero no siempre será así. Y como no quiero sufrir por las palabras guardadas, empezaré a entregárselas a sus destinatarios sin esperar a esa mejor ocasión que nunca suele llegar.