Tengo la impresión de que quien escribe un diario, se sincera con un amigo íntimo o habla con un psicólogo sabe más de sí mismo que si no lo hiciera. Lo que somos necesita palabras para mostrarse con claridad. Palabras libres y descarnadas, capaces de describir incluso aquello que nos avergüenza de nosotros mismos.
Recuerdo una conversación a cara descubierta, a calzón quitado o como queráis llamarlo. Un amigo muy querido y yo estábamos una noche en una terraza a pie de playa y, mirándonos a los ojos, supimos transmitirnos uno a otro cómo pensábamos, cómo sentíamos, cómo veíamos el mundo. No pretendía ser una conversación filosófica; estábamos simplemente hablando de nuestras respectivas situaciones vitales. Y salieron palabras que nos definían, que ponían de manifiesto convicciones o criterios de los que quizá no nos sentíamos orgullosos, que tal vez contradecían nuestros principios. Ninguno despreció la visión que dibujaba el otro. Ninguno juzgó con severidad ese fondo oscuro que salió brevemente a relucir.
Así éramos. Más imperfectos de lo que nos gustaría, menos dispuestos a cambiar lo que racionalmente reconocíamos como no deseable pero humanamente aceptábamos como inevitable. No vimos motivo para disfrazar esa realidad. Fue como regalarnos nuestra propia imagen desnuda.
Cuando no sepáis explicaros a vosotros mismos lo que siempre os habéis ocultado, contádselo a quien no vaya a despreciaros por ello. Lo que permanece enterrado termina pudriéndose.
sábado, 28 de marzo de 2015
domingo, 22 de febrero de 2015
Niveles
Los periodistas sabemos, en general, para quién escribimos. Dependiendo de dónde publiquemos/emitamos sabemos si el nuestro es un público general, uno interesado en un determinado tema, uno especializado, otros periodistas, clientes de empresas... Adaptamos nuestra forma de contar las cosas, siempre (o así debería ser) manteniendo el rigor y la precisión pero adecuando el nivel de nuestro discurso a los conocimientos del destinatario. No siempre es fácil saber qué conocimientos son esos y a veces no nos ponemos de acuerdo en si tal frase es demasiado simple o si tal otra no se va a entender. Pero, al fin y al cabo, es el receptor quien elige el medio y tú puedes optar por definir el nivel para que sean ellos quienes decidan si se quedan.
Con otro tipo de información las cosas son más complicadas. Me refiero a la que es obligatorio hacer pública porque de su conocimiento depende, por ejemplo, el ejercicio de derechos. El BOE es ejemplo de información pública dirigida en la práctica a usuarios especializados. Vamos, que hay que ser abogado o incluso juez para comprender bien no ya la letra sino las implicaciones de una ley. (Me pregunto hasta qué punto es eso legítimo.)
Acabo de formar parte, por primera vez en mi vida, de una comisión que debía organizar y desarrollar un proceso electoral. Contábamos con un reglamento breve y lleno de lagunas como base, así como con los conocimientos legales de algunos miembros de la comisión. Hemos debatido en qué términos redactar, para no dejar lugar a dudas, los plazos y exigencias para las distintas reclamaciones, las instrucciones para el voto por correo, la fecha, lugares y normas para el voto presencial, los datos que debían incluirse en las actas de escrutinio...
Me costaba creer la cantidad de preguntas, errores e irregularidades que se iban produciendo; morderme la lengua para responder con educación y no llamar gilipollas a nadie; comprobar por enésima vez si cabía otra interpretación a lo escrito; asegurarme de que la información se había publicado, se había publicitado y había llegado a todos los lugares donde debía.
Y no he tenido más remedio que concluir que, hagamos lo que hagamos los seres humanos, nunca tenemos garantizada una vía de comunicación infalible con nuestros semejantes. Una parte de ellos optará por hacer caso omiso a los mensajes: no los leerá siquiera. Otra parte los leerá pero no procesará adecuadamente la información, quizá por no desplazar otra previa (errores, prejuicios, sesgos) que ya estaba en su cerebro. Otra parte decidirá que puede desentenderse de ella y actuar según su propio criterio, que puede ser sensato y lógico pero no es el legalmente aceptado. Y otra parte hará algo incorrecto por despiste, confusión o precipitación.
Personalmente ha sido una experiencia muy educativa. No digo que en adelante vaya a tratar como a tontos a un mayor número de personas, pero desconfiaré más de mi capacidad de comunicación y, sobre todo, rebajaré mentalmente ese nivel medio del público en general que daba por supuesto.
Con otro tipo de información las cosas son más complicadas. Me refiero a la que es obligatorio hacer pública porque de su conocimiento depende, por ejemplo, el ejercicio de derechos. El BOE es ejemplo de información pública dirigida en la práctica a usuarios especializados. Vamos, que hay que ser abogado o incluso juez para comprender bien no ya la letra sino las implicaciones de una ley. (Me pregunto hasta qué punto es eso legítimo.)
Acabo de formar parte, por primera vez en mi vida, de una comisión que debía organizar y desarrollar un proceso electoral. Contábamos con un reglamento breve y lleno de lagunas como base, así como con los conocimientos legales de algunos miembros de la comisión. Hemos debatido en qué términos redactar, para no dejar lugar a dudas, los plazos y exigencias para las distintas reclamaciones, las instrucciones para el voto por correo, la fecha, lugares y normas para el voto presencial, los datos que debían incluirse en las actas de escrutinio...
Me costaba creer la cantidad de preguntas, errores e irregularidades que se iban produciendo; morderme la lengua para responder con educación y no llamar gilipollas a nadie; comprobar por enésima vez si cabía otra interpretación a lo escrito; asegurarme de que la información se había publicado, se había publicitado y había llegado a todos los lugares donde debía.
Y no he tenido más remedio que concluir que, hagamos lo que hagamos los seres humanos, nunca tenemos garantizada una vía de comunicación infalible con nuestros semejantes. Una parte de ellos optará por hacer caso omiso a los mensajes: no los leerá siquiera. Otra parte los leerá pero no procesará adecuadamente la información, quizá por no desplazar otra previa (errores, prejuicios, sesgos) que ya estaba en su cerebro. Otra parte decidirá que puede desentenderse de ella y actuar según su propio criterio, que puede ser sensato y lógico pero no es el legalmente aceptado. Y otra parte hará algo incorrecto por despiste, confusión o precipitación.
Personalmente ha sido una experiencia muy educativa. No digo que en adelante vaya a tratar como a tontos a un mayor número de personas, pero desconfiaré más de mi capacidad de comunicación y, sobre todo, rebajaré mentalmente ese nivel medio del público en general que daba por supuesto.
domingo, 15 de febrero de 2015
Créeme
Hay momentos en que una es más consciente de la enorme presión que recibimos para creer lo que nos dicen los demás. Tanta presión que debería alertarnos, o quizá es que yo me he ido volviendo incrédula a base de palos.
Estamos en pre-precampaña electoral. No ahora, siempre. Los partidos tienen en mente en todo momento un proceso electoral u otro. En su cortoplacismo, nos avasallan con afirmaciones dirigidas a ganarse nuestro voto. "Los datos están ahí", "eso es evidente", "no lo digo yo, lo dice la Unión Europea" (o el BCE o la OCDE o el FMI o...), "como todo el mundo sabe...", "créanme si les digo..." Y con promesas, la mayoría igual de poco creíbles que sus aseveraciones.
Cualquiera que se informe por más de un medio de comunicación sabe de sobra que la realidad es interpretable o, por usar la expresión clásica, que todo es según el color del cristal con que se mire. Los datos se pueden presentar desde una perspectiva u otra según lo que nos quieran mostrar, y las verdades a medias son mentiras. En cuanto a las estadísticas, dejando aparte que demasiada gente (periodistas incluidos) no sabe interpretarlas, hay una frase humorística que las define como "el arte de retorcer los números hasta que digan lo que uno quiere". Por no hablar de los gráficos manipulados para mostrar equivalencias, proporciones o diferencias absolutamente falsas. Y hay auténticos expertos en engañar sin pillarse los dedos, por ejemplo dando a entender cosas sin llegar a decirlas expresamente (a un periodista que conozco, ahora editor de un Telediario, le eché en cara una vez que daba paso a noticias grabadas como si fueran directos, y me respondió: si te fijas, nunca digo que sean directos).
Acabo de leer un libro interesantísimo en el que se repite hasta la saciedad que si una "medicina alternativa", una terapia o quien te la quiere vender parecen demasiado buenos, hay que desconfiar. Si algo es efectivo, pronto se sabe. En cambio, por muchas curas milagrosas que se publiciten prometiendo acabar con el cáncer u otras enfermedades, la gente se sigue muriendo de ellas. Pues nada, la clientela de los charlatanes no disminuye, lo cual demuestra que la credulidad de la gente es infinita y el número de desaprensivos casi también.
Pero si algo me ha indignado estos días es el cinismo de algunas personas que te cuentan mentiras descaradas aun sabiendo que sabes la verdad. Lo están haciendo directivos de mi empresa. Sus maniobras para tomar el control de lo que legalmente no tienen derecho a controlar están encontrando oposición entre los trabajadores afectados. Su táctica es justificarse con datos falsos pero, en el colmo de la indignidad, no se limitan a hacerlo de puertas para afuera sino que nos envían un correo interno a los empleados repitiendo las mismas falsedades (rematadas con una sutil amenaza).
Una ya ha leído y escuchado todas las mentiras clásicas: yo jamás he dicho eso, te juro que es verdad, me acuerdo perfectamente, lo he visto con mis propios ojos, mañana lo termino, ahora mismo iba a llamarte, confía en mí, nunca me lo perdonaría, eres la persona más importante de mi vida, no querría perderte por nada del mundo, esto lo hago por tu bien, no tenía otra opción, siempre puedes contar conmigo, nunca te he mentido, te conozco perfectamente...
¿Cuál me cabrea más? No sabría hacer un ranking. Quizá no dependa de la mentira en sí sino del grado de confianza que habías llegado a tener con quien te engaña. Y de las malditas palabras que usa para hacerlo.
Estamos en pre-precampaña electoral. No ahora, siempre. Los partidos tienen en mente en todo momento un proceso electoral u otro. En su cortoplacismo, nos avasallan con afirmaciones dirigidas a ganarse nuestro voto. "Los datos están ahí", "eso es evidente", "no lo digo yo, lo dice la Unión Europea" (o el BCE o la OCDE o el FMI o...), "como todo el mundo sabe...", "créanme si les digo..." Y con promesas, la mayoría igual de poco creíbles que sus aseveraciones.
Cualquiera que se informe por más de un medio de comunicación sabe de sobra que la realidad es interpretable o, por usar la expresión clásica, que todo es según el color del cristal con que se mire. Los datos se pueden presentar desde una perspectiva u otra según lo que nos quieran mostrar, y las verdades a medias son mentiras. En cuanto a las estadísticas, dejando aparte que demasiada gente (periodistas incluidos) no sabe interpretarlas, hay una frase humorística que las define como "el arte de retorcer los números hasta que digan lo que uno quiere". Por no hablar de los gráficos manipulados para mostrar equivalencias, proporciones o diferencias absolutamente falsas. Y hay auténticos expertos en engañar sin pillarse los dedos, por ejemplo dando a entender cosas sin llegar a decirlas expresamente (a un periodista que conozco, ahora editor de un Telediario, le eché en cara una vez que daba paso a noticias grabadas como si fueran directos, y me respondió: si te fijas, nunca digo que sean directos).
Acabo de leer un libro interesantísimo en el que se repite hasta la saciedad que si una "medicina alternativa", una terapia o quien te la quiere vender parecen demasiado buenos, hay que desconfiar. Si algo es efectivo, pronto se sabe. En cambio, por muchas curas milagrosas que se publiciten prometiendo acabar con el cáncer u otras enfermedades, la gente se sigue muriendo de ellas. Pues nada, la clientela de los charlatanes no disminuye, lo cual demuestra que la credulidad de la gente es infinita y el número de desaprensivos casi también.
Pero si algo me ha indignado estos días es el cinismo de algunas personas que te cuentan mentiras descaradas aun sabiendo que sabes la verdad. Lo están haciendo directivos de mi empresa. Sus maniobras para tomar el control de lo que legalmente no tienen derecho a controlar están encontrando oposición entre los trabajadores afectados. Su táctica es justificarse con datos falsos pero, en el colmo de la indignidad, no se limitan a hacerlo de puertas para afuera sino que nos envían un correo interno a los empleados repitiendo las mismas falsedades (rematadas con una sutil amenaza).
Una ya ha leído y escuchado todas las mentiras clásicas: yo jamás he dicho eso, te juro que es verdad, me acuerdo perfectamente, lo he visto con mis propios ojos, mañana lo termino, ahora mismo iba a llamarte, confía en mí, nunca me lo perdonaría, eres la persona más importante de mi vida, no querría perderte por nada del mundo, esto lo hago por tu bien, no tenía otra opción, siempre puedes contar conmigo, nunca te he mentido, te conozco perfectamente...
¿Cuál me cabrea más? No sabría hacer un ranking. Quizá no dependa de la mentira en sí sino del grado de confianza que habías llegado a tener con quien te engaña. Y de las malditas palabras que usa para hacerlo.
domingo, 1 de febrero de 2015
Pertenencia
Hace unos años una compañera de trabajo me criticaba por no compartir su militancia feminista. No por no compartir muchas de sus ideas, sino por no dedicar mi tiempo y esfuerzo a defenderlas. "Cada una tiene sus batallas", le repliqué, "y las mías son otras que quizá a ti te parezcan menos importantes, pero alguien tiene que librarlas".
Mis causas tienen menos fama, sin duda menos apoyos, pero son aquellas en las que creo. Y no me refiero a fe ciega sino a un convencimiento personal fruto de la reflexión y la experiencia. Muchas no he empezado a defenderlas hasta hace relativamente poco tiempo. Para pelear por algo más vale estar informado y sentirse seguro, porque toda causa tiene sus oponentes y a veces poseen más fuerza o más obstinación que tú, aunque -según tu punto de vista- no más razón.
Una de mis batallas, como sabéis si seguís este blog, es el conocimiento y la valoración del lenguaje. Las fuerzas en este campo son tan desiguales que si esperara resultados ya habría desistido. No, no los espero. En realidad, y de eso me he dado cuenta con el tiempo, mi única pretensión ya es hallar personas que compartan mi inquietud y mi preocupación. Cada vez que encuentro a una me siento un poco menos sola.
Pero tengo otras peleas. Profesionales, sociales, ideológicas... A unas les dedico más esfuerzo que a otras. Todas valen la pena. Todas merecerían un ejército de defensores. La mayoría no lo tienen.
Afortunadamente, por muy sola que se sienta una cuando decide comprometerse con una causa, con el tiempo va entrando en contacto con gente igual de comprometida o más. Cada uno opta por un grado de compromiso, en algunos casos mínimo, en otros hasta heroico; y cada uno logra sus resultados. En general basta con un cierto apoyo y algo de satisfacción personal para seguir adelante.
Y en esto el lenguaje es importante. Compartir vocabulario, jerga si queréis, da sensación de pertenencia. Utilizar las mismas palabras revela una visión semejante, unas ideas parecidas, un objetivo común.
Estuve hace dos días con un grupo de amigos con los que comparto una de esas luchas. La conversación era una reafirmación constante, nos realimentábamos unos a otros y, si hubiéramos sido menos sensatos, menos realistas, podríamos haber creído que nuestras ideas eran mayoritarias en el mundo.
Pero no. Porque durante la mayor parte del tiempo vivimos con personas de las cuales nos separan abismos mentales. Por eso valoramos más nuestra mutua compañía. Porque sabemos que lo que escuchemos y digamos estará en el mismo tono. Y nos sonará a música.
Mis causas tienen menos fama, sin duda menos apoyos, pero son aquellas en las que creo. Y no me refiero a fe ciega sino a un convencimiento personal fruto de la reflexión y la experiencia. Muchas no he empezado a defenderlas hasta hace relativamente poco tiempo. Para pelear por algo más vale estar informado y sentirse seguro, porque toda causa tiene sus oponentes y a veces poseen más fuerza o más obstinación que tú, aunque -según tu punto de vista- no más razón.
Una de mis batallas, como sabéis si seguís este blog, es el conocimiento y la valoración del lenguaje. Las fuerzas en este campo son tan desiguales que si esperara resultados ya habría desistido. No, no los espero. En realidad, y de eso me he dado cuenta con el tiempo, mi única pretensión ya es hallar personas que compartan mi inquietud y mi preocupación. Cada vez que encuentro a una me siento un poco menos sola.
Pero tengo otras peleas. Profesionales, sociales, ideológicas... A unas les dedico más esfuerzo que a otras. Todas valen la pena. Todas merecerían un ejército de defensores. La mayoría no lo tienen.
Afortunadamente, por muy sola que se sienta una cuando decide comprometerse con una causa, con el tiempo va entrando en contacto con gente igual de comprometida o más. Cada uno opta por un grado de compromiso, en algunos casos mínimo, en otros hasta heroico; y cada uno logra sus resultados. En general basta con un cierto apoyo y algo de satisfacción personal para seguir adelante.
Y en esto el lenguaje es importante. Compartir vocabulario, jerga si queréis, da sensación de pertenencia. Utilizar las mismas palabras revela una visión semejante, unas ideas parecidas, un objetivo común.
Estuve hace dos días con un grupo de amigos con los que comparto una de esas luchas. La conversación era una reafirmación constante, nos realimentábamos unos a otros y, si hubiéramos sido menos sensatos, menos realistas, podríamos haber creído que nuestras ideas eran mayoritarias en el mundo.
Pero no. Porque durante la mayor parte del tiempo vivimos con personas de las cuales nos separan abismos mentales. Por eso valoramos más nuestra mutua compañía. Porque sabemos que lo que escuchemos y digamos estará en el mismo tono. Y nos sonará a música.
domingo, 18 de enero de 2015
Libertad de expresión
Estas últimas dos semanas no hemos dejado de hablar de
libertad de expresión: de su ejercicio, de su necesidad, de sus límites. He
leído opiniones, consideraciones, argumentos de todo tipo, he visto a algunos
pontificar y a muchos recurrir al exabrupto...
La tolerancia respecto a las ideas políticas ha avanzado mucho más que en las religiosas. Fanáticos hay en abundancia tanto de las primeras como de las segundas, pero los políticos demócratas se oponen públicamente a censurar las ideologías (insinuar lo contrario les granjea el calificativo de antidemocráticos). En cambio las religiones, al menos las monoteístas, son intrínsecamente intolerantes. Y lo son porque se establecen sobre dogmas. No razonan sus fundamentos, no los someten a crítica ni a refutación, no admiten la posibilidad de error. Eso queda claro viendo su uso de palabras como "único", "supremo" "absoluto" y "verdad".
Se ha dicho incontables veces que los derechos los tienen las personas, no las ideas. Da igual: hay que repetirlo. Una idea se puede cuestionar, debatir, despreciar... Habitualmente se entiende que si dos personas discuten y una reacciona con violencia es porque se ha quedado sin argumentos. La violencia de justificación religiosa no tiene argumentos. Históricamente se ha impuesto la religión inculcándola desde el nacimiento, reprobando socialmente la discrepancia o impidiéndola con la amenaza o por la fuerza.
Somos millones, miles de millones quienes no aceptamos ya ninguna imposición de ese tipo. Optamos por potenciar nuestra racionalidad y contener nuestra visceralidad. Toleramos las creencias irracionales siempre que se releguen al ámbito privado. Y confiamos en que, con tiempo y educación, esas creencias terminen olvidadas.
Y ¿sabéis qué? Toda esa gente se ha expresado libremente por
todos los medios a su alcance: las redes sociales, los blogs, los medios de
comunicación, las conversaciones formales y las charlas de café. Incluso
quienes han dicho que los caricaturistas de Charlie Hebdo se lo habían buscado,
que merecían morir, han podido expresar esa opinión sin más
consecuencias negativas que el desprecio o el insulto. Deberían reflexionar sobre eso; plantearse si aceptarían que se les enmudeciera porque alguien se sintiera ofendido por sus palabras, si admitirían para sí mismos lo que pretenden para otros.
Creo que nadie duda de que nuestro pensamiento no puede estar sujeto a normas. Aunque las religiones y ciertos regímenes políticos lo pretendan, es imposible. Sin embargo, cuando se trata de hacerlos públicos, muchos se plantean hasta qué punto la libertad de expresión es igual de absoluta e irrenunciable que la de pensamiento.
Mi profesión se asienta sobre la libertad de expresión. Quizá por eso me importa mucho más referirme a la expresión pública que a la privada. En el ámbito privado se pueden consensuar los límites, decidir si en aras de la convivencia o en consideración a una o varias personas se suaviza el tono o se evitan ciertos temas; no porque no se pueda expresar uno con plena libertad sino porque elige no hacerlo, lo elige, no se lo imponen.
En el ámbito público no se puede tener esa consideración. Prácticamente todo es susceptible de generar incomodidad, ofensas, enfado, indignación... Si la condición fuera no molestar, no habría comunicación pública. (Ojo, hablo de ofensas, no de delitos. Arengar a una multitud para que actúe con violencia, incitar a un grupo a que ataque a otro, acusar falsamente de un crimen... son actos delictivos de consecuencias mucho más graves que herir los sentimientos de alguien.)viernes, 26 de diciembre de 2014
Propósitos (2)
Ya estamos aquí otra vez, a punto de llegar a esa hoja del calendario que establecemos como final de un tiempo e inicio de otro. De todos los periodos en que dividimos la vida es el de los años el único al que aprecio suficiente entidad como para pensar detenidamente en él (bueno, ese y los minutos y segundos de duración de las noticias).
Es un periodo lo bastante amplio como para requerir cierta planificación y merecer un balance. Por cierto, el DRAE debería repasar las acepciones que reconoce a esta palabra; echo en falta la que más utilizo, que en el María Moliner se recoge así: "Resultado o valoración general de un proceso, una acción, una situación, etc."
Pues bien, primero voy a evaluar el grado de cumplimiento de los propósitos que me hice para este año que termina y luego formularé otros nuevos para el que está por comenzar.
- Poner tildes en mis whatsapps: lo calificaré de logro casi absoluto. Rara vez me dejo una, y muy apresurada debo andar para hacerlo.
- No corregir a los amigos: aprobadillo justo. En realidad, he dejado de hacerlo en la mayoría de las ocasiones, pero hay momentos, circunstancias, personas o errores determinados que acaban con mi buena voluntad.
- Usar más el lenguaje oral: no ha sido el mejor año para eso. Al contrario, diría que he estado en modo ostra, abandonándolo más para monólogos (blog, Facebook, Twitter...) que para diálogos. Podría justificarme pero eso no me ayudaría a mejorar el año que viene.
- Leer más libros: éxito mayor del esperado. Quizá se haya debido a una buena selección de lecturas, muchas de las cuales me han enganchado. Renuevo el propósito para 2015.
Y ahora voy a enumerar los próximos:
- Aprender palabras nuevas. No solo averiguar el significado de las que me encuentro por primera vez sino incorporar a mi vocabulario muchas de ellas; no digo todas porque hay cada palabreja (por ejemplo, en el Damero Maldito de El País de los domingos)... Pero me vendrá bien diversificar mi lenguaje. Soy demasiado fiel a algunos términos.
- Hablar menos de mí misma en mis escritos. Escribir es en muchos casos un acto egoísta. Creo que solo cuando lo hago por trabajo, cuando cuento noticias, no lo es. En los demás casos, sí. Este blog es más una necesidad personal que una contribución al conocimiento. Intentaré aligerarlo de narcisismo y autobombo. En FB y TW, donde más se nota esa carga, me será más difícil reducirla.
- Admitir que quien me concede el regalo de su palabra puede decidir retirármelo. Que puede incluso hacerlo sin explicaciones. Los seres humanos somos complejos, a menudo egoístas, a veces despreciativos y crueles... a veces simplemente inconsecuentes. En realidad, debería ampliar el propósito con la reflexión sobre si yo he hecho tal cosa conscientemente y por qué. De momento creo que solo tengo fuerzas para la primera parte.
Aquí lo dejo. Tres aspiraciones nuevas y dos reeditadas: dialogar más y dejar de chinchar con mi perfeccionismo a los que me importan. Ah, y seguir leyendo libros.
Feliz año. Nos seguiremos viendo por aquí.
Es un periodo lo bastante amplio como para requerir cierta planificación y merecer un balance. Por cierto, el DRAE debería repasar las acepciones que reconoce a esta palabra; echo en falta la que más utilizo, que en el María Moliner se recoge así: "Resultado o valoración general de un proceso, una acción, una situación, etc."
Pues bien, primero voy a evaluar el grado de cumplimiento de los propósitos que me hice para este año que termina y luego formularé otros nuevos para el que está por comenzar.
- Poner tildes en mis whatsapps: lo calificaré de logro casi absoluto. Rara vez me dejo una, y muy apresurada debo andar para hacerlo.
- No corregir a los amigos: aprobadillo justo. En realidad, he dejado de hacerlo en la mayoría de las ocasiones, pero hay momentos, circunstancias, personas o errores determinados que acaban con mi buena voluntad.
- Usar más el lenguaje oral: no ha sido el mejor año para eso. Al contrario, diría que he estado en modo ostra, abandonándolo más para monólogos (blog, Facebook, Twitter...) que para diálogos. Podría justificarme pero eso no me ayudaría a mejorar el año que viene.
- Leer más libros: éxito mayor del esperado. Quizá se haya debido a una buena selección de lecturas, muchas de las cuales me han enganchado. Renuevo el propósito para 2015.
Y ahora voy a enumerar los próximos:
- Aprender palabras nuevas. No solo averiguar el significado de las que me encuentro por primera vez sino incorporar a mi vocabulario muchas de ellas; no digo todas porque hay cada palabreja (por ejemplo, en el Damero Maldito de El País de los domingos)... Pero me vendrá bien diversificar mi lenguaje. Soy demasiado fiel a algunos términos.
- Hablar menos de mí misma en mis escritos. Escribir es en muchos casos un acto egoísta. Creo que solo cuando lo hago por trabajo, cuando cuento noticias, no lo es. En los demás casos, sí. Este blog es más una necesidad personal que una contribución al conocimiento. Intentaré aligerarlo de narcisismo y autobombo. En FB y TW, donde más se nota esa carga, me será más difícil reducirla.
- Admitir que quien me concede el regalo de su palabra puede decidir retirármelo. Que puede incluso hacerlo sin explicaciones. Los seres humanos somos complejos, a menudo egoístas, a veces despreciativos y crueles... a veces simplemente inconsecuentes. En realidad, debería ampliar el propósito con la reflexión sobre si yo he hecho tal cosa conscientemente y por qué. De momento creo que solo tengo fuerzas para la primera parte.
Aquí lo dejo. Tres aspiraciones nuevas y dos reeditadas: dialogar más y dejar de chinchar con mi perfeccionismo a los que me importan. Ah, y seguir leyendo libros.
Feliz año. Nos seguiremos viendo por aquí.
domingo, 21 de diciembre de 2014
Con solo escuchar un rato
Hace unos días entrevisté a una abogada de cierta edad. Hablando con ella me gustó su dicción cuidada y lo claramente que exponía sus ideas. Luego, cuando transcribí la entrevista (mi forma habitual de trabajar) y la traduje (era en inglés, la mujer es estadounidense) me fascinó con qué corrección estaban estructuradas sus frases, cómo se preocupaba de no repetir palabras, la concordancia perfecta de todo aquello que debía concordar... Casi no parecía lenguaje oral. Pero lo era.
Hay personas acostumbradas a cuidar su discurso cuando hablan tanto como cuando escriben. Probablemente su prestigio como abogada deba mucho a una exquisita exposición de argumentos ante los jueces y jurados. Ha dado numerosas conferencias y ha concedido entrevistas a medios de todo el mundo que, sin duda, han quedado tan satisfechos como yo. Porque a los periodistas no nos gusta ni presentar a nuestro público un discurso incomprensible, mal hilado o lleno de tópicos, ni tener que cortarlo o apañarlo para darle mejor aspecto.
Ahora estaba transcribiendo otra entrevista, también en inglés, hecha a un ilusionista. Su educación fue, o eso deduzco de lo que contaba él mismo, bastante deficiente. Es muy cordial, entusiasta, cuenta las cosas representándolas, cargándolas de emoción. Pero su lenguaje es pobre y lleno de muletillas. Cuando transcribes te das cuenta de la cantidad de "you know", "I mean", "kind of", "it's like", y de esas palabras comodín tipo "interesting", "beautiful" o "wonderful". Cualquiera de sus frases se podría dejar en la mitad quitándole todo lo innecesario y lo vacío.
En español ocurre lo mismo, claro. Hay entrevistas plagadas de "o sea", de "bueno", "entonces", "por tanto", "en realidad" y toda una ristra de expresiones de las que muchos no saben prescindir. En TVE subtitulamos casi todo, lo cual nos obliga a los periodistas a transcribir las declaraciones (incluso los "canutazos" a gente por la calle). Así me acostumbré yo a hacerlo. Y así descubrí lo penosos que podemos ser al hablar sin guion, sin preparación, improvisando.
Hace unos años, dando clases a adolescentes de instituto como parte de la preparación para obtener mi Certificado de Aptitud Pedagógica, les propuse a los alumnos grabar una conversación y luego transcribirla como forma de practicar los signos de puntuación. Si uno quiere que lo transcrito se entienda en todos sus matices y tonos debe usar muchos, por no decir todos: punto, coma, punto y coma, paréntesis o rayas, signos de interrogación y exclamación, puntos suspensivos...
Podéis probar si queréis. Pero a vosotros voy a poneros otros deberes. Grabad un rato de vuestro discurso: una conversación, una explicación, lo que sea. Dejadlo salir como siempre, no hagáis trampas. Y examinad el resultado. Lo normal es que haya faltas de concordancia, frases que se quedan sin terminar, palabras que repetís demasiado... Sí, eso es lo normal. Poca gente tiene hablando la misma corrección que escribiendo. De hecho, cuando alguien interviene por la radio, por ejemplo llamando por teléfono, y antes se ha escrito lo que iba a decir, nos suena tan poco natural como si se metiera en la cama con traje y corbata.
La cuestión es eliminar nuestras muletillas, ampliar nuestro vocabulario, cuidar nuestro discurso sin quitarle espontaneidad. Si algún día os entrevistan, veréis la sonrisa del periodista al escucharos.
Hay personas acostumbradas a cuidar su discurso cuando hablan tanto como cuando escriben. Probablemente su prestigio como abogada deba mucho a una exquisita exposición de argumentos ante los jueces y jurados. Ha dado numerosas conferencias y ha concedido entrevistas a medios de todo el mundo que, sin duda, han quedado tan satisfechos como yo. Porque a los periodistas no nos gusta ni presentar a nuestro público un discurso incomprensible, mal hilado o lleno de tópicos, ni tener que cortarlo o apañarlo para darle mejor aspecto.
Ahora estaba transcribiendo otra entrevista, también en inglés, hecha a un ilusionista. Su educación fue, o eso deduzco de lo que contaba él mismo, bastante deficiente. Es muy cordial, entusiasta, cuenta las cosas representándolas, cargándolas de emoción. Pero su lenguaje es pobre y lleno de muletillas. Cuando transcribes te das cuenta de la cantidad de "you know", "I mean", "kind of", "it's like", y de esas palabras comodín tipo "interesting", "beautiful" o "wonderful". Cualquiera de sus frases se podría dejar en la mitad quitándole todo lo innecesario y lo vacío.
En español ocurre lo mismo, claro. Hay entrevistas plagadas de "o sea", de "bueno", "entonces", "por tanto", "en realidad" y toda una ristra de expresiones de las que muchos no saben prescindir. En TVE subtitulamos casi todo, lo cual nos obliga a los periodistas a transcribir las declaraciones (incluso los "canutazos" a gente por la calle). Así me acostumbré yo a hacerlo. Y así descubrí lo penosos que podemos ser al hablar sin guion, sin preparación, improvisando.
Hace unos años, dando clases a adolescentes de instituto como parte de la preparación para obtener mi Certificado de Aptitud Pedagógica, les propuse a los alumnos grabar una conversación y luego transcribirla como forma de practicar los signos de puntuación. Si uno quiere que lo transcrito se entienda en todos sus matices y tonos debe usar muchos, por no decir todos: punto, coma, punto y coma, paréntesis o rayas, signos de interrogación y exclamación, puntos suspensivos...
Podéis probar si queréis. Pero a vosotros voy a poneros otros deberes. Grabad un rato de vuestro discurso: una conversación, una explicación, lo que sea. Dejadlo salir como siempre, no hagáis trampas. Y examinad el resultado. Lo normal es que haya faltas de concordancia, frases que se quedan sin terminar, palabras que repetís demasiado... Sí, eso es lo normal. Poca gente tiene hablando la misma corrección que escribiendo. De hecho, cuando alguien interviene por la radio, por ejemplo llamando por teléfono, y antes se ha escrito lo que iba a decir, nos suena tan poco natural como si se metiera en la cama con traje y corbata.
La cuestión es eliminar nuestras muletillas, ampliar nuestro vocabulario, cuidar nuestro discurso sin quitarle espontaneidad. Si algún día os entrevistan, veréis la sonrisa del periodista al escucharos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)