Ayer se publicó la encuesta bienal de la FECYT sobre la percepción social de la ciencia. Una cuarta parte de los españoles declara no tener interés por la ciencia, y de ellos, casi el 36% da como razón que no la entiende.
Ya he hablado alguna vez de ese "no entender", que empieza a fraguarse desde la infancia. Los conceptos se explican con palabras y es de éstas, y de quienes construyen con ellas las explicaciones, la responsabilidad de hacer comprensible una idea. Hay, es cierto, ideas muy complejas, tan abstractas que no resultan nada "intuitivas" (vocablo de moda). Pero si hay que abandonar momentáneamente los términos precisos de la ciencia o recurrir a metáforas para lograr que alguien vea las cosas claras, debe hacerse. Porque fallando la base, no hay manera de levantar el edificio. De hecho, según la encuesta nada menos que un 47% considera haber recibido una educación mala o muy mala en materias científicas y técnicas, mientras que solo un 10% dice que fue de nivel alto o muy alto y un 41'6% la califica de normal. Normal, esa palabra que para cada uno tiene un significado distinto, ay.
La encuesta, insisto, habla de la "percepción", de subjetividad. Los hablantes usamos las mismas palabras pero nunca se puede estar seguro de si lo hacemos con las mismas connotaciones, ni siquiera con el mismo significado. Como comentaba un buen amigo en su blog, una encuesta de la Unión Europea encontraba grandes diferencias en la consideración de la astrología por parte del ciudadano si se le preguntaba por ella con ese nombre o si se le hablaba de "horóscopos". Más del 40% decían que la astrología era claramente una disciplina científica, cifra que bajaba al 13% cuando el término usado era horóscopo. ¿Por qué? Por la confusión -asombrosa y lamentablemente amplia- entre astrología y astronomía.
Asimismo se confunde la homeopatía con la fitoterapia. Pero este error no se debe, evidentemente, a una similitud de las denominaciones sino a la información sesgada, cuando no intencionadamente confusa, ofrecida por laboratorios homeopáticos y farmacias.
En resumen: si rehuimos palabras que no entendemos, como isótopo; si rechazamos realidades definidas por palabras que nos asustan, como transgénico o química; si confundimos disciplinas por ignorancia, como astronomía y astrología; si aceptamos que una palabra tenga el significado que quieran darle interesadamente, como cuántico... somos candidatos perfectos a que nos engañen y se aprovechen de nosotros. No seamos tan fatuos, no creamos que entendemos lo que en el fondo escapa a nuestra comprensión. Informémonos mejor antes de opinar.
viernes, 24 de abril de 2015
domingo, 5 de abril de 2015
Traducciones (4)
Hubo una masacre hace pocos días en un campus universitario de Kenia. Kenia es un país con cierto peso en la información africana y varias agencias internacionales tienen corresponsales permanentes allí. Rápidamente llegaron imágenes y testimonios de lo ocurrido. Para un periodista los testimonios son valiosos porque ayudan a acercar la noticia al público. Pero cualquier testimonio pierde fuerza si no suena auténtico. Y eso ocurre cuando no está bien traducido.
Escuché la noticia en una emisora de radio. El periodista había traducido y doblado las palabras de un estudiante que presenció el ataque y logró huir. Se oía el principio de la frase en inglés y a partir de ahí, con una entonación desapasionada, estas palabras en español:
"La gente corría arriba y abajo tratando de poner a salvo sus vidas. Adonde íbamos, sonaban los disparos, así que estábamos como locos. Fuimos al terreno de abajo. Nos quedamos en una sala, nos sentamos en el suelo y continuaban los disparos, así que decidimos salir y arriesgarnos a buscar refugio fuera de la escuela."
El error de esta "traducción" es que las frases resultantes no son españolas. La construcción, las expresiones, se mantienen en inglés y solo se cambian las palabras de ese idioma por las del nuestro. Era imposible pensar en ese estudiante como en un ser real que narraba una experiencia terrible. ¿Cómo lo habría contado un español? Quizá así:
"La gente corría de un lado a otro tratando de ponerse a salvo. Pero fuéramos adonde fuéramos se oían disparos, así que estábamos histéricos. Corrimos a la zona de abajo y nos escondimos en una sala. Pero, como seguían los disparos, decidimos arriesgarnos a salir y tratar de escapar del campus."
A fuerza de leer noticias de agencia en otro idioma, hay periodistas a quienes se les olvida que se expresan en español. Pero el público nota la diferencia entre lo que el informador escribe y lo que maltraduce, y quizá se pregunte si de verdad entiende ese otro idioma y si se puede fiar de lo que le cuenta cuando sus únicas referencias están en otra lengua. Podría tener el temor de que el periodista haya entendido algo mal.
No sé hasta que punto sonar naturales a los lectores, espectadores u oyentes es una condición para la credibilidad. Quizá estoy siendo demasiado crítica . Pero el objetivo de una traducción es permitirnos leer u oír en nuestro idioma lo escrito o dicho en otro. No con palabras de nuestro idioma sino en nuestro idioma. Si no lo hacemos bien, se levanta una barrera de incomodidad, tal vez de duda. Y en mi caso, de indignación.
Escuché la noticia en una emisora de radio. El periodista había traducido y doblado las palabras de un estudiante que presenció el ataque y logró huir. Se oía el principio de la frase en inglés y a partir de ahí, con una entonación desapasionada, estas palabras en español:
"La gente corría arriba y abajo tratando de poner a salvo sus vidas. Adonde íbamos, sonaban los disparos, así que estábamos como locos. Fuimos al terreno de abajo. Nos quedamos en una sala, nos sentamos en el suelo y continuaban los disparos, así que decidimos salir y arriesgarnos a buscar refugio fuera de la escuela."
El error de esta "traducción" es que las frases resultantes no son españolas. La construcción, las expresiones, se mantienen en inglés y solo se cambian las palabras de ese idioma por las del nuestro. Era imposible pensar en ese estudiante como en un ser real que narraba una experiencia terrible. ¿Cómo lo habría contado un español? Quizá así:
"La gente corría de un lado a otro tratando de ponerse a salvo. Pero fuéramos adonde fuéramos se oían disparos, así que estábamos histéricos. Corrimos a la zona de abajo y nos escondimos en una sala. Pero, como seguían los disparos, decidimos arriesgarnos a salir y tratar de escapar del campus."
A fuerza de leer noticias de agencia en otro idioma, hay periodistas a quienes se les olvida que se expresan en español. Pero el público nota la diferencia entre lo que el informador escribe y lo que maltraduce, y quizá se pregunte si de verdad entiende ese otro idioma y si se puede fiar de lo que le cuenta cuando sus únicas referencias están en otra lengua. Podría tener el temor de que el periodista haya entendido algo mal.
No sé hasta que punto sonar naturales a los lectores, espectadores u oyentes es una condición para la credibilidad. Quizá estoy siendo demasiado crítica . Pero el objetivo de una traducción es permitirnos leer u oír en nuestro idioma lo escrito o dicho en otro. No con palabras de nuestro idioma sino en nuestro idioma. Si no lo hacemos bien, se levanta una barrera de incomodidad, tal vez de duda. Y en mi caso, de indignación.
sábado, 28 de marzo de 2015
Sincerarse
Tengo la impresión de que quien escribe un diario, se sincera con un amigo íntimo o habla con un psicólogo sabe más de sí mismo que si no lo hiciera. Lo que somos necesita palabras para mostrarse con claridad. Palabras libres y descarnadas, capaces de describir incluso aquello que nos avergüenza de nosotros mismos.
Recuerdo una conversación a cara descubierta, a calzón quitado o como queráis llamarlo. Un amigo muy querido y yo estábamos una noche en una terraza a pie de playa y, mirándonos a los ojos, supimos transmitirnos uno a otro cómo pensábamos, cómo sentíamos, cómo veíamos el mundo. No pretendía ser una conversación filosófica; estábamos simplemente hablando de nuestras respectivas situaciones vitales. Y salieron palabras que nos definían, que ponían de manifiesto convicciones o criterios de los que quizá no nos sentíamos orgullosos, que tal vez contradecían nuestros principios. Ninguno despreció la visión que dibujaba el otro. Ninguno juzgó con severidad ese fondo oscuro que salió brevemente a relucir.
Así éramos. Más imperfectos de lo que nos gustaría, menos dispuestos a cambiar lo que racionalmente reconocíamos como no deseable pero humanamente aceptábamos como inevitable. No vimos motivo para disfrazar esa realidad. Fue como regalarnos nuestra propia imagen desnuda.
Cuando no sepáis explicaros a vosotros mismos lo que siempre os habéis ocultado, contádselo a quien no vaya a despreciaros por ello. Lo que permanece enterrado termina pudriéndose.
Recuerdo una conversación a cara descubierta, a calzón quitado o como queráis llamarlo. Un amigo muy querido y yo estábamos una noche en una terraza a pie de playa y, mirándonos a los ojos, supimos transmitirnos uno a otro cómo pensábamos, cómo sentíamos, cómo veíamos el mundo. No pretendía ser una conversación filosófica; estábamos simplemente hablando de nuestras respectivas situaciones vitales. Y salieron palabras que nos definían, que ponían de manifiesto convicciones o criterios de los que quizá no nos sentíamos orgullosos, que tal vez contradecían nuestros principios. Ninguno despreció la visión que dibujaba el otro. Ninguno juzgó con severidad ese fondo oscuro que salió brevemente a relucir.
Así éramos. Más imperfectos de lo que nos gustaría, menos dispuestos a cambiar lo que racionalmente reconocíamos como no deseable pero humanamente aceptábamos como inevitable. No vimos motivo para disfrazar esa realidad. Fue como regalarnos nuestra propia imagen desnuda.
Cuando no sepáis explicaros a vosotros mismos lo que siempre os habéis ocultado, contádselo a quien no vaya a despreciaros por ello. Lo que permanece enterrado termina pudriéndose.
domingo, 22 de febrero de 2015
Niveles
Los periodistas sabemos, en general, para quién escribimos. Dependiendo de dónde publiquemos/emitamos sabemos si el nuestro es un público general, uno interesado en un determinado tema, uno especializado, otros periodistas, clientes de empresas... Adaptamos nuestra forma de contar las cosas, siempre (o así debería ser) manteniendo el rigor y la precisión pero adecuando el nivel de nuestro discurso a los conocimientos del destinatario. No siempre es fácil saber qué conocimientos son esos y a veces no nos ponemos de acuerdo en si tal frase es demasiado simple o si tal otra no se va a entender. Pero, al fin y al cabo, es el receptor quien elige el medio y tú puedes optar por definir el nivel para que sean ellos quienes decidan si se quedan.
Con otro tipo de información las cosas son más complicadas. Me refiero a la que es obligatorio hacer pública porque de su conocimiento depende, por ejemplo, el ejercicio de derechos. El BOE es ejemplo de información pública dirigida en la práctica a usuarios especializados. Vamos, que hay que ser abogado o incluso juez para comprender bien no ya la letra sino las implicaciones de una ley. (Me pregunto hasta qué punto es eso legítimo.)
Acabo de formar parte, por primera vez en mi vida, de una comisión que debía organizar y desarrollar un proceso electoral. Contábamos con un reglamento breve y lleno de lagunas como base, así como con los conocimientos legales de algunos miembros de la comisión. Hemos debatido en qué términos redactar, para no dejar lugar a dudas, los plazos y exigencias para las distintas reclamaciones, las instrucciones para el voto por correo, la fecha, lugares y normas para el voto presencial, los datos que debían incluirse en las actas de escrutinio...
Me costaba creer la cantidad de preguntas, errores e irregularidades que se iban produciendo; morderme la lengua para responder con educación y no llamar gilipollas a nadie; comprobar por enésima vez si cabía otra interpretación a lo escrito; asegurarme de que la información se había publicado, se había publicitado y había llegado a todos los lugares donde debía.
Y no he tenido más remedio que concluir que, hagamos lo que hagamos los seres humanos, nunca tenemos garantizada una vía de comunicación infalible con nuestros semejantes. Una parte de ellos optará por hacer caso omiso a los mensajes: no los leerá siquiera. Otra parte los leerá pero no procesará adecuadamente la información, quizá por no desplazar otra previa (errores, prejuicios, sesgos) que ya estaba en su cerebro. Otra parte decidirá que puede desentenderse de ella y actuar según su propio criterio, que puede ser sensato y lógico pero no es el legalmente aceptado. Y otra parte hará algo incorrecto por despiste, confusión o precipitación.
Personalmente ha sido una experiencia muy educativa. No digo que en adelante vaya a tratar como a tontos a un mayor número de personas, pero desconfiaré más de mi capacidad de comunicación y, sobre todo, rebajaré mentalmente ese nivel medio del público en general que daba por supuesto.
Con otro tipo de información las cosas son más complicadas. Me refiero a la que es obligatorio hacer pública porque de su conocimiento depende, por ejemplo, el ejercicio de derechos. El BOE es ejemplo de información pública dirigida en la práctica a usuarios especializados. Vamos, que hay que ser abogado o incluso juez para comprender bien no ya la letra sino las implicaciones de una ley. (Me pregunto hasta qué punto es eso legítimo.)
Acabo de formar parte, por primera vez en mi vida, de una comisión que debía organizar y desarrollar un proceso electoral. Contábamos con un reglamento breve y lleno de lagunas como base, así como con los conocimientos legales de algunos miembros de la comisión. Hemos debatido en qué términos redactar, para no dejar lugar a dudas, los plazos y exigencias para las distintas reclamaciones, las instrucciones para el voto por correo, la fecha, lugares y normas para el voto presencial, los datos que debían incluirse en las actas de escrutinio...
Me costaba creer la cantidad de preguntas, errores e irregularidades que se iban produciendo; morderme la lengua para responder con educación y no llamar gilipollas a nadie; comprobar por enésima vez si cabía otra interpretación a lo escrito; asegurarme de que la información se había publicado, se había publicitado y había llegado a todos los lugares donde debía.
Y no he tenido más remedio que concluir que, hagamos lo que hagamos los seres humanos, nunca tenemos garantizada una vía de comunicación infalible con nuestros semejantes. Una parte de ellos optará por hacer caso omiso a los mensajes: no los leerá siquiera. Otra parte los leerá pero no procesará adecuadamente la información, quizá por no desplazar otra previa (errores, prejuicios, sesgos) que ya estaba en su cerebro. Otra parte decidirá que puede desentenderse de ella y actuar según su propio criterio, que puede ser sensato y lógico pero no es el legalmente aceptado. Y otra parte hará algo incorrecto por despiste, confusión o precipitación.
Personalmente ha sido una experiencia muy educativa. No digo que en adelante vaya a tratar como a tontos a un mayor número de personas, pero desconfiaré más de mi capacidad de comunicación y, sobre todo, rebajaré mentalmente ese nivel medio del público en general que daba por supuesto.
domingo, 15 de febrero de 2015
Créeme
Hay momentos en que una es más consciente de la enorme presión que recibimos para creer lo que nos dicen los demás. Tanta presión que debería alertarnos, o quizá es que yo me he ido volviendo incrédula a base de palos.
Estamos en pre-precampaña electoral. No ahora, siempre. Los partidos tienen en mente en todo momento un proceso electoral u otro. En su cortoplacismo, nos avasallan con afirmaciones dirigidas a ganarse nuestro voto. "Los datos están ahí", "eso es evidente", "no lo digo yo, lo dice la Unión Europea" (o el BCE o la OCDE o el FMI o...), "como todo el mundo sabe...", "créanme si les digo..." Y con promesas, la mayoría igual de poco creíbles que sus aseveraciones.
Cualquiera que se informe por más de un medio de comunicación sabe de sobra que la realidad es interpretable o, por usar la expresión clásica, que todo es según el color del cristal con que se mire. Los datos se pueden presentar desde una perspectiva u otra según lo que nos quieran mostrar, y las verdades a medias son mentiras. En cuanto a las estadísticas, dejando aparte que demasiada gente (periodistas incluidos) no sabe interpretarlas, hay una frase humorística que las define como "el arte de retorcer los números hasta que digan lo que uno quiere". Por no hablar de los gráficos manipulados para mostrar equivalencias, proporciones o diferencias absolutamente falsas. Y hay auténticos expertos en engañar sin pillarse los dedos, por ejemplo dando a entender cosas sin llegar a decirlas expresamente (a un periodista que conozco, ahora editor de un Telediario, le eché en cara una vez que daba paso a noticias grabadas como si fueran directos, y me respondió: si te fijas, nunca digo que sean directos).
Acabo de leer un libro interesantísimo en el que se repite hasta la saciedad que si una "medicina alternativa", una terapia o quien te la quiere vender parecen demasiado buenos, hay que desconfiar. Si algo es efectivo, pronto se sabe. En cambio, por muchas curas milagrosas que se publiciten prometiendo acabar con el cáncer u otras enfermedades, la gente se sigue muriendo de ellas. Pues nada, la clientela de los charlatanes no disminuye, lo cual demuestra que la credulidad de la gente es infinita y el número de desaprensivos casi también.
Pero si algo me ha indignado estos días es el cinismo de algunas personas que te cuentan mentiras descaradas aun sabiendo que sabes la verdad. Lo están haciendo directivos de mi empresa. Sus maniobras para tomar el control de lo que legalmente no tienen derecho a controlar están encontrando oposición entre los trabajadores afectados. Su táctica es justificarse con datos falsos pero, en el colmo de la indignidad, no se limitan a hacerlo de puertas para afuera sino que nos envían un correo interno a los empleados repitiendo las mismas falsedades (rematadas con una sutil amenaza).
Una ya ha leído y escuchado todas las mentiras clásicas: yo jamás he dicho eso, te juro que es verdad, me acuerdo perfectamente, lo he visto con mis propios ojos, mañana lo termino, ahora mismo iba a llamarte, confía en mí, nunca me lo perdonaría, eres la persona más importante de mi vida, no querría perderte por nada del mundo, esto lo hago por tu bien, no tenía otra opción, siempre puedes contar conmigo, nunca te he mentido, te conozco perfectamente...
¿Cuál me cabrea más? No sabría hacer un ranking. Quizá no dependa de la mentira en sí sino del grado de confianza que habías llegado a tener con quien te engaña. Y de las malditas palabras que usa para hacerlo.
Estamos en pre-precampaña electoral. No ahora, siempre. Los partidos tienen en mente en todo momento un proceso electoral u otro. En su cortoplacismo, nos avasallan con afirmaciones dirigidas a ganarse nuestro voto. "Los datos están ahí", "eso es evidente", "no lo digo yo, lo dice la Unión Europea" (o el BCE o la OCDE o el FMI o...), "como todo el mundo sabe...", "créanme si les digo..." Y con promesas, la mayoría igual de poco creíbles que sus aseveraciones.
Cualquiera que se informe por más de un medio de comunicación sabe de sobra que la realidad es interpretable o, por usar la expresión clásica, que todo es según el color del cristal con que se mire. Los datos se pueden presentar desde una perspectiva u otra según lo que nos quieran mostrar, y las verdades a medias son mentiras. En cuanto a las estadísticas, dejando aparte que demasiada gente (periodistas incluidos) no sabe interpretarlas, hay una frase humorística que las define como "el arte de retorcer los números hasta que digan lo que uno quiere". Por no hablar de los gráficos manipulados para mostrar equivalencias, proporciones o diferencias absolutamente falsas. Y hay auténticos expertos en engañar sin pillarse los dedos, por ejemplo dando a entender cosas sin llegar a decirlas expresamente (a un periodista que conozco, ahora editor de un Telediario, le eché en cara una vez que daba paso a noticias grabadas como si fueran directos, y me respondió: si te fijas, nunca digo que sean directos).
Acabo de leer un libro interesantísimo en el que se repite hasta la saciedad que si una "medicina alternativa", una terapia o quien te la quiere vender parecen demasiado buenos, hay que desconfiar. Si algo es efectivo, pronto se sabe. En cambio, por muchas curas milagrosas que se publiciten prometiendo acabar con el cáncer u otras enfermedades, la gente se sigue muriendo de ellas. Pues nada, la clientela de los charlatanes no disminuye, lo cual demuestra que la credulidad de la gente es infinita y el número de desaprensivos casi también.
Pero si algo me ha indignado estos días es el cinismo de algunas personas que te cuentan mentiras descaradas aun sabiendo que sabes la verdad. Lo están haciendo directivos de mi empresa. Sus maniobras para tomar el control de lo que legalmente no tienen derecho a controlar están encontrando oposición entre los trabajadores afectados. Su táctica es justificarse con datos falsos pero, en el colmo de la indignidad, no se limitan a hacerlo de puertas para afuera sino que nos envían un correo interno a los empleados repitiendo las mismas falsedades (rematadas con una sutil amenaza).
Una ya ha leído y escuchado todas las mentiras clásicas: yo jamás he dicho eso, te juro que es verdad, me acuerdo perfectamente, lo he visto con mis propios ojos, mañana lo termino, ahora mismo iba a llamarte, confía en mí, nunca me lo perdonaría, eres la persona más importante de mi vida, no querría perderte por nada del mundo, esto lo hago por tu bien, no tenía otra opción, siempre puedes contar conmigo, nunca te he mentido, te conozco perfectamente...
¿Cuál me cabrea más? No sabría hacer un ranking. Quizá no dependa de la mentira en sí sino del grado de confianza que habías llegado a tener con quien te engaña. Y de las malditas palabras que usa para hacerlo.
domingo, 1 de febrero de 2015
Pertenencia
Hace unos años una compañera de trabajo me criticaba por no compartir su militancia feminista. No por no compartir muchas de sus ideas, sino por no dedicar mi tiempo y esfuerzo a defenderlas. "Cada una tiene sus batallas", le repliqué, "y las mías son otras que quizá a ti te parezcan menos importantes, pero alguien tiene que librarlas".
Mis causas tienen menos fama, sin duda menos apoyos, pero son aquellas en las que creo. Y no me refiero a fe ciega sino a un convencimiento personal fruto de la reflexión y la experiencia. Muchas no he empezado a defenderlas hasta hace relativamente poco tiempo. Para pelear por algo más vale estar informado y sentirse seguro, porque toda causa tiene sus oponentes y a veces poseen más fuerza o más obstinación que tú, aunque -según tu punto de vista- no más razón.
Una de mis batallas, como sabéis si seguís este blog, es el conocimiento y la valoración del lenguaje. Las fuerzas en este campo son tan desiguales que si esperara resultados ya habría desistido. No, no los espero. En realidad, y de eso me he dado cuenta con el tiempo, mi única pretensión ya es hallar personas que compartan mi inquietud y mi preocupación. Cada vez que encuentro a una me siento un poco menos sola.
Pero tengo otras peleas. Profesionales, sociales, ideológicas... A unas les dedico más esfuerzo que a otras. Todas valen la pena. Todas merecerían un ejército de defensores. La mayoría no lo tienen.
Afortunadamente, por muy sola que se sienta una cuando decide comprometerse con una causa, con el tiempo va entrando en contacto con gente igual de comprometida o más. Cada uno opta por un grado de compromiso, en algunos casos mínimo, en otros hasta heroico; y cada uno logra sus resultados. En general basta con un cierto apoyo y algo de satisfacción personal para seguir adelante.
Y en esto el lenguaje es importante. Compartir vocabulario, jerga si queréis, da sensación de pertenencia. Utilizar las mismas palabras revela una visión semejante, unas ideas parecidas, un objetivo común.
Estuve hace dos días con un grupo de amigos con los que comparto una de esas luchas. La conversación era una reafirmación constante, nos realimentábamos unos a otros y, si hubiéramos sido menos sensatos, menos realistas, podríamos haber creído que nuestras ideas eran mayoritarias en el mundo.
Pero no. Porque durante la mayor parte del tiempo vivimos con personas de las cuales nos separan abismos mentales. Por eso valoramos más nuestra mutua compañía. Porque sabemos que lo que escuchemos y digamos estará en el mismo tono. Y nos sonará a música.
Mis causas tienen menos fama, sin duda menos apoyos, pero son aquellas en las que creo. Y no me refiero a fe ciega sino a un convencimiento personal fruto de la reflexión y la experiencia. Muchas no he empezado a defenderlas hasta hace relativamente poco tiempo. Para pelear por algo más vale estar informado y sentirse seguro, porque toda causa tiene sus oponentes y a veces poseen más fuerza o más obstinación que tú, aunque -según tu punto de vista- no más razón.
Una de mis batallas, como sabéis si seguís este blog, es el conocimiento y la valoración del lenguaje. Las fuerzas en este campo son tan desiguales que si esperara resultados ya habría desistido. No, no los espero. En realidad, y de eso me he dado cuenta con el tiempo, mi única pretensión ya es hallar personas que compartan mi inquietud y mi preocupación. Cada vez que encuentro a una me siento un poco menos sola.
Pero tengo otras peleas. Profesionales, sociales, ideológicas... A unas les dedico más esfuerzo que a otras. Todas valen la pena. Todas merecerían un ejército de defensores. La mayoría no lo tienen.
Afortunadamente, por muy sola que se sienta una cuando decide comprometerse con una causa, con el tiempo va entrando en contacto con gente igual de comprometida o más. Cada uno opta por un grado de compromiso, en algunos casos mínimo, en otros hasta heroico; y cada uno logra sus resultados. En general basta con un cierto apoyo y algo de satisfacción personal para seguir adelante.
Y en esto el lenguaje es importante. Compartir vocabulario, jerga si queréis, da sensación de pertenencia. Utilizar las mismas palabras revela una visión semejante, unas ideas parecidas, un objetivo común.
Estuve hace dos días con un grupo de amigos con los que comparto una de esas luchas. La conversación era una reafirmación constante, nos realimentábamos unos a otros y, si hubiéramos sido menos sensatos, menos realistas, podríamos haber creído que nuestras ideas eran mayoritarias en el mundo.
Pero no. Porque durante la mayor parte del tiempo vivimos con personas de las cuales nos separan abismos mentales. Por eso valoramos más nuestra mutua compañía. Porque sabemos que lo que escuchemos y digamos estará en el mismo tono. Y nos sonará a música.
domingo, 18 de enero de 2015
Libertad de expresión
Estas últimas dos semanas no hemos dejado de hablar de
libertad de expresión: de su ejercicio, de su necesidad, de sus límites. He
leído opiniones, consideraciones, argumentos de todo tipo, he visto a algunos
pontificar y a muchos recurrir al exabrupto...
La tolerancia respecto a las ideas políticas ha avanzado mucho más que en las religiosas. Fanáticos hay en abundancia tanto de las primeras como de las segundas, pero los políticos demócratas se oponen públicamente a censurar las ideologías (insinuar lo contrario les granjea el calificativo de antidemocráticos). En cambio las religiones, al menos las monoteístas, son intrínsecamente intolerantes. Y lo son porque se establecen sobre dogmas. No razonan sus fundamentos, no los someten a crítica ni a refutación, no admiten la posibilidad de error. Eso queda claro viendo su uso de palabras como "único", "supremo" "absoluto" y "verdad".
Se ha dicho incontables veces que los derechos los tienen las personas, no las ideas. Da igual: hay que repetirlo. Una idea se puede cuestionar, debatir, despreciar... Habitualmente se entiende que si dos personas discuten y una reacciona con violencia es porque se ha quedado sin argumentos. La violencia de justificación religiosa no tiene argumentos. Históricamente se ha impuesto la religión inculcándola desde el nacimiento, reprobando socialmente la discrepancia o impidiéndola con la amenaza o por la fuerza.
Somos millones, miles de millones quienes no aceptamos ya ninguna imposición de ese tipo. Optamos por potenciar nuestra racionalidad y contener nuestra visceralidad. Toleramos las creencias irracionales siempre que se releguen al ámbito privado. Y confiamos en que, con tiempo y educación, esas creencias terminen olvidadas.
Y ¿sabéis qué? Toda esa gente se ha expresado libremente por
todos los medios a su alcance: las redes sociales, los blogs, los medios de
comunicación, las conversaciones formales y las charlas de café. Incluso
quienes han dicho que los caricaturistas de Charlie Hebdo se lo habían buscado,
que merecían morir, han podido expresar esa opinión sin más
consecuencias negativas que el desprecio o el insulto. Deberían reflexionar sobre eso; plantearse si aceptarían que se les enmudeciera porque alguien se sintiera ofendido por sus palabras, si admitirían para sí mismos lo que pretenden para otros.
Creo que nadie duda de que nuestro pensamiento no puede estar sujeto a normas. Aunque las religiones y ciertos regímenes políticos lo pretendan, es imposible. Sin embargo, cuando se trata de hacerlos públicos, muchos se plantean hasta qué punto la libertad de expresión es igual de absoluta e irrenunciable que la de pensamiento.
Mi profesión se asienta sobre la libertad de expresión. Quizá por eso me importa mucho más referirme a la expresión pública que a la privada. En el ámbito privado se pueden consensuar los límites, decidir si en aras de la convivencia o en consideración a una o varias personas se suaviza el tono o se evitan ciertos temas; no porque no se pueda expresar uno con plena libertad sino porque elige no hacerlo, lo elige, no se lo imponen.
En el ámbito público no se puede tener esa consideración. Prácticamente todo es susceptible de generar incomodidad, ofensas, enfado, indignación... Si la condición fuera no molestar, no habría comunicación pública. (Ojo, hablo de ofensas, no de delitos. Arengar a una multitud para que actúe con violencia, incitar a un grupo a que ataque a otro, acusar falsamente de un crimen... son actos delictivos de consecuencias mucho más graves que herir los sentimientos de alguien.)
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