Ayer una mujer se subió al autobús donde iba yo. Venía hablando por el móvil y no dejó de hacerlo en diez minutos de trayecto. Repito: no dejó de hacerlo. No sé con quién iría hablando pero en ese tiempo la única que dijo algo fue ella, salvo mínimas pausas en las que su interlocutor, imagino, asentiría. No fue un diálogo sino un monólogo.
Conozco gente así, capaz de alargar el hilo de su conversación sin dejar resquicio para interrupciones, reflexiones o comentarios ajenos. Alguna vez he sido yo la verborreica insensible; y muchas más, la oyente enmudecida. También he sido, soy, la interlocutora despreciada, aquella con quien alguien decidió que no merece la pena hablar. Y la que abandonó, cansada, las conversaciones no recíprocas.
Cuando no hablas con alguien es que ya lo has olvidado. Y, a la vez, cuando alguien no te habla, termina siendo como si no existiera para ti. Hablarse es la forma de reconocerse y valorarse. Y la manera de vivir un poco en el otro. Hay personas que me han dejado morir, otras a las que dejé yo.
Estoy reflexionando mucho estos días sobre las circunstancias que me llevaron a perder el contacto verbal o escrito con personas que alguna vez significaron algo para mí. Planteándome por qué me quedé callada, unas veces repentina y otras paulatinamente. Preguntándome por qué el otro decidió volverse mudo para mí.
Porque si importa qué se dice, cómo y cuándo, importa más aún el hecho de decirlo.
domingo, 22 de junio de 2014
domingo, 15 de junio de 2014
Registros
Hace poco, hablando con un sobrino mío de ocho años, incluí en una frase la palabra "mierda". Se me quedó mirando como si acabara de pillar a su profesor en un fallo y exclamó "¡Hala, has dicho una palabrota!".
No era cuestión de darle la excusa para repetir esa palabra o cualquier otra que sus padres no quieran oír de su boca infantil, pero tampoco de disculparme por utilizarla yo. Así que le expliqué lo que son los registros. Concretamente, la acepción número 23 de "registro" en el DRAE.
23. m. Ling. Modo de expresarse que se adopta en función de las circunstancias.
Me ha parecido un buen tema para una entrada en este blog sobre lenguaje. Hablar bien exige no solo dominar un vocabulario amplio sino conocer cuándo, dónde y con quién utilizar cada término, un conocimiento que cuesta años adquirir. Cuando lo tienes, puedes pasar de un registro a otro sin dudas, pero hasta entonces pisas terreno resbaladizo.
Yo no fui una niña malhablada. En mi casa no oí decir nada malsonante hasta mi adolescencia, cuando mis padres no sé si se relajaron o se animaron; quiero decir que ignoro si reprimían ciertas expresiones ante sus hijos o simplemente no las empleaban habitualmente. En mis dos colegios, ambos privados y con mayoría de niños de familia bien, se oían moderadamente y solían provocar broncas de los profesores. Recuerdo que a los doce o trece años una compañera de clase me pidió en tono burlón que dijera una palabrota para saber si yo era capaz de tal cosa. Lo hice sin sentir nada extraordinario. En aquel entonces no formaban parte de mi lenguaje habitual, no las encontraba útiles ni necesarias, pero por supuesto las conocía. Mi trato con ellas se multiplicó en la universidad y pronto llegaron a ser un recurso más en mi léxico.
Hasta cierta edad no habla una con muchas personas distintas. No suele tener trato con jefes, con clientes, con cargos públicos... Cuando llega el momento, ese trato lo abordas con precauciones y pecando más por exceso que por defecto de corrección política. En poco tiempo aciertas con el nivel de procacidad o de exquisitez más adecuados. En mi empresa, por ejemplo, no recuerdo haber oído a nadie llamar de usted ni siquiera a los jefes más jefes, aunque (norma periodística) siempre se empieza dando ese tratamiento de cortesía a los entrevistados... y se continúa, salvo indicación en contra.
No me he esforzado jamás tanto como el día en que entrevisté al secretario de la Real Academia Española. Me habría dolido muchísimo ser consciente de alguna incorrección o descuido por mi parte. No los hubo, creo. Al menos él no pestañeó ni me miró mal en ningún momento.
No sabría decir si me resulta más fácil o más difícil preguntar y entrevistar en otros idiomas. Una conoce peor las connotaciones de las palabras y las normas de cortesía lingüística, pero es cierto que las palabras malsonantes no se aprenden por las vías académicas y quien te las enseña suele dejar claro su significado.
Ah, hablando de idiomas extranjeros, he comprobado que somos muchos los que tenemos palabrotas favoritas en alguna lengua que no es la nuestra. Yo mascullo de vez en cuando un insulto en italiano que me encanta dirigir a ciertos tipos. Y, aunque el principio de esta entrada os pueda hacer pensar lo contrario, cuando utilizo "mierda" como exabrupto y no como sustantivo, la alterno en español, inglés y francés, incluso a veces en alemán. El idioma depende del que se esté manejando a mi alrededor o de lo que haya causado la exclamación.
Reíos si queréis. El que no haya dicho what the fuck alguna vez, que tire la primera piedra.
No era cuestión de darle la excusa para repetir esa palabra o cualquier otra que sus padres no quieran oír de su boca infantil, pero tampoco de disculparme por utilizarla yo. Así que le expliqué lo que son los registros. Concretamente, la acepción número 23 de "registro" en el DRAE.
23. m. Ling. Modo de expresarse que se adopta en función de las circunstancias.
Me ha parecido un buen tema para una entrada en este blog sobre lenguaje. Hablar bien exige no solo dominar un vocabulario amplio sino conocer cuándo, dónde y con quién utilizar cada término, un conocimiento que cuesta años adquirir. Cuando lo tienes, puedes pasar de un registro a otro sin dudas, pero hasta entonces pisas terreno resbaladizo.
Yo no fui una niña malhablada. En mi casa no oí decir nada malsonante hasta mi adolescencia, cuando mis padres no sé si se relajaron o se animaron; quiero decir que ignoro si reprimían ciertas expresiones ante sus hijos o simplemente no las empleaban habitualmente. En mis dos colegios, ambos privados y con mayoría de niños de familia bien, se oían moderadamente y solían provocar broncas de los profesores. Recuerdo que a los doce o trece años una compañera de clase me pidió en tono burlón que dijera una palabrota para saber si yo era capaz de tal cosa. Lo hice sin sentir nada extraordinario. En aquel entonces no formaban parte de mi lenguaje habitual, no las encontraba útiles ni necesarias, pero por supuesto las conocía. Mi trato con ellas se multiplicó en la universidad y pronto llegaron a ser un recurso más en mi léxico.
Hasta cierta edad no habla una con muchas personas distintas. No suele tener trato con jefes, con clientes, con cargos públicos... Cuando llega el momento, ese trato lo abordas con precauciones y pecando más por exceso que por defecto de corrección política. En poco tiempo aciertas con el nivel de procacidad o de exquisitez más adecuados. En mi empresa, por ejemplo, no recuerdo haber oído a nadie llamar de usted ni siquiera a los jefes más jefes, aunque (norma periodística) siempre se empieza dando ese tratamiento de cortesía a los entrevistados... y se continúa, salvo indicación en contra.
No me he esforzado jamás tanto como el día en que entrevisté al secretario de la Real Academia Española. Me habría dolido muchísimo ser consciente de alguna incorrección o descuido por mi parte. No los hubo, creo. Al menos él no pestañeó ni me miró mal en ningún momento.
No sabría decir si me resulta más fácil o más difícil preguntar y entrevistar en otros idiomas. Una conoce peor las connotaciones de las palabras y las normas de cortesía lingüística, pero es cierto que las palabras malsonantes no se aprenden por las vías académicas y quien te las enseña suele dejar claro su significado.
Ah, hablando de idiomas extranjeros, he comprobado que somos muchos los que tenemos palabrotas favoritas en alguna lengua que no es la nuestra. Yo mascullo de vez en cuando un insulto en italiano que me encanta dirigir a ciertos tipos. Y, aunque el principio de esta entrada os pueda hacer pensar lo contrario, cuando utilizo "mierda" como exabrupto y no como sustantivo, la alterno en español, inglés y francés, incluso a veces en alemán. El idioma depende del que se esté manejando a mi alrededor o de lo que haya causado la exclamación.
Reíos si queréis. El que no haya dicho what the fuck alguna vez, que tire la primera piedra.
domingo, 6 de abril de 2014
Diccionarios
Hace unos días supe de la existencia de un Diccionario de Ingeniería. Un trabajo colectivo que ha durado diez años y que, como contaba su director en esta entrevista, requirió el esfuerzo de investigar, cotejar, traducir, sintetizar...
Los diccionarios son imprescindibles para aprender un idioma, para utilizarlo con propiedad y, en este caso, también para permitir que evolucione adaptándose a los tiempos. Crearlos se me antoja una de las tareas más complejas y a la vez más gratificantes.
Cuando se trabaja con información en otros idiomas, y más si está referida a ámbitos en desarrollo, a campos que innovan o al mundo de la poesía o de la fantasía, un problema frecuente es encontrar -o crear- la palabra en el propio idioma que corresponde a un objeto o concepto.
Hace veinte años asistí a un curso sobre Terminología que impartía el Centro de Información y Documentación Científica del CSIC. Me explicaron cómo se elige un nombre nuevo para una nueva realidad atendiendo a las reglas de la etimología, la semántica, etc. En ciencia eso supone a menudo decidir si se puede españolizar un término preexistente en inglés, que en ocasiones es ya de uso habitual en la disciplina de que se trata. En aquella época las palabras recién acuñadas tardaban mucho en conocerse fuera de los ámbitos especializados, no como ahora, cuando internet las pone rápidamente al alcance de todo el mundo. El trabajo de los expertos en terminología ya no puede realizarse con calma.
El de los traductores, por lo general, tampoco. Siempre lo he valorado como se merece, quizá porque es una de mis aficiones. Las obras literarias que crean un universo requieren un esfuerzo de comprensión y empatía por parte del traductor, le exigen que se sumerja en ese universo y lo vea en su propio idioma. He leído obras de Tolkien y de J.K.Rowling en su versión original y me habría costado mucho decidir qué palabras inventadas se debían mantener tal cual y qué otras españolizar (y cómo). Un ejemplo: la traducción de "Death Eaters" por "mortífagos" me parece francamente perfecta.
Quizá la próxima vez que veáis en un periódico un nuevo vocablo en castellano relacionado, por ejemplo, con la ingeniería biomédica, el periodista lo haya tomado de ese Diccionario de Ingeniería que hace dos semanas se presentó en sociedad y desde este lunes estará disponible en la web de la Real Academia de Ingeniería.
Los diccionarios son imprescindibles para aprender un idioma, para utilizarlo con propiedad y, en este caso, también para permitir que evolucione adaptándose a los tiempos. Crearlos se me antoja una de las tareas más complejas y a la vez más gratificantes.
Cuando se trabaja con información en otros idiomas, y más si está referida a ámbitos en desarrollo, a campos que innovan o al mundo de la poesía o de la fantasía, un problema frecuente es encontrar -o crear- la palabra en el propio idioma que corresponde a un objeto o concepto.
Hace veinte años asistí a un curso sobre Terminología que impartía el Centro de Información y Documentación Científica del CSIC. Me explicaron cómo se elige un nombre nuevo para una nueva realidad atendiendo a las reglas de la etimología, la semántica, etc. En ciencia eso supone a menudo decidir si se puede españolizar un término preexistente en inglés, que en ocasiones es ya de uso habitual en la disciplina de que se trata. En aquella época las palabras recién acuñadas tardaban mucho en conocerse fuera de los ámbitos especializados, no como ahora, cuando internet las pone rápidamente al alcance de todo el mundo. El trabajo de los expertos en terminología ya no puede realizarse con calma.
El de los traductores, por lo general, tampoco. Siempre lo he valorado como se merece, quizá porque es una de mis aficiones. Las obras literarias que crean un universo requieren un esfuerzo de comprensión y empatía por parte del traductor, le exigen que se sumerja en ese universo y lo vea en su propio idioma. He leído obras de Tolkien y de J.K.Rowling en su versión original y me habría costado mucho decidir qué palabras inventadas se debían mantener tal cual y qué otras españolizar (y cómo). Un ejemplo: la traducción de "Death Eaters" por "mortífagos" me parece francamente perfecta.
Quizá la próxima vez que veáis en un periódico un nuevo vocablo en castellano relacionado, por ejemplo, con la ingeniería biomédica, el periodista lo haya tomado de ese Diccionario de Ingeniería que hace dos semanas se presentó en sociedad y desde este lunes estará disponible en la web de la Real Academia de Ingeniería.
miércoles, 26 de marzo de 2014
Palabras de ida y vuelta (2)
Hablaba anteayer, sin nombrarlos directamente, de los psiquiatras y psicólogos a quienes mucha gente recurre para verbalizar y afrontar sus traumas o sus miedos. Hoy me referiré a otro tipo de personas que están ahí cuando una pérdida o una situación grave bloquea lo que debería ser el avance normal de nuestra vida. Personas que sí son interlocutores y no meramente escuchantes y consejeros. Y también a otras que no lo son aunque lo pretendan.
Merecen todo mi respeto los voluntarios. Los de la Asociación Española Contra el Cáncer, por ejemplo. Ellos ya han sufrido la enfermedad y saben lo que pasa por la cabeza del paciente que empieza a enfrentarse a ella. Éste se encuentra con un desconocido que tiene palabras para concretar sus miedos y otras para plasmar lo que le espera. Escucha y habla con conocimiento de causa.
Hay voluntarios de Cruz Roja o de otras organizaciones que dedican parte de su tiempo a personas mayores. Las ayudan con tareas que la edad vuelve complicadas y les hacen compañía. Para alguien que se ha quedado solo por el distanciamiento o la muerte de sus seres más cercanos, algo tan sencillo como tener una persona con quien hablar beneficia a su estado de ánimo y su salud mental. En estos casos el voluntario sobre todo escucha, pero también abre una puerta a su vida personal en la medida en que su solitario amigo lo necesita.
Por el contrario, unos personajes que me suscitan poco aprecio son lo que desde hace años se han ido llamando gurús, asesores personales y ahora coaches. Son individuos con una formación más que discutible. A ellos acuden, por lo poco que he visto en mi entorno, hombres y mujeres sugestionables, de esos que creen que con voluntad y esfuerzo se logra cualquier cosa. Porque eso es lo que les va a decir el asesor. Les propondrá cambios de actitud, cambios en su modo de vida, cambios en sus objetivos. Y eso es lo que necesitan: palabras mágicas que les definan el fracaso como oportunidad, el miedo como acicate, el cambio como éxito.
Menos aprecio aún siento por los sacerdotes católicos, esos que bajo la fórmula de la confesión obligan a sus fieles a buscar culpabilidades en su interior y relatarlas a quien hará como que comprende la debilidad pero la criticará y castigará antes de perdonarla. Para los más convencidos debe de tener su morbo eso de recibir el perdón para cualquier cosa. Pero a mí no se me ocurre una figura más siniestra que la del humano que se erige en intermediario forzoso entre sus semejantes y la perfección.
Merecen todo mi respeto los voluntarios. Los de la Asociación Española Contra el Cáncer, por ejemplo. Ellos ya han sufrido la enfermedad y saben lo que pasa por la cabeza del paciente que empieza a enfrentarse a ella. Éste se encuentra con un desconocido que tiene palabras para concretar sus miedos y otras para plasmar lo que le espera. Escucha y habla con conocimiento de causa.
Hay voluntarios de Cruz Roja o de otras organizaciones que dedican parte de su tiempo a personas mayores. Las ayudan con tareas que la edad vuelve complicadas y les hacen compañía. Para alguien que se ha quedado solo por el distanciamiento o la muerte de sus seres más cercanos, algo tan sencillo como tener una persona con quien hablar beneficia a su estado de ánimo y su salud mental. En estos casos el voluntario sobre todo escucha, pero también abre una puerta a su vida personal en la medida en que su solitario amigo lo necesita.
Por el contrario, unos personajes que me suscitan poco aprecio son lo que desde hace años se han ido llamando gurús, asesores personales y ahora coaches. Son individuos con una formación más que discutible. A ellos acuden, por lo poco que he visto en mi entorno, hombres y mujeres sugestionables, de esos que creen que con voluntad y esfuerzo se logra cualquier cosa. Porque eso es lo que les va a decir el asesor. Les propondrá cambios de actitud, cambios en su modo de vida, cambios en sus objetivos. Y eso es lo que necesitan: palabras mágicas que les definan el fracaso como oportunidad, el miedo como acicate, el cambio como éxito.
Menos aprecio aún siento por los sacerdotes católicos, esos que bajo la fórmula de la confesión obligan a sus fieles a buscar culpabilidades en su interior y relatarlas a quien hará como que comprende la debilidad pero la criticará y castigará antes de perdonarla. Para los más convencidos debe de tener su morbo eso de recibir el perdón para cualquier cosa. Pero a mí no se me ocurre una figura más siniestra que la del humano que se erige en intermediario forzoso entre sus semejantes y la perfección.
lunes, 24 de marzo de 2014
Palabras de ida y vuelta
Las carencias han generado tantas páginas como las tenencias. Son dos circunstancias que nos impelen a comunicarlas, a compartirlas.
Perder a un ser querido, quedarse sin trabajo, ser abandonado por la persona a quien se ama, dejar el hogar, perder la salud... Son cosas de las que no se habla con cualquiera pero se habla. No conozco a nadie que se enfrente a un vacío vital sin expresarlo a alguien a quien considere capaz de una mínima empatía. Necesitamos saber que otro entiende que sufrimos y contiene el dolor que nos desborda.
Si nos faltan las palabras, todo ese sistema de desahogo se desmorona. Y lo mismo ocurre si algo nos impide pronunciarlas. El lenguaje no verbal no es suficiente. Llorar calma, gritar reduce tensiones, romper algo puede resultar un alivio para algunos. Sin embargo, verbalizar los sentimientos es imprescindible para esa especie de exorcismo que nos permite enfrentarnos a la pena y superarla.
Hay profesionales de la escucha, destinatarios a sueldo de nuestras expresiones de confusión, carencia y dolor. Supongo que son necesarios. Supongo que incluso pueden llegar a ser, en su objetividad y su cuidada distancia, más útiles que un oído amigo. Consiguen extraer las palabras que quizá no son más que una nebulosa en unas mentes afligidas.
Pero no dan nada suyo a cambio. No cuentan sus penas, no comparten sus miedos. Preguntan y no responden. Ante seres así, se está siempre en desventaja. Tú eres todo debilidad; ellos, todo fortaleza. Están dispuestos a escucharte hablar de ti sin decir nada de sí mismos.
Las confidencias tienen que ser de ida y vuelta. Si no, no merecen la pena.
Perder a un ser querido, quedarse sin trabajo, ser abandonado por la persona a quien se ama, dejar el hogar, perder la salud... Son cosas de las que no se habla con cualquiera pero se habla. No conozco a nadie que se enfrente a un vacío vital sin expresarlo a alguien a quien considere capaz de una mínima empatía. Necesitamos saber que otro entiende que sufrimos y contiene el dolor que nos desborda.
Si nos faltan las palabras, todo ese sistema de desahogo se desmorona. Y lo mismo ocurre si algo nos impide pronunciarlas. El lenguaje no verbal no es suficiente. Llorar calma, gritar reduce tensiones, romper algo puede resultar un alivio para algunos. Sin embargo, verbalizar los sentimientos es imprescindible para esa especie de exorcismo que nos permite enfrentarnos a la pena y superarla.
Hay profesionales de la escucha, destinatarios a sueldo de nuestras expresiones de confusión, carencia y dolor. Supongo que son necesarios. Supongo que incluso pueden llegar a ser, en su objetividad y su cuidada distancia, más útiles que un oído amigo. Consiguen extraer las palabras que quizá no son más que una nebulosa en unas mentes afligidas.
Pero no dan nada suyo a cambio. No cuentan sus penas, no comparten sus miedos. Preguntan y no responden. Ante seres así, se está siempre en desventaja. Tú eres todo debilidad; ellos, todo fortaleza. Están dispuestos a escucharte hablar de ti sin decir nada de sí mismos.
Las confidencias tienen que ser de ida y vuelta. Si no, no merecen la pena.
viernes, 7 de marzo de 2014
Puntuación
No sé si es desidia, pereza o algo peor: incultura. Prescindir de los signos de puntuación y acentuación tiene ya carácter de epidemia. Y no lo entiendo. ¿Puede alguien pensar que da lo mismo ponerlos que pasar de ellos? Me permito copiaros unas frases de una amistad de FB:
Que verguenza asi jamas se levantara esta empresa.
Habeis probado el cocido que preparan en el restaurante xxx.Es magnifico lo recomiendo.
Magnifico video chicas.Verlo es muy bueno.
Ni tildes ni diéresis ni, por supuesto, comas. Ni un triste signo de exclamación o de interrogación. ¿Se entiende? Supongo que sí. ¿Basta con que se entienda? Para mí, rotundamente no.
Son ejemplos de alguien que escribe para sus amigos: un grupo reducido de destinatarios, un tono coloquial... Pero no me vale la excusa. Porque esas mismas incorrecciones están en los medios de comunicación y en la publicidad.
Anuncios del tipo "No dejes pasar esta oportunidad!" o "No te gustaría?" consagran esa idea de que basta con el signo de cierre de interrogación y exclamación. Demasiados conocidos míos se han apuntado a esa corriente.
Titulares en prensa y televisión como este: "La Bolsa atenta a varios frentes económicos". Sin la imprescindible coma entre "Bolsa" y "atenta", esta última palabra deja de ser adjetivo y se convierte en verbo. Y no creo que quien escribió la frase quisiera decir que la Bolsa estaba atentando contra nada.
O como este: "Mañana en Fukushima". Pero no se pretendía informar de que alguien (Rajoy en este caso) estuviera pasando la mañana en ese lugar, sino de que estaría allí al día siguiente. Otra coma cuya ausencia cambia el significado de la frase.
No hay coma entre sujeto y predicado (con algunas excepciones como que se suprima el verbo, como en el caso que he apuntado más arriba). Los vocativos van entre comas, al igual que los incisos. Las enumeraciones cuyos componentes sean sintagmas que incluyen comas se separan con punto y coma. En las sílabas gue y gui la u es muda y para que no lo sea debe llevar diéresis. Son reglas que aprendí en el colegio, estas y muchas más. Quizá fui la única.
En teoría todos terminamos la educación obligatoria sabiendo leer y escribir, conociendo las normas ortográficas y gramaticales. En la práctica, cada vez se cumplen menos esas normas. Cada vez se escribe peor. Y muchas de las incorrecciones que veo dificultan la comunicación.
Y aunque no lo hicieran, ofenden a la vista. Ver frases como las que escribió en una red social cierto militante de las juventudes de cierto partido me indignan por su contenido y ¡me horrorizan por su forma! ¿Se pueden cometer más faltas en 140 caracteres? Le han llovido críticas por la mentalidad machista y retrógrada de lo que decía, pero se merecería copiar mil veces cada palabra mal escrita y cada regla infringida.
Me estoy poniendo de mala uva, mal plan para un viernes. Aquí lo dejo.
Que verguenza asi jamas se levantara esta empresa.
Habeis probado el cocido que preparan en el restaurante xxx.Es magnifico lo recomiendo.
Magnifico video chicas.Verlo es muy bueno.
Ni tildes ni diéresis ni, por supuesto, comas. Ni un triste signo de exclamación o de interrogación. ¿Se entiende? Supongo que sí. ¿Basta con que se entienda? Para mí, rotundamente no.
Son ejemplos de alguien que escribe para sus amigos: un grupo reducido de destinatarios, un tono coloquial... Pero no me vale la excusa. Porque esas mismas incorrecciones están en los medios de comunicación y en la publicidad.
Anuncios del tipo "No dejes pasar esta oportunidad!" o "No te gustaría?" consagran esa idea de que basta con el signo de cierre de interrogación y exclamación. Demasiados conocidos míos se han apuntado a esa corriente.
Titulares en prensa y televisión como este: "La Bolsa atenta a varios frentes económicos". Sin la imprescindible coma entre "Bolsa" y "atenta", esta última palabra deja de ser adjetivo y se convierte en verbo. Y no creo que quien escribió la frase quisiera decir que la Bolsa estaba atentando contra nada.
O como este: "Mañana en Fukushima". Pero no se pretendía informar de que alguien (Rajoy en este caso) estuviera pasando la mañana en ese lugar, sino de que estaría allí al día siguiente. Otra coma cuya ausencia cambia el significado de la frase.
No hay coma entre sujeto y predicado (con algunas excepciones como que se suprima el verbo, como en el caso que he apuntado más arriba). Los vocativos van entre comas, al igual que los incisos. Las enumeraciones cuyos componentes sean sintagmas que incluyen comas se separan con punto y coma. En las sílabas gue y gui la u es muda y para que no lo sea debe llevar diéresis. Son reglas que aprendí en el colegio, estas y muchas más. Quizá fui la única.
En teoría todos terminamos la educación obligatoria sabiendo leer y escribir, conociendo las normas ortográficas y gramaticales. En la práctica, cada vez se cumplen menos esas normas. Cada vez se escribe peor. Y muchas de las incorrecciones que veo dificultan la comunicación.
Y aunque no lo hicieran, ofenden a la vista. Ver frases como las que escribió en una red social cierto militante de las juventudes de cierto partido me indignan por su contenido y ¡me horrorizan por su forma! ¿Se pueden cometer más faltas en 140 caracteres? Le han llovido críticas por la mentalidad machista y retrógrada de lo que decía, pero se merecería copiar mil veces cada palabra mal escrita y cada regla infringida.
Me estoy poniendo de mala uva, mal plan para un viernes. Aquí lo dejo.
sábado, 1 de marzo de 2014
Mentiras
Hace una semana un programa de televisión contó una versión nueva de unos hechos relativamente conocidos. Era una versión inventada, pero eso no se dijo hasta el final. Mientras tanto, los espectadores más observadores encontraron incoherencias y los más escépticos pusieron en cuarentena el relato. Entre los que lo creyeron, por lo que he leído en las redes, la mayoría se sintieron engañados por alguien en quien confiaban, ofendidos porque les tomaran el pelo o ridiculizados por haber aceptado el relato de buena fe, o todo a la vez.
Para alguien que se dedica a la información o, más específicamente, a la denuncia, es un riesgo pasarse a la ficción sin previo aviso. Sin duda habrá perdido credibilidad entre una parte considerable de su audiencia habitual. Y no sé si le compensa el haberse revelado como un guionista imaginativo.
El lenguaje sirve tanto para narrar los hechos como para inventarlos, para contar verdades como para urdir engaños, para ser sincero como para mentir. Pero como las cosas no son blancas o negras, lo cierto y lo falso no son algo absoluto, tienen matices, interpretaciones, zonas grises. Igual que uno se puede sentir insultado al considerar que le han mentido, el teórico mentiroso puede no tenerse por tal. Puede ofrecer explicaciones, justificar su discurso, aclarar su punto de vista... no siempre con éxito.
Siempre que alguien me ha mentido me he sentido ofendida, lo cual es irrelevante porque tengo una facilidad excesiva para olvidar las ofensas. Pero también me he sentido traicionada, y eso tiene más trascendencia. Es un sentimiento que socava la confianza. Cada mentira que me han dicho en mi vida ha ido arrinconando mi capacidad de confiar, actualmente casi desaparecida.
Y, como creo haber dicho ya alguna vez, me ha hecho odiar ciertas palabras. No es culpa de las palabras sino de quienes las prostituyen.
Para alguien que se dedica a la información o, más específicamente, a la denuncia, es un riesgo pasarse a la ficción sin previo aviso. Sin duda habrá perdido credibilidad entre una parte considerable de su audiencia habitual. Y no sé si le compensa el haberse revelado como un guionista imaginativo.
El lenguaje sirve tanto para narrar los hechos como para inventarlos, para contar verdades como para urdir engaños, para ser sincero como para mentir. Pero como las cosas no son blancas o negras, lo cierto y lo falso no son algo absoluto, tienen matices, interpretaciones, zonas grises. Igual que uno se puede sentir insultado al considerar que le han mentido, el teórico mentiroso puede no tenerse por tal. Puede ofrecer explicaciones, justificar su discurso, aclarar su punto de vista... no siempre con éxito.
Siempre que alguien me ha mentido me he sentido ofendida, lo cual es irrelevante porque tengo una facilidad excesiva para olvidar las ofensas. Pero también me he sentido traicionada, y eso tiene más trascendencia. Es un sentimiento que socava la confianza. Cada mentira que me han dicho en mi vida ha ido arrinconando mi capacidad de confiar, actualmente casi desaparecida.
Y, como creo haber dicho ya alguna vez, me ha hecho odiar ciertas palabras. No es culpa de las palabras sino de quienes las prostituyen.
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