Acabo de rellenar la encuesta de satisfacción de la compañía aérea con la que viajé el pasado fin de semana. Aparte de las valoraciones numéricas (0 muy mal, 10 muy bien), había un espacio por si querías comentarle algo al personal de tierra o a la tripulación.
Yo esta vez sí quería y os diré por qué: como este blog va de palabras, os contaré lo que se habló en los dos trayectos que hice.
En el de ida el comandante, además de informar de a qué altitud y velocidad volaríamos, como hacen muchos, añadió las horas de vuelo que sumaban entre él y el copiloto, la cantidad de combustible que íbamos a consumir y algún dato más. Por el camino nos avisó en un momento dado de que debajo podíamos ver el Lago de Sanabria. Cuando aterrizamos con diez minutos de antelación respecto al horario previsto y nos quedamos parados, el piloto volvió a abrir el micro para explicar que no podía aparcar porque, claro, el avión anterior no había salido aún.
El comandante del vuelo de vuelta no llegó a ese despliegue comunicativo pero fue más desenfadado. Nos informó de que en la ciudad de destino (Madrid) hacía los mismos agradables 18 grados que en la de salida (Coruña) "solo que sin la playa de Riazor". Comentó que la duración prevista del vuelo era una hora y cinco minutos "pero vamos a ver si podemos limar esos cinco minutillos, por aquello del redondeo".
A veces, si el viaje es de día, los pilotos anuncian qué lugares van a sobrevolar (los Alpes, el estrecho de Gibraltar...) o bien indican algo digno de verse cuando están pasando por encima. En ocasiones recuerdan la bajísima temperatura exterior. En cualquier caso, cuando estás a bordo agradeces que conecten la megafonía para algo más que para anunciar el servicio de catering.
La información que he mencionado no es estrictamente necesaria para el pasajero. Pero le hace más cercana la figura del comandante y le recuerda que al mando de la máquina va un ser humano. Por eso he hecho un comentario favorable en la encuesta.
Sin embargo es mucho más frecuente la postura contraria, la de informar lo justito, a veces incluso menos. No pocas veces me he encontrado en el interior del avión todavía en tierra mucho después de la hora prevista de despegue sin que nadie dé una explicación del retraso. Por eso me sorprendió cuando un día en Bruselas el piloto la dio, y detallada. Nos informó de un problema eléctrico -no en el avión, aclaró, sino en la terminal- que impedía separar la nave. Recalcó que no estaba en sus manos acelerar la reparación e insistió en que no había ningún peligro. La comunicación, digo, me sorprendió por lo inhabitual cuando debería ser lo normal. No son pocas las personas que tienen miedo a volar. El desconocimiento, la desinformación, agravan ese temor. Si ocurre algo, explíquenmelo. Y si no, también. Hay muchos datos interesantes que el pasajero medio desconoce. Volar será más agradable si nos los cuentan.
martes, 17 de noviembre de 2015
sábado, 7 de noviembre de 2015
Por así decirlo
La forma de decir las cosas llega a ser tan personal como para identificar por sus expresiones características a aquellos con quienes convives, trabajas o intercambias correos. Metáforas, jerga profesional, frases de películas, palabras mal dichas o mal utilizadas, asociaciones, expresiones escuchadas a un padre o una abuela...
Esta semana me he fijado mucho en algunas frases que relaciono con personas concretas, como esa con la que saluda a menudo por las mañanas un amigo con quien comparto gustos que muchos llamaréis frikis: "Forth Eorlingas!" Si no habéis leído El señor de los anillos no os dirá nada. A mí me levanta el ánimo.
Una compañera de trabajo tiene una forma delicada de decir una grosería muy habitual. La sustituye por sus siglas: ATPC. La suele utilizar para mostrar su hartazgo de algo. Ayer se la oí en otro contexto que me hizo reír. Grabábamos el programa (de televisión) de esta semana y no se hace en el orden en que se emitirá porque luego se edita. Así que, cuando el realizador le indicó el plano para saludo y despedida, ella comentó: "Vale, o sea que ahora hacemos el hola y el ATPC".
Hay películas que han dejado huella en el lenguaje de miles de españoles. A una amiga mía le he oído y leído unas cuantas veces esa frase de la grandiosa Amanece que no es poco: "todos somos contingentes pero tú eres necesario". Y los no menos grandiosos Les Luthiers han dejado centenares de expresiones. En más de una ocasión he visto poner fin a una conversación que había tomado derroteros absurdos con la exclamación: "¡La vaca!". Y en mi familia hemos adoptado el "A mí me es inverosímil" de esa otra, La gran familia de Fernando Palacios.
De una canción que cantaba mi madre, el famoso tanguillo gaditano de los Duros antiguos, aprendí a llamar "patio de las malvas" a los cementerios. Lo de "criar malvas" lo conoce mucha gente pero lo del patio es bastante más local.
Metáforas menos fúnebres y más gastadas se oyen cuando la gente no quiere decir la palabra "cáncer", tan a menudo sustituida por "una larga enfermedad" en los medios de comunicación. Un amigo gallego me sorprendió llamándolo "nécora" y la sorpresa le quitó tristeza a la conversación.
Terminaré con otra metáfora que me arrancó una gran sonrisa hace poco. Hay que ser uno de los dos protagonistas para apreciar que alguien diga que le gustaría compartir los cajones del armario y el gel de baño contigo. Es una de esas frases que asociaré para siempre con quien me la dedicó.
Esta semana me he fijado mucho en algunas frases que relaciono con personas concretas, como esa con la que saluda a menudo por las mañanas un amigo con quien comparto gustos que muchos llamaréis frikis: "Forth Eorlingas!" Si no habéis leído El señor de los anillos no os dirá nada. A mí me levanta el ánimo.
Una compañera de trabajo tiene una forma delicada de decir una grosería muy habitual. La sustituye por sus siglas: ATPC. La suele utilizar para mostrar su hartazgo de algo. Ayer se la oí en otro contexto que me hizo reír. Grabábamos el programa (de televisión) de esta semana y no se hace en el orden en que se emitirá porque luego se edita. Así que, cuando el realizador le indicó el plano para saludo y despedida, ella comentó: "Vale, o sea que ahora hacemos el hola y el ATPC".
Hay películas que han dejado huella en el lenguaje de miles de españoles. A una amiga mía le he oído y leído unas cuantas veces esa frase de la grandiosa Amanece que no es poco: "todos somos contingentes pero tú eres necesario". Y los no menos grandiosos Les Luthiers han dejado centenares de expresiones. En más de una ocasión he visto poner fin a una conversación que había tomado derroteros absurdos con la exclamación: "¡La vaca!". Y en mi familia hemos adoptado el "A mí me es inverosímil" de esa otra, La gran familia de Fernando Palacios.
De una canción que cantaba mi madre, el famoso tanguillo gaditano de los Duros antiguos, aprendí a llamar "patio de las malvas" a los cementerios. Lo de "criar malvas" lo conoce mucha gente pero lo del patio es bastante más local.
Metáforas menos fúnebres y más gastadas se oyen cuando la gente no quiere decir la palabra "cáncer", tan a menudo sustituida por "una larga enfermedad" en los medios de comunicación. Un amigo gallego me sorprendió llamándolo "nécora" y la sorpresa le quitó tristeza a la conversación.
Terminaré con otra metáfora que me arrancó una gran sonrisa hace poco. Hay que ser uno de los dos protagonistas para apreciar que alguien diga que le gustaría compartir los cajones del armario y el gel de baño contigo. Es una de esas frases que asociaré para siempre con quien me la dedicó.
lunes, 14 de septiembre de 2015
Entretejiendo
El conocimiento acumulado por el ser humano a lo largo de su historia ha llegado a ser tan amplio y diverso que desde hace mucho tiempo ya no podemos aspirar a un saber enciclopédico, universal. La curiosidad nos llevará a interesarnos por más o menos ámbitos, a especializarnos en algún campo y, en el mejor de los casos, a lograr en él avances que sumen sabiduría nueva y la pongan a disposición de los demás.
Hay personas empeñadas en divulgar el conocimiento. Algunas son capaces de dar en solo diez minutos auténticas clases magistrales comprensibles para cualquier inteligencia media. Un amplio grupo de ellas lo ha hecho estos últimos días en Bilbao (buscad "Naukas 2015" si tenéis curiosidad). Es cierto que en alguna de las decenas de disciplinas allí tratadas conocer la terminología llegaba a ser imprescindible para entender la charla: no se puede vulgarizar el conocimiento puntero hasta hacerlo parecer irrelevante de tan sencillo.
Pero en el tiempo libre llegaba la parte verdaderamente "vulgar", la que se desarrollaba en lenguaje coloquial y tono relajado. Porque tanto los divulgadores como el público asistente (en el que me encontraba) somos personas de intereses afines. Y en esos casos, escuchar y hablar es uno de los mayores placeres.
En mi caso, además, se suma ese defecto del periodista consistente en creerse con derecho a abordar a cualquiera y hacerle preguntas. De modo que no solo conversé con mis conocidos sino con todo el que se me puso a tiro.
Han sido días en que las palabras han dado cohesión a ese sector heterogéneo de la sociedad interesado en conocer la ciencia, aprender sobre ella y transmitirla a los demás. Centenares de miles de palabras entretejiendo el soporte para que un sólido bloque de seres humanos confiemos en que en el futuro el conocimiento nos seguirá haciendo mejores como especie.
Y, como corresponde a personas que se aprecian mutuamente, las miradas, las sonrisas, los abrazos y los besos han dicho lo que el lenguaje oral se ha podido dejar en el tintero.
Hay personas empeñadas en divulgar el conocimiento. Algunas son capaces de dar en solo diez minutos auténticas clases magistrales comprensibles para cualquier inteligencia media. Un amplio grupo de ellas lo ha hecho estos últimos días en Bilbao (buscad "Naukas 2015" si tenéis curiosidad). Es cierto que en alguna de las decenas de disciplinas allí tratadas conocer la terminología llegaba a ser imprescindible para entender la charla: no se puede vulgarizar el conocimiento puntero hasta hacerlo parecer irrelevante de tan sencillo.
Pero en el tiempo libre llegaba la parte verdaderamente "vulgar", la que se desarrollaba en lenguaje coloquial y tono relajado. Porque tanto los divulgadores como el público asistente (en el que me encontraba) somos personas de intereses afines. Y en esos casos, escuchar y hablar es uno de los mayores placeres.
En mi caso, además, se suma ese defecto del periodista consistente en creerse con derecho a abordar a cualquiera y hacerle preguntas. De modo que no solo conversé con mis conocidos sino con todo el que se me puso a tiro.
Han sido días en que las palabras han dado cohesión a ese sector heterogéneo de la sociedad interesado en conocer la ciencia, aprender sobre ella y transmitirla a los demás. Centenares de miles de palabras entretejiendo el soporte para que un sólido bloque de seres humanos confiemos en que en el futuro el conocimiento nos seguirá haciendo mejores como especie.
Y, como corresponde a personas que se aprecian mutuamente, las miradas, las sonrisas, los abrazos y los besos han dicho lo que el lenguaje oral se ha podido dejar en el tintero.
jueves, 13 de agosto de 2015
¿Qué palabras?
Cuando elegí el título de este blog quise destacar la importancia de las palabras que decimos o escribimos. No son todo lo que somos pero a menudo sí son todo lo que ven de nosotros quienes, sin conocernos personalmente, leen nuestras publicaciones en medios, en blogs, en redes sociales... y a través de ellas nos juzgan, nos valoran o creen comprendernos.
Hoy en día es habitual que alguien nos busque en las redes, vea de qué hablamos, por qué nos interesamos, cuáles son nuestras opiniones. Quizá, si es alguien que nos conoció en el pasado, para averiguar qué ha sido de nosotros y considerar si quiere recuperar el contacto. O si es alguien que solo tiene referencias nuestras por terceros, para decidir si le interesa establecer contacto virtual. O quizá solo por mera curiosidad. Internet facilita el observar discretamente, el ver sin ser visto, el obtener información sin darla.
Pero, ¿cuánto leen, hasta cuándo se remontan, adónde llega su curiosidad? No somos seres homogéneos ni lineales. En cierta época podemos hablar mucho de trabajo; en otras, de política, de relaciones personales, de proyectos... La felicidad puede hacernos más comunicativos por el deseo de compartirla o sumirnos en el silencio de quien se concentra en disfrutar. El dolor llevará a unos a desahogarse y a otros a hundirse y aislarse. Nuestras palabras de cada momento serían piezas del rompecabezas que todos somos. Quien mire unas pocas tal vez solo vea un cielo azul, o la sombra oscura de una montaña, el muro de una casa... nunca la imagen completa.
Nadie escribe un tuit, un comentario a una foto o una entrada en su blog pensando que deba definirle. La larga y compleja historia que compone a cada ser humano no puede entenderse leyendo solo la última frase. Es cierto que algún párrafo dicho en algún momento puede ser el mejor compendio, el retrato más fiel. Pero solo quien nos conozca bien sabrá elegirlo de forma certera.
Hoy en día es habitual que alguien nos busque en las redes, vea de qué hablamos, por qué nos interesamos, cuáles son nuestras opiniones. Quizá, si es alguien que nos conoció en el pasado, para averiguar qué ha sido de nosotros y considerar si quiere recuperar el contacto. O si es alguien que solo tiene referencias nuestras por terceros, para decidir si le interesa establecer contacto virtual. O quizá solo por mera curiosidad. Internet facilita el observar discretamente, el ver sin ser visto, el obtener información sin darla.
Pero, ¿cuánto leen, hasta cuándo se remontan, adónde llega su curiosidad? No somos seres homogéneos ni lineales. En cierta época podemos hablar mucho de trabajo; en otras, de política, de relaciones personales, de proyectos... La felicidad puede hacernos más comunicativos por el deseo de compartirla o sumirnos en el silencio de quien se concentra en disfrutar. El dolor llevará a unos a desahogarse y a otros a hundirse y aislarse. Nuestras palabras de cada momento serían piezas del rompecabezas que todos somos. Quien mire unas pocas tal vez solo vea un cielo azul, o la sombra oscura de una montaña, el muro de una casa... nunca la imagen completa.
Nadie escribe un tuit, un comentario a una foto o una entrada en su blog pensando que deba definirle. La larga y compleja historia que compone a cada ser humano no puede entenderse leyendo solo la última frase. Es cierto que algún párrafo dicho en algún momento puede ser el mejor compendio, el retrato más fiel. Pero solo quien nos conozca bien sabrá elegirlo de forma certera.
jueves, 30 de julio de 2015
Clasificaciones
Mi padre era una de esas personas, cómo diría, de ciclo corto: cuando algo le alteraba, llegaba rápidamente a un punto crítico, estallaba y no tardaba en volver a la normalidad. Yo soy más bien todo lo contrario, de ciclos largos. Cuesta llevarme al límite pero, una vez allí, regresar me resulta difícil y necesito tiempo, paciencia, distancia.
De niña, si mi padre se enfadaba y me gritaba palabras duras, yo corría a mi cuarto a llorar. Cuando al poco rato venía a consolarme, aquello me descolocaba tanto que no aguantaba su cariño. No entendía que la persona de frases iracundas pudiera ser la misma que la de las afectuosas sin un largo proceso de por medio. Con el tiempo, cuando comprendí cómo era yo, asumí que simplemente éramos muy distintos. Y le quise como era.
De ciclos cortos o largos. Una forma de clasificar a la gente como otra cualquiera. Hay definiciones que quizá aplicaríais a unos y otros: ofensivos o agresivos y rencorosos o vengativos. No estoy de acuerdo, al menos con la parte que me toca. No sé si llamar agresivo a quien no controla sus reacciones. Pero definitivamente no llamaría a nadie rencoroso por tardar en superar el dolor. Ni vengativo si no guarda cuentas pendientes ni se esfuerza en mantener abiertas las heridas. Tampoco le calificaría de hipócrita si es incapaz de fingir y prefiere esconderse para que nadie le vea llorar.
Otra división se podría hacer entre los que susurran y los que gritan. Y no me refiero solo al volumen de la voz sino a las palabras que se dicen. Se puede hacer daño con un susurro, con algo que solo entenderá su destinatario. No sé si eso es peor que desahogar tu odio contra alguien diciéndole a las claras algo hiriente, como que desearías que nunca hubiera existido.
Escribí una vez en este blog que unos somos de piel fina y otros de piel gruesa, metafóricamente hablando. Otra clasificación. Tal vez el grosor de la piel dependa del arma que se lance contra ella. He soportado broncas, desplantes y palabras en voz demasiado alta sin sentirme ofendida. Y hay quien con una sola bofetada verbal ha hecho hundirse el mundo bajo mis pies.
(Por si os interesa, no me considero rencorosa. Tiendo a olvidar lo desagradable, aunque antes le dé vueltas durante lo que algunos considerarían una eternidad. Soy de digestiones lentas y eso cuenta también para las palabras que me llenan de pena.)
De niña, si mi padre se enfadaba y me gritaba palabras duras, yo corría a mi cuarto a llorar. Cuando al poco rato venía a consolarme, aquello me descolocaba tanto que no aguantaba su cariño. No entendía que la persona de frases iracundas pudiera ser la misma que la de las afectuosas sin un largo proceso de por medio. Con el tiempo, cuando comprendí cómo era yo, asumí que simplemente éramos muy distintos. Y le quise como era.
De ciclos cortos o largos. Una forma de clasificar a la gente como otra cualquiera. Hay definiciones que quizá aplicaríais a unos y otros: ofensivos o agresivos y rencorosos o vengativos. No estoy de acuerdo, al menos con la parte que me toca. No sé si llamar agresivo a quien no controla sus reacciones. Pero definitivamente no llamaría a nadie rencoroso por tardar en superar el dolor. Ni vengativo si no guarda cuentas pendientes ni se esfuerza en mantener abiertas las heridas. Tampoco le calificaría de hipócrita si es incapaz de fingir y prefiere esconderse para que nadie le vea llorar.
Otra división se podría hacer entre los que susurran y los que gritan. Y no me refiero solo al volumen de la voz sino a las palabras que se dicen. Se puede hacer daño con un susurro, con algo que solo entenderá su destinatario. No sé si eso es peor que desahogar tu odio contra alguien diciéndole a las claras algo hiriente, como que desearías que nunca hubiera existido.
Escribí una vez en este blog que unos somos de piel fina y otros de piel gruesa, metafóricamente hablando. Otra clasificación. Tal vez el grosor de la piel dependa del arma que se lance contra ella. He soportado broncas, desplantes y palabras en voz demasiado alta sin sentirme ofendida. Y hay quien con una sola bofetada verbal ha hecho hundirse el mundo bajo mis pies.
(Por si os interesa, no me considero rencorosa. Tiendo a olvidar lo desagradable, aunque antes le dé vueltas durante lo que algunos considerarían una eternidad. Soy de digestiones lentas y eso cuenta también para las palabras que me llenan de pena.)
miércoles, 15 de julio de 2015
La diferencia
Os confesaré que más de una vez me siento ante el teclado sin una idea clara de lo que quiero decir. Las palabras no son el problema, sino lo que quiero que os lleven.
Hay palabras que, dichas en según qué frase, en según qué circunstancias, marcan la diferencia entre el día y la noche, entre la sonrisa y la lágrima, entre hundirse y salir a flote.
Hay palabras capaces de aliviar nuestra sensación de impotencia cuando un ser querido está atravesando momentos difíciles sin que podamos ayudarle, sea por falta de conocimientos, de habilidades, de dinero, por la distancia que nos separa...
Y hay palabras torpes cuyo propósito se pierde aplastado por la incompetencia de quien las escoge, las ordena y las emite.
Hay palabras que en sí mismas son consuelo, solidaridad, empatía.
Y hay palabras de las que cuelgan como telarañas la hostilidad, el rechazo, la amargura.
(Donde he dicho palabras debería añadir ausencia de palabras. El silencio también tiene a veces ese poder.)
La diferencia de resultados la marcan a medias quien las dice y quien las escucha, quien las escribe y quien las lee. Esto ya lo he comentado alguna vez: por mucho cuidado que pongamos en dar forma a nuestros pensamientos, esa forma nunca es inmutable y tras el proceso de desintegración que ha de llevarlos hasta su destino corren el peligro de que el receptor no tenga la capacidad de reintegrarlos.
Me ocurre una vez, y otra, y otra... Aun así, no dejaré de intentarlo.
Hay palabras que, dichas en según qué frase, en según qué circunstancias, marcan la diferencia entre el día y la noche, entre la sonrisa y la lágrima, entre hundirse y salir a flote.
Hay palabras capaces de aliviar nuestra sensación de impotencia cuando un ser querido está atravesando momentos difíciles sin que podamos ayudarle, sea por falta de conocimientos, de habilidades, de dinero, por la distancia que nos separa...
Y hay palabras torpes cuyo propósito se pierde aplastado por la incompetencia de quien las escoge, las ordena y las emite.
Hay palabras que en sí mismas son consuelo, solidaridad, empatía.
Y hay palabras de las que cuelgan como telarañas la hostilidad, el rechazo, la amargura.
(Donde he dicho palabras debería añadir ausencia de palabras. El silencio también tiene a veces ese poder.)
La diferencia de resultados la marcan a medias quien las dice y quien las escucha, quien las escribe y quien las lee. Esto ya lo he comentado alguna vez: por mucho cuidado que pongamos en dar forma a nuestros pensamientos, esa forma nunca es inmutable y tras el proceso de desintegración que ha de llevarlos hasta su destino corren el peligro de que el receptor no tenga la capacidad de reintegrarlos.
Me ocurre una vez, y otra, y otra... Aun así, no dejaré de intentarlo.
miércoles, 24 de junio de 2015
¿Para qué?
No soy muy de preguntarme por el sentido de la vida. Eso encaja más bien con personas religiosas o, como a muchas les gusta definirse, "espirituales". Pero sí me planteo el sentido de lo que hago, de lo que digo, de lo que quiero.
Todavía era una niña cuando pensé por primera vez que me gustaría ser periodista, aunque sin elaborar argumentos siquiera para mí misma. Mucho más tarde, un par de años antes de ir a la universidad, me llevó a razonármelo una profesora de literatura al decir en clase que Azorín no era muy buen novelista porque había sido periodista y eso le había dejado el "vicio" de las frases cortas y la claridad expositiva.
Dejando aparte la opinión que me merece esa crítica, reconozco que entonces me alarmó un poco porque en aquel momento fui consciente de que mi principal motivo para optar por el periodismo era que en esa profesión se escribía y a mí me apasionaba escribir. ¿Me iban a arruinar el estilo, a incapacitarme para redactar otra cosa que noticias?
En cuanto empecé a ejercer la profesión no tardé en descubrir que en realidad mi pasión es narrar lo que sucede, explicar las cosas a quien no las conoce. En otras palabras: informar. La información es esencial para ser persona, para ser ciudadano y para ser útil. Lo he creído desde el principio. Sin información somos más vulnerables, más fáciles de engañar, de manipular, de dirigir; somos menos autónomos, aportamos menos a la sociedad y nuestra opinión es menos valiosa.
Leía esta mañana esta columna de una periodista argentina. Se me quedaron los ojos clavados en la frase "¿Usted hace periodismo para salvar el mundo?". Yo no creo haber salvado nada ni a nadie escribiendo. De hecho, algunas de las cosas que he escrito han producido dolor a alguien, en privado, cierto, pero lo han hecho. Pero en mi faceta pública sé que el periodismo me ha obligado a esforzarme por entender el mundo porque quería hacérselo entender a otros. Y con ciertas noticias, sobre todo las de divulgación científica, he despertado alguna curiosidad, incluso alguna vocación.
Es posible que, de haber nacido en esta época de fácil libertad para expresarse por medio de un blog o de lanzar titulares a través de Twitter, no hubiera sentido la necesidad de hacerme periodista. En resumidas cuentas, ¿para qué lo soy? Para que mi impulso egoísta de contar cosas reciba un calificativo más honroso (por desprestigiado que esté hoy el periodismo) que el de chafardera. Y para que la circunstancia de ganarme la vida con ello me sirva como excusa para seguir haciéndolo.
Todavía era una niña cuando pensé por primera vez que me gustaría ser periodista, aunque sin elaborar argumentos siquiera para mí misma. Mucho más tarde, un par de años antes de ir a la universidad, me llevó a razonármelo una profesora de literatura al decir en clase que Azorín no era muy buen novelista porque había sido periodista y eso le había dejado el "vicio" de las frases cortas y la claridad expositiva.
Dejando aparte la opinión que me merece esa crítica, reconozco que entonces me alarmó un poco porque en aquel momento fui consciente de que mi principal motivo para optar por el periodismo era que en esa profesión se escribía y a mí me apasionaba escribir. ¿Me iban a arruinar el estilo, a incapacitarme para redactar otra cosa que noticias?
En cuanto empecé a ejercer la profesión no tardé en descubrir que en realidad mi pasión es narrar lo que sucede, explicar las cosas a quien no las conoce. En otras palabras: informar. La información es esencial para ser persona, para ser ciudadano y para ser útil. Lo he creído desde el principio. Sin información somos más vulnerables, más fáciles de engañar, de manipular, de dirigir; somos menos autónomos, aportamos menos a la sociedad y nuestra opinión es menos valiosa.
Leía esta mañana esta columna de una periodista argentina. Se me quedaron los ojos clavados en la frase "¿Usted hace periodismo para salvar el mundo?". Yo no creo haber salvado nada ni a nadie escribiendo. De hecho, algunas de las cosas que he escrito han producido dolor a alguien, en privado, cierto, pero lo han hecho. Pero en mi faceta pública sé que el periodismo me ha obligado a esforzarme por entender el mundo porque quería hacérselo entender a otros. Y con ciertas noticias, sobre todo las de divulgación científica, he despertado alguna curiosidad, incluso alguna vocación.
Es posible que, de haber nacido en esta época de fácil libertad para expresarse por medio de un blog o de lanzar titulares a través de Twitter, no hubiera sentido la necesidad de hacerme periodista. En resumidas cuentas, ¿para qué lo soy? Para que mi impulso egoísta de contar cosas reciba un calificativo más honroso (por desprestigiado que esté hoy el periodismo) que el de chafardera. Y para que la circunstancia de ganarme la vida con ello me sirva como excusa para seguir haciéndolo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)