lunes, 14 de septiembre de 2015

Entretejiendo

El conocimiento acumulado por el ser humano a lo largo de su historia ha llegado a ser tan amplio y diverso que desde hace mucho tiempo ya no podemos aspirar a un saber enciclopédico, universal. La curiosidad nos llevará a interesarnos por más o menos ámbitos, a especializarnos en algún campo y, en el mejor de los casos, a lograr en él avances que sumen sabiduría nueva y la pongan a disposición de los demás.

Hay personas empeñadas en divulgar el conocimiento. Algunas son capaces de dar en solo diez minutos auténticas clases magistrales comprensibles para cualquier inteligencia media. Un amplio grupo de ellas lo ha hecho estos últimos días en Bilbao (buscad "Naukas 2015" si tenéis curiosidad). Es cierto que en alguna de las decenas de disciplinas allí tratadas conocer la terminología llegaba a ser imprescindible para entender la charla: no se puede vulgarizar el conocimiento puntero hasta hacerlo parecer irrelevante de tan sencillo.

Pero en el tiempo libre llegaba la parte verdaderamente "vulgar", la que se desarrollaba en lenguaje coloquial y tono relajado. Porque tanto los divulgadores como el público asistente (en el que me encontraba) somos personas de intereses afines. Y en esos casos, escuchar y hablar es uno de los mayores placeres.

En mi caso, además, se suma ese defecto del periodista consistente en creerse con derecho a abordar a cualquiera y hacerle preguntas. De modo que no solo conversé con mis conocidos sino con todo el que se me puso a tiro.

Han sido días en que las palabras han dado cohesión a ese sector heterogéneo de la sociedad interesado en conocer la ciencia, aprender sobre ella y transmitirla a los demás. Centenares de miles de palabras entretejiendo el soporte para que un sólido bloque de seres humanos confiemos en que en el futuro el conocimiento nos seguirá haciendo mejores como especie.

Y, como corresponde a personas que se aprecian mutuamente, las miradas, las sonrisas, los abrazos y los besos han dicho lo que el lenguaje oral se ha podido dejar en el tintero.

jueves, 13 de agosto de 2015

¿Qué palabras?

Cuando elegí el título de este blog quise destacar la importancia de las palabras que decimos o escribimos. No son todo lo que somos pero a menudo sí son todo lo que ven de nosotros quienes, sin conocernos personalmente, leen nuestras publicaciones en medios, en blogs, en redes sociales... y a través de ellas nos juzgan, nos valoran o creen comprendernos.

Hoy en día es habitual que alguien nos busque en las redes, vea de qué hablamos, por qué nos interesamos, cuáles son nuestras opiniones. Quizá, si es alguien que nos conoció en el pasado, para averiguar qué ha sido de nosotros y considerar si quiere recuperar el contacto. O si es alguien que solo tiene referencias nuestras por terceros, para decidir si le interesa establecer contacto virtual. O quizá solo por mera curiosidad. Internet facilita el observar discretamente, el ver sin ser visto, el obtener información sin darla.

Pero, ¿cuánto leen, hasta cuándo se remontan, adónde llega su curiosidad? No somos seres homogéneos ni lineales. En cierta época podemos hablar mucho de trabajo; en otras, de política, de relaciones personales, de proyectos... La felicidad puede hacernos más comunicativos por el deseo de compartirla o sumirnos en el silencio de quien se concentra en disfrutar. El dolor llevará a unos a desahogarse y a otros a hundirse y aislarse. Nuestras palabras de cada momento serían piezas del rompecabezas que todos somos. Quien mire unas pocas tal vez solo vea un cielo azul, o la sombra oscura de una montaña, el muro de una casa... nunca la imagen completa.

Nadie escribe un tuit, un comentario a una foto o una entrada en su blog pensando que deba definirle. La larga y compleja historia que compone a cada ser humano no puede entenderse leyendo solo la última frase. Es cierto que algún párrafo dicho en algún momento puede ser el mejor compendio, el retrato más fiel. Pero solo quien nos conozca bien sabrá elegirlo de forma certera.

jueves, 30 de julio de 2015

Clasificaciones

Mi padre era una de esas personas, cómo diría, de ciclo corto: cuando algo le alteraba, llegaba rápidamente a un punto crítico, estallaba y no tardaba en volver a la normalidad. Yo soy más bien todo lo contrario, de ciclos largos. Cuesta llevarme al límite pero, una vez allí, regresar me resulta difícil y necesito tiempo, paciencia, distancia.

De niña, si mi padre se enfadaba y me gritaba palabras duras, yo corría a mi cuarto a llorar. Cuando al poco rato venía a consolarme, aquello me descolocaba tanto que no aguantaba su cariño. No entendía que la persona de frases iracundas pudiera ser la misma que la de las afectuosas sin un largo proceso de por medio. Con el tiempo, cuando comprendí cómo era yo, asumí que simplemente éramos muy distintos. Y le quise como era.

De ciclos cortos o largos. Una forma de clasificar a la gente como otra cualquiera. Hay definiciones que quizá aplicaríais a unos y otros: ofensivos o agresivos y rencorosos o vengativos. No estoy de acuerdo, al menos con la parte que me toca. No sé si llamar agresivo a quien no controla sus reacciones. Pero definitivamente no llamaría a nadie rencoroso por tardar en superar el dolor. Ni vengativo si no guarda cuentas pendientes ni se esfuerza en mantener abiertas las heridas. Tampoco le calificaría de hipócrita si es incapaz de fingir y prefiere esconderse para que nadie le vea llorar.

Otra división se podría hacer entre los que susurran y los que gritan. Y no me refiero solo al volumen de la voz sino a las palabras que se dicen. Se puede hacer daño con un susurro, con algo que solo entenderá su destinatario. No sé si eso es peor que desahogar tu odio contra alguien diciéndole a las claras algo hiriente, como que desearías que nunca hubiera existido.

Escribí una vez en este blog que unos somos de piel fina y otros de piel gruesa, metafóricamente hablando. Otra clasificación. Tal vez el grosor de la piel dependa del arma que se lance contra ella. He soportado broncas, desplantes y palabras en voz demasiado alta sin sentirme ofendida. Y hay quien con una sola bofetada verbal ha hecho hundirse el mundo bajo mis pies.

(Por si os interesa, no me considero rencorosa. Tiendo a olvidar lo desagradable, aunque antes le dé vueltas durante lo que algunos considerarían una eternidad. Soy de digestiones lentas y eso cuenta también para las palabras que me llenan de pena.)

miércoles, 15 de julio de 2015

La diferencia

Os confesaré que más de una vez me siento ante el teclado sin una idea clara de lo que quiero decir. Las palabras no son el problema, sino lo que quiero que os lleven.

Hay palabras que, dichas en según qué frase, en según qué circunstancias, marcan la diferencia entre el día y la noche, entre la sonrisa y la lágrima, entre hundirse y salir a flote.

Hay palabras capaces de aliviar nuestra sensación de impotencia cuando un ser querido está atravesando momentos difíciles sin que podamos ayudarle, sea por falta de conocimientos, de habilidades, de dinero, por la distancia que nos separa...

Y hay palabras torpes cuyo propósito se pierde aplastado por la incompetencia de quien las escoge, las ordena y las emite.

Hay palabras que en sí mismas son consuelo, solidaridad, empatía.

Y hay palabras de las que cuelgan como telarañas la hostilidad, el rechazo, la amargura.

(Donde he dicho palabras debería añadir ausencia de palabras. El silencio también tiene a veces ese poder.)

La diferencia de resultados la marcan a medias quien las dice y quien las escucha, quien las escribe y quien las lee. Esto ya lo he comentado alguna vez: por mucho cuidado que pongamos en dar forma a nuestros pensamientos, esa forma nunca es inmutable y tras el proceso de desintegración que ha de llevarlos hasta su destino corren el peligro de que el receptor no tenga la capacidad de reintegrarlos.

Me ocurre una vez, y otra, y otra... Aun así, no dejaré de intentarlo.

miércoles, 24 de junio de 2015

¿Para qué?

No soy muy de preguntarme por el sentido de la vida. Eso encaja más bien con personas religiosas o, como a muchas les gusta definirse, "espirituales". Pero sí me planteo el sentido de lo que hago, de lo que digo, de lo que quiero.

Todavía era una niña cuando pensé por primera vez que me gustaría ser periodista, aunque sin elaborar argumentos siquiera para mí misma. Mucho más tarde, un par de años antes de ir a la universidad, me llevó a razonármelo una profesora de literatura al decir en clase que Azorín no era muy buen novelista porque había sido periodista y eso le había dejado el "vicio" de las frases cortas y la claridad expositiva.

Dejando aparte la opinión que me merece esa crítica, reconozco que entonces me alarmó un poco porque en aquel momento fui consciente de que mi principal motivo para optar por el periodismo era que en esa profesión se escribía y a mí me apasionaba escribir. ¿Me iban a arruinar el estilo, a incapacitarme para redactar otra cosa que noticias?

En cuanto empecé a ejercer la profesión no tardé en descubrir que en realidad mi pasión es narrar lo que sucede, explicar las cosas a quien no las conoce. En otras palabras: informar. La información es esencial para ser persona, para ser ciudadano y para ser útil. Lo he creído desde el principio. Sin información somos más vulnerables, más fáciles de engañar, de manipular, de dirigir; somos menos autónomos, aportamos menos a la sociedad y nuestra opinión es menos valiosa.

Leía esta mañana esta columna de una periodista argentina. Se me quedaron los ojos clavados en la frase "¿Usted hace periodismo para salvar el mundo?". Yo no creo haber salvado nada ni a nadie escribiendo. De hecho, algunas de las cosas que he escrito han producido dolor a alguien, en privado, cierto, pero lo han hecho. Pero en mi faceta pública sé que el periodismo me ha obligado a esforzarme por entender el mundo porque quería hacérselo entender a otros. Y con ciertas noticias, sobre todo las de divulgación científica, he despertado alguna curiosidad, incluso alguna vocación.

Es posible que, de haber nacido en esta época de fácil libertad para expresarse por medio de un blog o de lanzar titulares a través de Twitter, no hubiera sentido la necesidad de hacerme periodista. En resumidas cuentas, ¿para qué lo soy? Para que mi impulso egoísta de contar cosas reciba un calificativo más honroso (por desprestigiado que esté hoy el periodismo) que el de chafardera. Y para que la circunstancia de ganarme la vida con ello me sirva como excusa para seguir haciéndolo.

domingo, 21 de junio de 2015

Asociar

Para cada uno de nosotros hay montones de palabras, digamos, neutras y otras que llevan atado para siempre un recuerdo: una sensación, una imagen, un olor... A nuestra memoria le gusta asociar.

Pensad un poco y aparecerán decenas. Apelativos con los cuales os identificó un ser amado. Topónimos de lugares donde fuisteis felices. Nombres propios que no os gustan porque la primera persona que conocisteis con él os fue antipática. Expresiones que os irritan porque se las oíais repetir a alguien desagradable.

La palabra "río" fue neutra para mí hasta hace unos años, cuando con una buena amiga recorrí el Tíber desde su nacimiento en el monte Fumaiolo hasta su desembocadura en el mar Tirreno. A lo largo de mi vida he visto infinidad de ríos, he nadado en alguno, he cruzado muchos, he navegado por otros, pero solo al Tevere lo he visto nacer, discurrir y morir y, con el nombre italiano, se ha quedado entrelazado en mi recuerdo con el sustantivo río.

"Bahía", por su parte, lleva asociado "de Cádiz". Hay otras mucho más famosas pero la que me acogió desde niña es esa y hay lazos que no se rompen.

"Laura" es el título de una película de Otto Preminger que me fascinó cuando estaba en la edad de los sueños románticos. A mi hermana le ocurrió lo mismo y cuando supo que estaba embarazada de una niña, ni ella ni yo tuvimos la menor duda de que el único nombre posible era aquel. Y Laura se llama.

Terminaré mencionando algo que me recordaron hace pocos días. Tengo muy buena memoria pero se me había borrado de ella que hubo un tiempo en que alguien me llamaba "princesa". Es uno de esos casos en que la asociación inicial se corrompe y de producir felicidad pasa a provocar dolor. Ojalá haya alguna posibilidad de revertir ese proceso.

sábado, 13 de junio de 2015

Incomprensión

Hay momentos en que lo incomprensible no son las palabras que se dicen sino las que se omiten. Lo que quiero contar ahora también está lleno de omisiones. En este caso solo es para dejar espacio a la imaginación.

El tiempo es continuo pero lo que se mueve sobre sus ruedas tiene principios y finales. A los humanos en general nos gusta saber dónde y cuándo empiezan las historias, si se han transformado en otras distintas, si murieron en algún momento. Sin embargo, cuesta definirlo.

Ciertas palabras se consideran de uso común para comenzar y terminar: los saludos, las presentaciones. Otras se hacen necesarias para continuar, para saber que el camino sigue estando ahí cuando nos hemos perdido y que alguien nos acompaña. Otras son imprescindibles para cambiar de rumbo. Y otras, para dar el viaje por terminado. Si habéis indicado a alguien un trayecto, le habéis explicado cómo hacer un trabajo o guiado por un razonamiento complejo, sabréis que cuando faltan las palabras clave no se llega a buen puerto.

No seamos rácanos. Digamos todo lo que haya que decir. Si no, tal vez nos encontremos al borde de un precipicio y no sepamos cómo tender un puente para seguir avanzando.