Ya estamos aquí otra vez, a punto de llegar a esa hoja del calendario que establecemos como final de un tiempo e inicio de otro. De todos los periodos en que dividimos la vida es el de los años el único al que aprecio suficiente entidad como para pensar detenidamente en él (bueno, ese y los minutos y segundos de duración de las noticias).
Es un periodo lo bastante amplio como para requerir cierta planificación y merecer un balance. Por cierto, el DRAE debería repasar las acepciones que reconoce a esta palabra; echo en falta la que más utilizo, que en el María Moliner se recoge así: "Resultado o valoración general de un proceso, una acción, una situación, etc."
Pues bien, primero voy a evaluar el grado de cumplimiento de los propósitos que me hice para este año que termina y luego formularé otros nuevos para el que está por comenzar.
- Poner tildes en mis whatsapps: lo calificaré de logro casi absoluto. Rara vez me dejo una, y muy apresurada debo andar para hacerlo.
- No corregir a los amigos: aprobadillo justo. En realidad, he dejado de hacerlo en la mayoría de las ocasiones, pero hay momentos, circunstancias, personas o errores determinados que acaban con mi buena voluntad.
- Usar más el lenguaje oral: no ha sido el mejor año para eso. Al contrario, diría que he estado en modo ostra, abandonándolo más para monólogos (blog, Facebook, Twitter...) que para diálogos. Podría justificarme pero eso no me ayudaría a mejorar el año que viene.
- Leer más libros: éxito mayor del esperado. Quizá se haya debido a una buena selección de lecturas, muchas de las cuales me han enganchado. Renuevo el propósito para 2015.
Y ahora voy a enumerar los próximos:
- Aprender palabras nuevas. No solo averiguar el significado de las que me encuentro por primera vez sino incorporar a mi vocabulario muchas de ellas; no digo todas porque hay cada palabreja (por ejemplo, en el Damero Maldito de El País de los domingos)... Pero me vendrá bien diversificar mi lenguaje. Soy demasiado fiel a algunos términos.
- Hablar menos de mí misma en mis escritos. Escribir es en muchos casos un acto egoísta. Creo que solo cuando lo hago por trabajo, cuando cuento noticias, no lo es. En los demás casos, sí. Este blog es más una necesidad personal que una contribución al conocimiento. Intentaré aligerarlo de narcisismo y autobombo. En FB y TW, donde más se nota esa carga, me será más difícil reducirla.
- Admitir que quien me concede el regalo de su palabra puede decidir retirármelo. Que puede incluso hacerlo sin explicaciones. Los seres humanos somos complejos, a menudo egoístas, a veces despreciativos y crueles... a veces simplemente inconsecuentes. En realidad, debería ampliar el propósito con la reflexión sobre si yo he hecho tal cosa conscientemente y por qué. De momento creo que solo tengo fuerzas para la primera parte.
Aquí lo dejo. Tres aspiraciones nuevas y dos reeditadas: dialogar más y dejar de chinchar con mi perfeccionismo a los que me importan. Ah, y seguir leyendo libros.
Feliz año. Nos seguiremos viendo por aquí.
viernes, 26 de diciembre de 2014
domingo, 21 de diciembre de 2014
Con solo escuchar un rato
Hace unos días entrevisté a una abogada de cierta edad. Hablando con ella me gustó su dicción cuidada y lo claramente que exponía sus ideas. Luego, cuando transcribí la entrevista (mi forma habitual de trabajar) y la traduje (era en inglés, la mujer es estadounidense) me fascinó con qué corrección estaban estructuradas sus frases, cómo se preocupaba de no repetir palabras, la concordancia perfecta de todo aquello que debía concordar... Casi no parecía lenguaje oral. Pero lo era.
Hay personas acostumbradas a cuidar su discurso cuando hablan tanto como cuando escriben. Probablemente su prestigio como abogada deba mucho a una exquisita exposición de argumentos ante los jueces y jurados. Ha dado numerosas conferencias y ha concedido entrevistas a medios de todo el mundo que, sin duda, han quedado tan satisfechos como yo. Porque a los periodistas no nos gusta ni presentar a nuestro público un discurso incomprensible, mal hilado o lleno de tópicos, ni tener que cortarlo o apañarlo para darle mejor aspecto.
Ahora estaba transcribiendo otra entrevista, también en inglés, hecha a un ilusionista. Su educación fue, o eso deduzco de lo que contaba él mismo, bastante deficiente. Es muy cordial, entusiasta, cuenta las cosas representándolas, cargándolas de emoción. Pero su lenguaje es pobre y lleno de muletillas. Cuando transcribes te das cuenta de la cantidad de "you know", "I mean", "kind of", "it's like", y de esas palabras comodín tipo "interesting", "beautiful" o "wonderful". Cualquiera de sus frases se podría dejar en la mitad quitándole todo lo innecesario y lo vacío.
En español ocurre lo mismo, claro. Hay entrevistas plagadas de "o sea", de "bueno", "entonces", "por tanto", "en realidad" y toda una ristra de expresiones de las que muchos no saben prescindir. En TVE subtitulamos casi todo, lo cual nos obliga a los periodistas a transcribir las declaraciones (incluso los "canutazos" a gente por la calle). Así me acostumbré yo a hacerlo. Y así descubrí lo penosos que podemos ser al hablar sin guion, sin preparación, improvisando.
Hace unos años, dando clases a adolescentes de instituto como parte de la preparación para obtener mi Certificado de Aptitud Pedagógica, les propuse a los alumnos grabar una conversación y luego transcribirla como forma de practicar los signos de puntuación. Si uno quiere que lo transcrito se entienda en todos sus matices y tonos debe usar muchos, por no decir todos: punto, coma, punto y coma, paréntesis o rayas, signos de interrogación y exclamación, puntos suspensivos...
Podéis probar si queréis. Pero a vosotros voy a poneros otros deberes. Grabad un rato de vuestro discurso: una conversación, una explicación, lo que sea. Dejadlo salir como siempre, no hagáis trampas. Y examinad el resultado. Lo normal es que haya faltas de concordancia, frases que se quedan sin terminar, palabras que repetís demasiado... Sí, eso es lo normal. Poca gente tiene hablando la misma corrección que escribiendo. De hecho, cuando alguien interviene por la radio, por ejemplo llamando por teléfono, y antes se ha escrito lo que iba a decir, nos suena tan poco natural como si se metiera en la cama con traje y corbata.
La cuestión es eliminar nuestras muletillas, ampliar nuestro vocabulario, cuidar nuestro discurso sin quitarle espontaneidad. Si algún día os entrevistan, veréis la sonrisa del periodista al escucharos.
Hay personas acostumbradas a cuidar su discurso cuando hablan tanto como cuando escriben. Probablemente su prestigio como abogada deba mucho a una exquisita exposición de argumentos ante los jueces y jurados. Ha dado numerosas conferencias y ha concedido entrevistas a medios de todo el mundo que, sin duda, han quedado tan satisfechos como yo. Porque a los periodistas no nos gusta ni presentar a nuestro público un discurso incomprensible, mal hilado o lleno de tópicos, ni tener que cortarlo o apañarlo para darle mejor aspecto.
Ahora estaba transcribiendo otra entrevista, también en inglés, hecha a un ilusionista. Su educación fue, o eso deduzco de lo que contaba él mismo, bastante deficiente. Es muy cordial, entusiasta, cuenta las cosas representándolas, cargándolas de emoción. Pero su lenguaje es pobre y lleno de muletillas. Cuando transcribes te das cuenta de la cantidad de "you know", "I mean", "kind of", "it's like", y de esas palabras comodín tipo "interesting", "beautiful" o "wonderful". Cualquiera de sus frases se podría dejar en la mitad quitándole todo lo innecesario y lo vacío.
En español ocurre lo mismo, claro. Hay entrevistas plagadas de "o sea", de "bueno", "entonces", "por tanto", "en realidad" y toda una ristra de expresiones de las que muchos no saben prescindir. En TVE subtitulamos casi todo, lo cual nos obliga a los periodistas a transcribir las declaraciones (incluso los "canutazos" a gente por la calle). Así me acostumbré yo a hacerlo. Y así descubrí lo penosos que podemos ser al hablar sin guion, sin preparación, improvisando.
Hace unos años, dando clases a adolescentes de instituto como parte de la preparación para obtener mi Certificado de Aptitud Pedagógica, les propuse a los alumnos grabar una conversación y luego transcribirla como forma de practicar los signos de puntuación. Si uno quiere que lo transcrito se entienda en todos sus matices y tonos debe usar muchos, por no decir todos: punto, coma, punto y coma, paréntesis o rayas, signos de interrogación y exclamación, puntos suspensivos...
Podéis probar si queréis. Pero a vosotros voy a poneros otros deberes. Grabad un rato de vuestro discurso: una conversación, una explicación, lo que sea. Dejadlo salir como siempre, no hagáis trampas. Y examinad el resultado. Lo normal es que haya faltas de concordancia, frases que se quedan sin terminar, palabras que repetís demasiado... Sí, eso es lo normal. Poca gente tiene hablando la misma corrección que escribiendo. De hecho, cuando alguien interviene por la radio, por ejemplo llamando por teléfono, y antes se ha escrito lo que iba a decir, nos suena tan poco natural como si se metiera en la cama con traje y corbata.
La cuestión es eliminar nuestras muletillas, ampliar nuestro vocabulario, cuidar nuestro discurso sin quitarle espontaneidad. Si algún día os entrevistan, veréis la sonrisa del periodista al escucharos.
martes, 25 de noviembre de 2014
Indefiniciones (1)
La idea que tenemos de algunas palabras no siempre se ajusta a la definición que da el diccionario. De hecho, hay definiciones que se alejan considerablemente del significado con que usamos esos términos. Veamos algunos:
- Respuesta. Tiene media docena de acepciones en el DRAE. La primera es: "Satisfacción a una pregunta, duda o dificultad". Sin embargo, los periodistas estamos acostumbrados a que un amplio número de personas, buena parte de ellas políticos, no tengan esa definición en mente cuando se les hace una pregunta. "No me ha respondido" es réplica habitual del periodista. No, quien se sometía a las preguntas no ha satisfecho la duda o interés; lo que ha hecho es hablar, marear la perdiz, salir por peteneras, irse por los cerros de Úbeda, ser ambiguo, cambiar de tema...
- Lejos. Según el DRAE, significa "A gran distancia, en lugar distante o remoto". Pero la distancia pocas veces la aprecian igual personas distintas o en diferentes momentos. Es más grande cuanto más pequeña quisiéramos que fuera. Hoy en día se asocia a la comunicación. La expresión "ya no hay distancias" se ha escrito y pronunciado infinidad de veces desde que la telefonía alcanza cualquier rincón y existe internet, y, sin embargo, la habitación de al lado puede ser un lugar remoto. Ahora si estamos lejos es porque queremos, lo cual es una opción absolutamente respetable.
- Felicidad. Aquí no recurriré a diccionarios porque, por muchos esfuerzos que hayan hecho los filósofos, sociólogos, psicólogos, etc. por definir la felicidad, cada uno de nosotros dudaría a la hora de explicar cómo se siente cuando cree sentirse feliz, qué lo coloca en tal estado y qué lo saca de él. De hecho, la felicidad se ve mejor en perspectiva y es más fácil recordarla que reconocerla.
- Amistad. Poco tiene que ver la definición del DRAE con la que se deduciría del uso actual de la palabra. "Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato", dice la Academia. Los amigos que comparten café, trabajo o aficiones con nosotros rara vez se ajustan a eso. Los de las redes sociales, tampoco. Más de una crisis de amistad ha surgido cuando ha llegado la hora de comprobar si esa persona de verdad siente afecto por nosotros, si es desinteresado y si es fuerte.
- Entender. Nada más falso a veces que ese "ya te entiendo" o "sí, lo he entendido". El entendimiento y la comprensión pueden ser esquivos, difíciles, trabajosos. Usamos la palabra más como fórmula que otra cosa.
Seguiré otro día.
- Respuesta. Tiene media docena de acepciones en el DRAE. La primera es: "Satisfacción a una pregunta, duda o dificultad". Sin embargo, los periodistas estamos acostumbrados a que un amplio número de personas, buena parte de ellas políticos, no tengan esa definición en mente cuando se les hace una pregunta. "No me ha respondido" es réplica habitual del periodista. No, quien se sometía a las preguntas no ha satisfecho la duda o interés; lo que ha hecho es hablar, marear la perdiz, salir por peteneras, irse por los cerros de Úbeda, ser ambiguo, cambiar de tema...
- Lejos. Según el DRAE, significa "A gran distancia, en lugar distante o remoto". Pero la distancia pocas veces la aprecian igual personas distintas o en diferentes momentos. Es más grande cuanto más pequeña quisiéramos que fuera. Hoy en día se asocia a la comunicación. La expresión "ya no hay distancias" se ha escrito y pronunciado infinidad de veces desde que la telefonía alcanza cualquier rincón y existe internet, y, sin embargo, la habitación de al lado puede ser un lugar remoto. Ahora si estamos lejos es porque queremos, lo cual es una opción absolutamente respetable.
- Felicidad. Aquí no recurriré a diccionarios porque, por muchos esfuerzos que hayan hecho los filósofos, sociólogos, psicólogos, etc. por definir la felicidad, cada uno de nosotros dudaría a la hora de explicar cómo se siente cuando cree sentirse feliz, qué lo coloca en tal estado y qué lo saca de él. De hecho, la felicidad se ve mejor en perspectiva y es más fácil recordarla que reconocerla.
- Amistad. Poco tiene que ver la definición del DRAE con la que se deduciría del uso actual de la palabra. "Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato", dice la Academia. Los amigos que comparten café, trabajo o aficiones con nosotros rara vez se ajustan a eso. Los de las redes sociales, tampoco. Más de una crisis de amistad ha surgido cuando ha llegado la hora de comprobar si esa persona de verdad siente afecto por nosotros, si es desinteresado y si es fuerte.
- Entender. Nada más falso a veces que ese "ya te entiendo" o "sí, lo he entendido". El entendimiento y la comprensión pueden ser esquivos, difíciles, trabajosos. Usamos la palabra más como fórmula que otra cosa.
Seguiré otro día.
sábado, 6 de septiembre de 2014
Seducir
Uno de los privilegios de usar palabras para comunicarse es la posibilidad de plasmar en ellas la pasión y el deseo, la promesa de placer y su recuerdo, la expectativa y la consumación, para compartirlos a través de la distancia y conservarlos a lo largo del tiempo.
Las palabras que se pronuncian para enamorar suelen ser engañosas en cuanto a lo que dicen pero muy reveladoras de la capacidad de su emisor para seducir. Al principio se camina por ese filo de navaja que es no saber si la otra persona está igualmente interesada en los mismos fines. El lenguaje se vuelve poético e insinuante sin dejar de ser cauto, sutil, ambiguo. Cuando nos atrevemos a materializar una expresión que permite pocas dudas, aguardamos expectantes la reacción del cerebro destinatario, su rechazo o su aceptación.
Si el caso es lo segundo, se nos abre la puerta a otras palabras ya inequívocas. Sin embargo, escogemos entre estas las más elegantes, las menos descarnadas. El vocabulario sensual y sexual es rico y amplio. Podemos permitirnos el lujo de envolver nuestro deseo en términos que para un observador ajeno resultarían cursis o ñoños pero para nosotros son exquisitamente dulces.
La intimidad sexual requiere ya palabras claras. Los cuerpos, los actos, las sensaciones exigen ser llamados por su nombre. No satisfacemos el deseo sin liberarnos a la vez de las reservas del lenguaje. Eso no ha ocurrido ni ocurrirá jamás. Verbalizar después esa satisfacción ya nos devolverá las palabras tiernas y delicadas.
He tenido la fortuna o la desgracia de mantener bastantes relaciones a distancia, con personas que tenía a mi lado de forma intermitente. En cualquier caso, escribirme y hablarme con ellas ha sido... mágico.
Las palabras que se pronuncian para enamorar suelen ser engañosas en cuanto a lo que dicen pero muy reveladoras de la capacidad de su emisor para seducir. Al principio se camina por ese filo de navaja que es no saber si la otra persona está igualmente interesada en los mismos fines. El lenguaje se vuelve poético e insinuante sin dejar de ser cauto, sutil, ambiguo. Cuando nos atrevemos a materializar una expresión que permite pocas dudas, aguardamos expectantes la reacción del cerebro destinatario, su rechazo o su aceptación.
Si el caso es lo segundo, se nos abre la puerta a otras palabras ya inequívocas. Sin embargo, escogemos entre estas las más elegantes, las menos descarnadas. El vocabulario sensual y sexual es rico y amplio. Podemos permitirnos el lujo de envolver nuestro deseo en términos que para un observador ajeno resultarían cursis o ñoños pero para nosotros son exquisitamente dulces.
La intimidad sexual requiere ya palabras claras. Los cuerpos, los actos, las sensaciones exigen ser llamados por su nombre. No satisfacemos el deseo sin liberarnos a la vez de las reservas del lenguaje. Eso no ha ocurrido ni ocurrirá jamás. Verbalizar después esa satisfacción ya nos devolverá las palabras tiernas y delicadas.
He tenido la fortuna o la desgracia de mantener bastantes relaciones a distancia, con personas que tenía a mi lado de forma intermitente. En cualquier caso, escribirme y hablarme con ellas ha sido... mágico.
domingo, 17 de agosto de 2014
¿Enseñar?
Si estáis escuchando los informativos en la radio o la tele o leyendo la prensa este verano, quizá hayáis notado, un año más, la intervención de los becarios. Me refiero concretamente a los recién licenciados o recién salidos de un posgrado de Periodismo. En mi trabajo los veo llegar cada junio o julio, deseosos de aprender trabajando. Algunos son brillantes: tienen claro el concepto de noticia, la forma más atractiva de narrarla y la de ilustrarla con imágenes y sonidos. Otros vienen imbuidos de esa idea lamentable sobre el periodismo que sitúa al informador como protagonista y al medio como vía de lucimiento personal. A éstos se los cala en seguida; suscitan bastante antipatía entre sus compañeros y menosprecio entre los veteranos.
Pero, como este es un blog sobre lenguaje, de lo que quiero hablar es de lo que supuestamente han aprendido estos becarios durante su etapa estudiantil en ese aspecto y de lo que supuestamente debemos enseñarles los profesionales para dejarlos, digamos, niquelados. Y lamento decir que ni su aprendizaje previo ni las enseñanzas de su becariado prestan mucha atención a la corrección lingüística. Porque a un becario se lo distingue fácilmente por su bisoñez, especialmente ante el micrófono, pero yo los detecto por sus errores semánticos y gramaticales, arrastrados sin duda desde la enseñanza primaria; por su querencia a los tópicos; por su preocupante tendencia a seguir las peores modas en su afán por adoptar una "jerga periodística" que no debería existir.
Bueno, la jerga periodístico-deportiva no tiene vuelta atrás, me temo: son demasiados años de diferenciación y demasiados colegas cultivándola como para pretender siquiera suavizarla. Pero hay numerosas incorrecciones que están conformando una especie de jerga informativa y eso sí creo que estamos a tiempo de pararlo. O estaríamos, si los veteranos no llevaran ya tiempo enfangados en el error y retozando felices en él.
Me refiero, por ejemplo, a esa absurda moda de sustituir el pretérito indefinido (lo aprendí con este nombre, sí) por el pretérito imperfecto del subjuntivo. ¿Por qué les parece a estos pipiolos que se debe decir, pongo por caso, "La policía investiga tal empresa por un presunto fraude y detiene a quien fuera su presidente" y no "a quien fue su presidente"?
O también a faltas de concordancia sencillísimas de corregir... si alguien se lo dijera. Dos ejemplos de un mismo Telediario de hace unos días:
- "Las miles de personas que..." El artículo debe concordar con el nombre al que acompaña y por eso debería ser "los miles", pues ese "los" va con "miles", no con "personas".
- "Una de las que trabajaba con el misionero ha muerto..." El verbo concuerda con el sujeto y en esta frase "una" es sujeto de "ha muerto" pero no de "trabajaba"; este último verbo pertenece a una subordinada cuyo sujeto no aparece, y que sería "(varias personas) trabajaban con el misionero". Quizá se entienda mejor así: "Ha muerto una persona de las varias que trabajaban con el misionero".
A veces la falta de concordancia es resultado del desconocimiento. Quienes piensan que un sustantivo es masculino por el mero hecho de llevar como artículo "el" en vez de "la", cometen errores como el que he oído esta mañana por la radio: "...ha tenido que comprarse su propio arma". "Arma" es sustantivo de género femenino, se dice "el arma" para evitar la cacofonía, pero eso no lo convierte en masculino.
Hay incorrecciones tan extendidas que no sé si se podrán erradicar. En el mismo Telediario al que me refería antes se dijo también: "El cincuenta y un por ciento...". Lo correcto es "cincuenta y uno por ciento". El numeral "uno" se apocopa (o sea, se le quita la o final) solo cuando precede a un sustantivo masculino. No es el caso.
Dos batallas me parecen importantes: la de los acentos y la de los signos de puntuación. Los acentos, me temo, mucha gente los considera opcionales. Pues bien, que os quede claro: NO LO SON. Acabo de leer una entrada en un blog que, aun reconociendo que en las búsquedas de Google no suelen utilizarse, si luego la página a la que accedemos tiene faltas de ortografía la valoramos peor. Por mi parte es absolutamente cierto.
De los signos de puntuación, en particular de las comas, hablaré ampliamente en otro momento, cuando tenga más tiempo, porque hay mucho que decir sobre ello. Hoy me limitaré a enunciar unas pocas normas: los vocativos van entre comas ("Hola, Pepe, ¿cómo estás?"); el sujeto y el predicado NO van separados por coma ("Los padres, quieren que se hagan más controles") salvo que se suprima el verbo, en cuyo caso la coma es necesaria ("Los padres, partidarios de más controles").
Todos estos fallos los cometen los becarios en mayor medida que los periodistas veteranos. Pero la proporción tiende a igualarse porque esos becarios se incorporan a la plantilla de los medios año tras año y, si nadie los ha sacado de sus errores cuando se suponía que estaban formándose, nadie lo hará después.
Pero, como este es un blog sobre lenguaje, de lo que quiero hablar es de lo que supuestamente han aprendido estos becarios durante su etapa estudiantil en ese aspecto y de lo que supuestamente debemos enseñarles los profesionales para dejarlos, digamos, niquelados. Y lamento decir que ni su aprendizaje previo ni las enseñanzas de su becariado prestan mucha atención a la corrección lingüística. Porque a un becario se lo distingue fácilmente por su bisoñez, especialmente ante el micrófono, pero yo los detecto por sus errores semánticos y gramaticales, arrastrados sin duda desde la enseñanza primaria; por su querencia a los tópicos; por su preocupante tendencia a seguir las peores modas en su afán por adoptar una "jerga periodística" que no debería existir.
Bueno, la jerga periodístico-deportiva no tiene vuelta atrás, me temo: son demasiados años de diferenciación y demasiados colegas cultivándola como para pretender siquiera suavizarla. Pero hay numerosas incorrecciones que están conformando una especie de jerga informativa y eso sí creo que estamos a tiempo de pararlo. O estaríamos, si los veteranos no llevaran ya tiempo enfangados en el error y retozando felices en él.
Me refiero, por ejemplo, a esa absurda moda de sustituir el pretérito indefinido (lo aprendí con este nombre, sí) por el pretérito imperfecto del subjuntivo. ¿Por qué les parece a estos pipiolos que se debe decir, pongo por caso, "La policía investiga tal empresa por un presunto fraude y detiene a quien fuera su presidente" y no "a quien fue su presidente"?
O también a faltas de concordancia sencillísimas de corregir... si alguien se lo dijera. Dos ejemplos de un mismo Telediario de hace unos días:
- "Las miles de personas que..." El artículo debe concordar con el nombre al que acompaña y por eso debería ser "los miles", pues ese "los" va con "miles", no con "personas".
- "Una de las que trabajaba con el misionero ha muerto..." El verbo concuerda con el sujeto y en esta frase "una" es sujeto de "ha muerto" pero no de "trabajaba"; este último verbo pertenece a una subordinada cuyo sujeto no aparece, y que sería "(varias personas) trabajaban con el misionero". Quizá se entienda mejor así: "Ha muerto una persona de las varias que trabajaban con el misionero".
A veces la falta de concordancia es resultado del desconocimiento. Quienes piensan que un sustantivo es masculino por el mero hecho de llevar como artículo "el" en vez de "la", cometen errores como el que he oído esta mañana por la radio: "...ha tenido que comprarse su propio arma". "Arma" es sustantivo de género femenino, se dice "el arma" para evitar la cacofonía, pero eso no lo convierte en masculino.
Hay incorrecciones tan extendidas que no sé si se podrán erradicar. En el mismo Telediario al que me refería antes se dijo también: "El cincuenta y un por ciento...". Lo correcto es "cincuenta y uno por ciento". El numeral "uno" se apocopa (o sea, se le quita la o final) solo cuando precede a un sustantivo masculino. No es el caso.
Dos batallas me parecen importantes: la de los acentos y la de los signos de puntuación. Los acentos, me temo, mucha gente los considera opcionales. Pues bien, que os quede claro: NO LO SON. Acabo de leer una entrada en un blog que, aun reconociendo que en las búsquedas de Google no suelen utilizarse, si luego la página a la que accedemos tiene faltas de ortografía la valoramos peor. Por mi parte es absolutamente cierto.
De los signos de puntuación, en particular de las comas, hablaré ampliamente en otro momento, cuando tenga más tiempo, porque hay mucho que decir sobre ello. Hoy me limitaré a enunciar unas pocas normas: los vocativos van entre comas ("Hola, Pepe, ¿cómo estás?"); el sujeto y el predicado NO van separados por coma ("Los padres
Todos estos fallos los cometen los becarios en mayor medida que los periodistas veteranos. Pero la proporción tiende a igualarse porque esos becarios se incorporan a la plantilla de los medios año tras año y, si nadie los ha sacado de sus errores cuando se suponía que estaban formándose, nadie lo hará después.
domingo, 3 de agosto de 2014
Sobre el tiempo
Los seres humanos medimos el tiempo desde siempre, y no solo por la necesidad de predecir las horas de sol y oscuridad, los meses fríos y cálidos, las cosechas o las mareas. Pensamos en términos temporales. Sabemos que el transcurso del tiempo es lo que nos separa de quienes fuimos y de quienes seremos, de los que ya no están y de los que vendrán, de lo que tendremos y lo que perderemos. Sabemos cómo nos cambia el tiempo.Sabemos que o lo usamos o lo perdemos. Y que nunca vuelve atrás.
Tenemos innumerables palabras para designar periodos de distintas longitudes, algunos de duración exacta y otros subjetivos. A menudo son términos de significado variable, porque nuestra percepción del tiempo también lo es.
Decir "espera un momento" es como decir solo "espera"; lo de "momento" viene condicionado por la circunstancia y la persona. Todos conocemos a alguien capaz de tenernos esperando largo tiempo con esa fórmula. O con la de "ahora mismo". Sería más honrado decir "espera un rato" o dentro de un rato" porque, siendo igual de indefinido, se aleja más de "instante".
En el lado opuesto tenemos "eternidad". Es, por ejemplo, lo que se demora aquello que más ansiamos. O lo que se prolonga algo que nos resulta insoportable. Hay visitas al dentista que se hacen eternas, vísperas de vacaciones que se eternizan, aviones que se retrasan una eternidad. Con todo, es una palabra que rara vez suele usarse o entenderse en su sentido literal.
Vayamos con los tiempos medidos. Todos sabemos lo que es "un segundo", salvo que lo empleemos como sinónimo de "un momento". Si alguna vez alguien se lo tomara literalmente cuando le respondemos así, nos sorprendería. Parecido es el caso de "un minuto", parecido pero no igual porque con frecuencia quien nos pide un minuto no tiene intención de que le concedamos o le esperemos mucho más.
"Años" tiene también la vertiente de exageración y la estrictamente real, las dos ampliamente utilizadas. Es un plazo de tiempo que a partir de cierta edad transcurre demasiado deprisa. Al echar la vista atrás encontramos acumulado un buen número de años y muchas de nuestras referencias abarcan más de uno.
El premio a la subjetividad se lo lleva otro plural: "siglos". Fuera de un contexto histórico, "siglos" es absolutamente ambiguo. Expresiones como "hace siglos que no nos vemos" no pueden entenderse de forma literal pero reflejan a la perfección el sentimiento de añoranza y el deseo de reencontrarse.
Estos días mi tiempo se relaja. Dejo el reloj en un cajón y me dejo guiar por el mejor ritmo: el de lo que me apetece. Feliz verano.
Decir "espera un momento" es como decir solo "espera"; lo de "momento" viene condicionado por la circunstancia y la persona. Todos conocemos a alguien capaz de tenernos esperando largo tiempo con esa fórmula. O con la de "ahora mismo". Sería más honrado decir "espera un rato" o dentro de un rato" porque, siendo igual de indefinido, se aleja más de "instante".
En el lado opuesto tenemos "eternidad". Es, por ejemplo, lo que se demora aquello que más ansiamos. O lo que se prolonga algo que nos resulta insoportable. Hay visitas al dentista que se hacen eternas, vísperas de vacaciones que se eternizan, aviones que se retrasan una eternidad. Con todo, es una palabra que rara vez suele usarse o entenderse en su sentido literal.
Vayamos con los tiempos medidos. Todos sabemos lo que es "un segundo", salvo que lo empleemos como sinónimo de "un momento". Si alguna vez alguien se lo tomara literalmente cuando le respondemos así, nos sorprendería. Parecido es el caso de "un minuto", parecido pero no igual porque con frecuencia quien nos pide un minuto no tiene intención de que le concedamos o le esperemos mucho más.
"Años" tiene también la vertiente de exageración y la estrictamente real, las dos ampliamente utilizadas. Es un plazo de tiempo que a partir de cierta edad transcurre demasiado deprisa. Al echar la vista atrás encontramos acumulado un buen número de años y muchas de nuestras referencias abarcan más de uno.
El premio a la subjetividad se lo lleva otro plural: "siglos". Fuera de un contexto histórico, "siglos" es absolutamente ambiguo. Expresiones como "hace siglos que no nos vemos" no pueden entenderse de forma literal pero reflejan a la perfección el sentimiento de añoranza y el deseo de reencontrarse.
Estos días mi tiempo se relaja. Dejo el reloj en un cajón y me dejo guiar por el mejor ritmo: el de lo que me apetece. Feliz verano.
lunes, 28 de julio de 2014
Perderse
En esta época del año somos muchos los que estamos deseando perdernos, en esa acepción de alejarnos de los lugares que frecuentamos habitualmente e ir a parar a otros quizá muy lejanos, quizá solo distintos.
Es una acepción, por cierto, que no aparece en la actual entrada del DRAE del verbo perder y su pronominal perderse. Un verbo con 27 definiciones y media docena de locuciones verbales.
Sí está una muy habitual, la que se refiere a perder el hilo o encontrar dificultad para seguir una explicación (borrarse el tema o ilación de un discurso) pero en el puesto 18, por detrás de algunas actualmente mucho menos usadas como la 17: entregarse ciegamente a los vicios, o la 16: conturbarse o arrebatarse sumamente por un accidente, sobresalto o pasión de modo que no pueda darse razón de sí.
Esto me ha traído a la memoria lecturas de mi infancia y de mi adolescencia. Por un lado, recuerdo personajes de tebeo enfurecidos a los que sus cónyuges o amigos intentaban impedir una reacción violenta diciéndoles: ¡quieto, que te pierdes!
Por otro, unos versos de un querido poeta portuense, José Luis Tejada, capaz de mezclar deliciosamente las expresiones populares y las cultas, y de plasmar en la escritura el acento de su tierra. Decían así:
No digas que nos perdemos,
estamos ya tan perdíos
que ni perdernos podemos.
Siempre imaginé que se los decía un novio de la posguerra a su amada para vencer sus últimas resistencias. Que ella le rogaba: no, por favor, Paco, que nos perdemos, y él replicaba aquello. Todo muy nacionalcatólico, muy antiguo visto desde este siglo XXI.
Ahora no decimos que fulanita es una perdida (jamás he oído ni leído esta expresión en masculino). Sí, en cambio, algo tan despectivo como que menganito está muy perdido, es decir, no se entera de nada y no tiene los conocimientos necesarios. Otra acepción que echo en falta en el DRAE. Porque hay gente muy perdida, y lo peor es cuando ocupa puestos de responsabilidad y tiene que tomar decisiones. Yo lo estoy sufriendo a diario. Por eso tengo tantas ganas de perderme...
Un añadido, una anécdota derivada de este lenguaje tecnológico de nuestros días: un día le dije a un amigo que, cuando viniera a buscarme, me hiciera una llamada perdida al móvil para bajar. En realidad le dije: hazme una perdida. Y respondió: ya me gustaría...
Es una acepción, por cierto, que no aparece en la actual entrada del DRAE del verbo perder y su pronominal perderse. Un verbo con 27 definiciones y media docena de locuciones verbales.
Sí está una muy habitual, la que se refiere a perder el hilo o encontrar dificultad para seguir una explicación (borrarse el tema o ilación de un discurso) pero en el puesto 18, por detrás de algunas actualmente mucho menos usadas como la 17: entregarse ciegamente a los vicios, o la 16: conturbarse o arrebatarse sumamente por un accidente, sobresalto o pasión de modo que no pueda darse razón de sí.
Esto me ha traído a la memoria lecturas de mi infancia y de mi adolescencia. Por un lado, recuerdo personajes de tebeo enfurecidos a los que sus cónyuges o amigos intentaban impedir una reacción violenta diciéndoles: ¡quieto, que te pierdes!
Por otro, unos versos de un querido poeta portuense, José Luis Tejada, capaz de mezclar deliciosamente las expresiones populares y las cultas, y de plasmar en la escritura el acento de su tierra. Decían así:
No digas que nos perdemos,
estamos ya tan perdíos
que ni perdernos podemos.
Siempre imaginé que se los decía un novio de la posguerra a su amada para vencer sus últimas resistencias. Que ella le rogaba: no, por favor, Paco, que nos perdemos, y él replicaba aquello. Todo muy nacionalcatólico, muy antiguo visto desde este siglo XXI.
Ahora no decimos que fulanita es una perdida (jamás he oído ni leído esta expresión en masculino). Sí, en cambio, algo tan despectivo como que menganito está muy perdido, es decir, no se entera de nada y no tiene los conocimientos necesarios. Otra acepción que echo en falta en el DRAE. Porque hay gente muy perdida, y lo peor es cuando ocupa puestos de responsabilidad y tiene que tomar decisiones. Yo lo estoy sufriendo a diario. Por eso tengo tantas ganas de perderme...
Un añadido, una anécdota derivada de este lenguaje tecnológico de nuestros días: un día le dije a un amigo que, cuando viniera a buscarme, me hiciera una llamada perdida al móvil para bajar. En realidad le dije: hazme una perdida. Y respondió: ya me gustaría...
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