lunes, 24 de marzo de 2014

Palabras de ida y vuelta

Las carencias han generado tantas páginas como las tenencias. Son dos circunstancias que nos impelen a comunicarlas, a compartirlas.

Perder a un ser querido, quedarse sin trabajo, ser abandonado por la persona a quien se ama, dejar el hogar, perder la salud... Son cosas de las que no se habla con cualquiera pero se habla. No conozco a nadie que se enfrente a un vacío vital sin expresarlo a alguien a quien considere capaz de una mínima empatía. Necesitamos saber que otro entiende que sufrimos y contiene el dolor que nos desborda.

Si nos faltan las palabras, todo ese sistema de desahogo se desmorona. Y lo mismo ocurre si algo nos impide pronunciarlas. El lenguaje no verbal no es suficiente. Llorar calma, gritar reduce tensiones, romper algo puede resultar un alivio para algunos. Sin embargo, verbalizar los sentimientos es imprescindible para esa especie de exorcismo que nos permite enfrentarnos a la pena y superarla.

Hay profesionales de la escucha, destinatarios a sueldo de nuestras expresiones de confusión, carencia y dolor. Supongo que son necesarios. Supongo que incluso pueden llegar a ser, en su objetividad y su cuidada distancia, más útiles que un oído amigo. Consiguen extraer las palabras que quizá no son más que una nebulosa en unas mentes afligidas.

Pero no dan nada suyo a cambio. No cuentan sus penas, no comparten sus miedos. Preguntan y no responden. Ante seres así, se está siempre en desventaja. Tú eres todo debilidad; ellos, todo fortaleza. Están dispuestos a escucharte hablar de ti sin decir nada de sí mismos.

Las confidencias tienen que ser de ida y vuelta. Si no, no merecen la pena.

viernes, 7 de marzo de 2014

Puntuación

No sé si es desidia, pereza o algo peor: incultura. Prescindir de los signos de puntuación y acentuación tiene ya carácter de epidemia. Y no lo entiendo. ¿Puede alguien pensar que da lo mismo ponerlos que pasar de ellos? Me permito copiaros unas frases de una amistad de FB:

Que verguenza asi jamas se levantara esta empresa.
Habeis probado el cocido que preparan en el restaurante xxx.Es magnifico lo recomiendo.
Magnifico video chicas.Verlo es muy bueno.

Ni tildes ni diéresis ni, por supuesto, comas. Ni un triste signo de exclamación o de interrogación. ¿Se entiende? Supongo que sí. ¿Basta con que se entienda? Para mí, rotundamente no.

Son ejemplos de alguien que escribe para sus amigos: un grupo reducido de destinatarios, un tono coloquial... Pero no me vale la excusa. Porque esas mismas incorrecciones están en los medios de comunicación y en la publicidad.

Anuncios del tipo "No dejes pasar esta oportunidad!" o "No te gustaría?" consagran esa idea de que basta con el signo de cierre de interrogación y exclamación. Demasiados conocidos míos se han apuntado a esa corriente.

Titulares en prensa y televisión como este: "La Bolsa atenta a varios frentes económicos". Sin la imprescindible coma entre "Bolsa" y "atenta", esta última palabra deja de ser adjetivo y se convierte en verbo. Y no creo que quien escribió la frase quisiera decir que la Bolsa estaba atentando contra nada.

O como este: "Mañana en Fukushima". Pero no se pretendía informar de que alguien (Rajoy en este caso) estuviera pasando la mañana en ese lugar, sino de que estaría allí al día siguiente. Otra coma cuya ausencia cambia el significado de la frase.

No hay coma entre sujeto y predicado (con algunas excepciones como que se suprima el verbo, como en el caso que he apuntado más arriba). Los vocativos van entre comas, al igual que los incisos. Las enumeraciones cuyos componentes sean sintagmas que incluyen comas se separan con punto y coma. En las sílabas gue y gui la u es muda y para que no lo sea debe llevar diéresis. Son reglas que aprendí en el colegio, estas y muchas más. Quizá fui la única.

En teoría todos terminamos la educación obligatoria sabiendo leer y escribir, conociendo las normas ortográficas y gramaticales. En la práctica, cada vez se cumplen menos esas normas. Cada vez se escribe peor. Y muchas de las incorrecciones que veo dificultan la comunicación.

Y aunque no lo hicieran, ofenden a la vista. Ver frases como las que escribió en una red social cierto militante de las juventudes de cierto partido me indignan por su contenido y ¡me horrorizan por su forma! ¿Se pueden cometer más faltas en 140 caracteres? Le han llovido críticas por la mentalidad machista y retrógrada de lo que decía, pero se merecería copiar mil veces cada palabra mal escrita y cada regla infringida.

Me estoy poniendo de mala uva, mal plan para un viernes. Aquí lo dejo.

sábado, 1 de marzo de 2014

Mentiras

Hace una semana un programa de televisión contó una versión nueva de unos hechos relativamente conocidos. Era una versión inventada, pero eso no se dijo hasta el final. Mientras tanto, los espectadores más observadores encontraron incoherencias y los más escépticos pusieron en cuarentena el relato. Entre los que lo creyeron, por lo que he leído en las redes, la mayoría se sintieron engañados por alguien en quien confiaban, ofendidos porque les tomaran el pelo o ridiculizados por haber aceptado el relato de buena fe, o todo a la vez.

Para alguien que se dedica a la información o, más específicamente, a la denuncia, es un riesgo pasarse a la ficción sin previo aviso. Sin duda habrá perdido credibilidad entre una parte considerable de su audiencia habitual. Y no sé si le compensa el haberse revelado como un guionista imaginativo.

El lenguaje sirve tanto para narrar los hechos como para inventarlos, para contar verdades como para urdir engaños, para ser sincero como para mentir. Pero como las cosas no son blancas o negras, lo cierto y lo falso no son algo absoluto, tienen matices, interpretaciones, zonas grises. Igual que uno se puede sentir insultado al considerar que le han mentido, el teórico mentiroso puede no tenerse por tal. Puede ofrecer explicaciones, justificar su discurso, aclarar su punto de vista... no siempre con éxito.

Siempre que alguien me ha mentido me he sentido ofendida, lo cual es irrelevante porque tengo una facilidad excesiva para olvidar las ofensas. Pero también me he sentido traicionada, y eso tiene más trascendencia. Es un sentimiento que socava la confianza. Cada mentira que me han dicho en mi vida ha ido arrinconando mi capacidad de confiar, actualmente casi desaparecida.

Y, como creo haber dicho ya alguna vez, me ha hecho odiar ciertas palabras. No es culpa de las palabras sino de quienes las prostituyen.

lunes, 24 de febrero de 2014

Miedos

La vida está llena de miedos. Y a menudo lo que más nos asusta es lo que desconocemos. Identificar, nombrar y describir las cosas nos las hace menos temibles. Si existe una palabra para definir algo es porque otras personas lo han conocido o experimentado antes. El término puede aportar una explicación -intuitiva o científica- o ser solo una constatación del fenómeno, pero aun en este último caso es algo más sólido que el vacío.

Mucha gente siente alivio cuando le diagnostican una enfermedad. El hecho de que su malestar tenga un nombre implica una descripción, otras personas enfermas de lo mismo, cierta idea de qué les espera... Sí, hay quien prefiere no saber ("si es malo no me lo diga, doctor"). Por contra, son millones las personas que aprovechan la accesibilidad de la información en internet para averiguar lo más posible, a veces sin tener una cultura básica con la cual filtrar y valorar.

Me parece absurdo mantener ciertos pensamientos en estado de nebulosa, sin plasmarlos en palabras, por temor. No comparto esa huida de la realidad que es refugiarse en la ignorancia, ese no querer saber si tu patología es grave, si tu pareja te engaña, si tu hijo se droga... como si cerrando los ojos a la verdad se pudiera sufrir menos.

El lenguaje nos ha ayudado a conocer, comprender y actuar. La información es poder, y no solo sobre los demás, como parecen entender algunos leyendo esta máxima. Es poder sobre uno mismo, su futuro y el proceso intermedio. No evitemos hacer preguntas: no es menos doloroso intuir que saber positivamente.

domingo, 16 de febrero de 2014

Mis palabras (3)

Este domingo semisoleado me parece un buen día para haceros partícipes de otras cuantas de mis palabras favoritas. Como sabéis, pueden serlo por su sonido, por su grafía, por su significado, por su etimología o por cualquier otra razón. Empecemos con una bien larga:

- Incertidumbre: El DRAE la define a través del antónimo "certeza", que es la "firme adhesión de la mente a algo conocible, sin temor de errar". La incertidumbre es, por tanto, contraria a esa postura ciega e inamovible y, en cambio, compañera del escepticismo. Este último término me acompaña desde hace tiempo y, curiosamente, hace que me sienta más segura en este universo entrópico (también me encanta la palabra entropía).

- Secreto: Me resulta un arma de doble filo. Tenerlos es un placer; temer que se descubran, una preocupación. Cuando la leo mentalmente siempre suena como un susurro. Va de la mano del silencio y de la penumbra, dos conceptos que me invaden con frecuencia.

- Mirada: Sugiere intención, interés, curiosidad. Ver es algo tan frío como procesar las imágenes en el cerebro y ser consciente de ellas. En el acto de mirar se recogen la subjetividad, el aspecto emocional, la poesía.

- Reflejo, unida por forma y fondo a espejo: Me aleja de la idea de lo absoluto y me introduce en un mundo paralelo, teóricamente secundario, dependiente. A menudo me identifico más con el reflejo que con la realidad. Al fin y al cabo, lo que somos solo se entiende en relación con lo que nos rodea.

- Epatar: un galicismo admitido por la Academia. Algunos de sus sinónimos españoles me fascinan igualmente, como pasmar. Utilizarlos en una época en la que todo es flipar o alucinar te despega de las modas. Adjetivos como pasmado y su hermano pazguato tienen un encanto que no todo el mundo aprecia.

- Descerebrado: es de esas palabras que saboreo cuando las pronuncio, me entretengo al decirlas y termino lanzándolas como quien da un latigazo. De todas formas, la voy sustituyendo cada vez más por anencefálico, que es de uso menos habitual y me proporciona el placer añadido de epatar al destinatario.

Que tengáis un feliz domingo lleno de palabras.

domingo, 2 de febrero de 2014

Ofensas

Leía ayer en Facebook un debate entre miembros de un grupo (del que no formo parte) a raíz de la expulsión de uno de ellos por insultar a otro. En la discusión unos defendían que el debate debe admitir cierto grado (bastante amplio, parecía) de agresividad verbal entre los participantes pues lo contrario sería descafeinarlo o incluso censurarlo. En aras de la libertad de expresión, consideraban un deber de los participantes soportar esa agresividad.

Los argumentos me sonaban: eran los mismos que he leído en otro foro en el que sí intervengo. Los partidarios de los intercambios sin reglas contra los que exigen unas mínimas normas de respeto y cortesía. Los primeros califican de mojigatos de piel demasiado fina a los segundos, quienes a su vez reniegan de la falta de educación de los primeros y de cómo vuelven innecesariamente hostil el ambiente en ese espacio común.

Los, llamémosles, "ofensivos" y los, digamos, "respetuosos" se han atribuido mutuamente la intención de descalificar los argumentos contrarios por las formas y no por el contenido. Unos y otros se han agrupado, hasta el punto de formar dos bandos con poca voluntad de conciliación, por lo que parece.

¿Quién puede decidir cuándo debe o no darse por ofendida una persona por lo que digamos? Esto me trae a la memoria varios debates. Uno: el de los términos con que calificar a determinados grupos de personas. Yo viví, en concreto, las primeras reclamaciones de discapacitados que exigían ser llamados "personas con capacidades diferentes", una aspiración que a otros resultaba ridícula. Dos: el del uso del masculino para englobar a los dos géneros o, más concretamente, a los dos sexos (no he oído a nadie quejarse ante frases como "los postres y las bebidas están excluidos del precio del menú").

Y llego al motivo de esta entrada: ¿hay palabras objetivamente ofensivas o la ofensa depende de cuestiones subjetivas como la intención de quien habla y la percepción de quien escucha? Probablemente las dos cosas.

Me niego a decir "¿estamos todos y todas?" por el hecho de que a una mujer del grupo le parezca excluyente y discriminatorio el "todos". Me niego a decir que una compañera de trabajo sorda tiene "capacidades distintas". Pero me niego también a que algún prepotente atribuya mi exigencia de respeto formal a ñoñería o a incapacidad de aceptar las críticas. Demasiado matón, fanfarrón y tirano ha tenido una que soportar como para admitirlos también en la vida privada.

Quizá mi educación me ha hecho despreciar a los que tienen facilidad para insultar, a los que aúnan el ingenio necesario para soltar pullas con la insensibilidad y la falta de empatía. Quizá mi profesión me ha hecho sobrevalorar la amabilidad y el respeto en las relaciones humanas. Quizá simplemente me da pereza responder a los que manejan un vocabulario con más palabras ofensivas que elogiosas.

Pero, claro, una nunca sabe qué amarguras, qué vacíos vitales esconden en el fondo quienes prefieren ser conocidos por su lengua venenosa.

sábado, 25 de enero de 2014

Hablar sin saber (3)

Hace un par de días una de mis nuevas compañeras de trabajo me arrancó una carcajada al responder a un comentario mío con la siguiente frase: "Como decía Lola Flores: no lo podemos evitar, lo llevamos en los gérmenes".

Yo tengo una lista de expresiones y palabras mal empleadas que despiertan la hilaridad. Ya mencioné algunas en anteriores entradas. Al hablar de ello el otro día, los compañeros empezaron a proveerme de muchas que no conocía. Y no solo eso: me informaban del responsable del error. "Una amiga de mi madre decía: os voy a contar una cosa aquí, en Pekín comité"; o "El otro día encontré anisakis en la lenguadina que nos pusieron en el comedor, lo comenté y se enteró todo el mundo; luego oí decir a una compañera que el pescado tenía tiquismiquis".

La mejor, para mi gusto, fue esta: "¿Qué me dices?, me dejas putrefacta". La descomposición mental de la estupefacción hasta degenerar en podredumbre, pensé entre risas. Aunque no se queda atrás esta otra: "Tengo que cambiar los pómulos de las puertas".

A cambio les regalé algunas de las mías. Enderezar la ensalada, sufrir un cólico frenético, tomarse una aspirina fluorescente, rascarse las vestiduras, llevar una vida sedimentaria, tener un cuchillo de acero inexorable, llover más que cuando el Danubio universal o esperar a que el médico de Orense firme la defunción y la Guardia Civil levante apestado del accidente. También me gustan las frases que implican no ya confundir una palabra sino liar varias: "no lo sé, ni falta que me importa", "yo sin en cambio preferiría otra cosa"...

Tengo mis dudas de si las burradas que voy recopilando son genuinas o están inventadas por personas ingeniosas. En cualquier caso, todas estas y muchas más hicieron pasar un buen rato a los alumnos del primer curso de lenguaje para periodistas que impartí hace años, muchos años, cuando apenas había programas de televisión dedicados a que se insultaran entre sí unos cuantos indocumentados.

No estaría mal volver a dar ese curso...