miércoles, 18 de mayo de 2022

Enfermedad

He dado positivo en covid cuando la inmensa mayoría de las personas de mi entorno ya han pasado la enfermedad. No todas han tenido los mismos síntomas ni la misma gravedad. Desde luego, el estar vacunada hace que afronte estos días sin miedo a acabar intubada en una UCI, y eso ya es mucho.

Quienes me han precedido en el contagio han usado al contarme sus sensaciones palabras como dolor, tos, cansancio, fiebre, malestar... Así pues, sabía lo que me esperaba desde el momento en que el test dio positivo, ayer por la mañana. Luego ocurren cosas inesperadas.

Por ejemplo, esos ramalazos de dolor al mover el cuello con los ganglios inflamados desde detrás de las orejas hasta las clavículas. O, cuando me subió más la fiebre, la sensación de que me ardían los ojos y se me querían salir de las órbitas. O el escozor en las fosas nasales.

Y está el aspecto anímico, no tan fácil de describir con palabras. La enfermedad nos hace a todos sentirnos vulnerables y aislados. Lo que estás sufriendo, lo sufres tú solo, independientemente de la empatía de los demás y sus ofrecimientos de ayuda. La fiebre te envuelve el cerebro en una nube de irrealidad. Los pensamientos toman el cariz de las pesadillas y los sentidos transmiten percepciones extrañas. Te preguntas: ¿qué me está pasando exactamente?

Los médicos de atención primaria no te explican eso, no tienen tiempo y seguramente ni siquiera se plantean que necesites saber. Yo me sentiría mejor si alguien se sentara a mi lado y me fuera describiendo el mecanismo fisiológico de cada síntoma. Y, puestos a pedir, me encantaría filosofar con alguien sobre esta sensación de impotencia, este miedo repentino a la vejez y a la incapacidad.

Un abrazo a todos los enfermos del mundo, en especial a los que no tienen un horizonte cercano de mejora.

jueves, 14 de abril de 2022

Mentiras

A todos nos han engañado alguna vez, no lo neguéis. Quizá no hayáis caído en engaños grandes (estafas, por ejemplo) pero sin duda sí en los pequeños. Me refiero a esos en los que las palabras suenan creíbles, refieren situaciones normales y no disparan alertas.

Un compañero puede pedirte que le hagas su turno porque tiene dolor de espalda o al niño con fiebre. Una amiga te anula una cita a última hora porque el coche la ha dejado tirada o el trabajo se le ha complicado. Alguien te da un motivo admisible para no entregar una tarea en el plazo convenido o para no llamarte por teléfono pese a haberlo anunciado.

Y a menudo será cierto, pero tenéis que reconocer que puede no serlo, incluso que vosotros mismos habéis recurrido a alguna mentira de ese tipo: os resultaba más fácil, más conveniente, os daba menos vergüenza o menos problemas que la sinceridad.

Hay quien escoge bien las palabras para no verse pillado en un renuncio. Hay quien, por el contrario, olvida la excusa y, como su actuación posterior es incoherente con ella, se descubre. Y luego está quien cree tener todos los cabos atados pero ha dejado montones de rendijas por las que se cuela la verdad. (Bueno, también están los que optan por el silencio, por no dar explicaciones y hacer como si no pasara nada, pero eso suele ser insostenible en el tiempo.)

¿Qué cara se os queda entonces? Me refiero tanto a si sois autores como víctimas del engaño. Cuando ves, o te ven, en un sitio donde teóricamente no ibas a estar, cuando en una conversación se escapa el relato real y es contradictorio con la explicación dada...

A veces hay consecuencias serias, como una sanción en el trabajo o la ruptura de una relación o una amistad. Otras lo que se genera es una pérdida de confianza. Tal vez el cariño mutuo o la irrelevancia del engaño eviten o al menos diluyan la sensación de tomadura de pelo. Pero incluso en este último caso, si la insinceridad se repite, quien la sufre puede sentirse despreciado y desarrollar un resentimiento y una desconfianza permanente.

Todos decimos alguna mentira alguna vez. No las uséis para hacer daño ni para humillar. Las palabras importan. 

sábado, 2 de abril de 2022

Multicomunicación

La mayoría de quienes me estéis leyendo tendréis a mano habitualmente un número considerable de formas distintas de comunicación instantánea. Muchas, seguro, concentradas en un teléfono móvil que viene a ser un ordenador con conexiones de distinto tipo: por línea telefónica y de datos, wifi, bluetooth...

Mi trabajo depende de que esas comunicaciones estén activas. Y eso no fue una novedad generada por el inicio de la pandemia y la extensión del teletrabajo. Yo ya trabajaba desde antes con personas localizadas en una docena de países diferentes y con gente que, en mi mismo centro de trabajo, no tenía a la vista; la pandemia solo añadió a esa lista las personas que desarrollaban sus tareas desde casa o desde edificios a los que no podía acceder yo.

Tengo un teléfono móvil con dos tarjetas SIM, unas cuantas aplicaciones de mensajería instantánea desde las que también se puede llamar o videollamar o enviar notas de voz, otras para videochat, y el casi desterrado SMS, un último recurso a veces muy útil. Todo eso está activo siempre. Además, en mi mesa de trabajo hay un teléfono fijo desde donde puedo capturar las llamadas que se reciben en otra media docena de terminales cercanos, y eso se añade a lo anterior desde el primer minuto de mi jornada laboral presencial. En ese momento, activo en la pantalla del ordenador todas las conexiones posibles del móvil, las del sistema de comunicación interno de mi empresa y las cuentas de correo. Eso me abre la posibilidad de establecer comunicación por una docena de vías.

En un día tranquilo puedo hacer o recibir dos docenas de llamadas por teléfono fijo, una decena por el móvil, casi las mismas por llamada de whatsapp, intercambiar mensajes y/o notas de voz a través de entre diez y veinte chats individuales o de grupo y escribir o leer un buen puñado de frases en el programa interno. No es raro que mientras hablo por el móvil me salten notificaciones de mensajes o entre a la vez una llamada de whatsapp, o suenen uno o dos teléfonos fijos.

¿Y sabéis lo más curioso? Que toda esa comunicación con toda esa gente es imprescindible para mi trabajo pero también me obliga a interrumpirlo constantemente. Me digo a mí misma que cada uno de mis interlocutores está en su lugar de trabajo, a cuarenta metros o a cuatro mil kilómetros, y necesita informar, consultar, resolver una duda, pedir una confirmación, comunicar un problema... o simplemente desahogarse. Nadie tiene por qué saber, si no se lo digo yo, cuándo estoy desbordada y no puedo hacerles caso de inmediato. Ante eso opto por pedirle a quien tengo al teléfono que espere un segundo, coger el otro y decir: estoy con otra llamada, te llamo en cuanto pueda; por responder a un whatsapp con un: dame unos minutos que ahora me es imposible leer/escuchar tu mensaje; o por dejar las respuestas para cuando pueda, sin dar explicaciones, que es lo que menos me gusta pero a veces lo único viable.

No concibo cómo sería posible coordinar el trabajo de tanta gente sin tantas vías de comunicación. Sé que se hacia antes de que existieran, pero eran otros tiempos: era cuando la inmediatez no nos parecía necesaria; cuando, si alguien no te localizaba al instante, no se preocupaba ni se molestaba.

Hay personas con las que hablo o me mensajeo a diario pero llevamos sin vernos en persona meses o años. En estos casos, la tecnología te acerca. Y solo cuando me cojo vacaciones y desactivo todo me doy cuenta de que también te esclaviza.

También, aparte del trabajo, hay quien lo desactiva todo de repente. O desactiva la comunicación contigo en particular. Tendrá sus razones, y sería de agradecer que las diera a conocer. Porque hay silencios que rompen lazos y se vuelven definitivos.


lunes, 8 de julio de 2019

Sin filtros

El manejo de las palabras es algo en lo que nos vamos formando y entrenando desde que nacemos. Parecería una habilidad que se va perfeccionando sin descanso a lo largo de nuestra vida. Pero estoy convencida de que en la mayoría de los casos no es así, de que el aprendizaje se frena en algún momento y nos quedamos estancados.

Ciertamente hay oficios, como el de escritor, el de negociador o el de redactor de discursos, que requieren un dominio no solo del lenguaje sino de todo lo que rodea su expresión, con el objetivo de minimizar los fallos. Y ejercitarlo y mejorarlo cada día.

Sin embargo, para los no profesionales, en principio con manejarse y entenderse es suficiente. Quizá ahí el problema sea la percepción de lo que es manejarse y, sobre todo, de lo que es entenderse.

La sinceridad, algo de lo que soy partidaria, es un campo de minas si las partes no saben comprenderse y hacerse entender. Obstáculos como las diferencias de base o la falta de contexto pueden impedir esa comprensión.

Y luego está lo que las palabras expresadas sin filtros o sin reflexión revelan de nuestro auténtico pensamiento. Comentarios que lo retratan a uno como liberal o como intolerante, como insensible o como empático, como egoísta o como generoso. A veces, las afortunadas, una frase dicha sin pensar te puede revelar, por ejemplo, que le importas a alguien más de lo que pensabas. En cambio, la crudeza de otras puede hacerte entender que un interlocutor aparentemente amable, en el fondo te desprecia.

Alguna vez he pensado que había alcanzado un cierto dominio de la comunicación verbal. Ya he descartado esa estúpida creencia.  

lunes, 10 de junio de 2019

No se las lleva

Como la realidad no se para, muchos dichos de los de toda la vida, de esos que nos parecían verdades inamovibles, pierden sentido. Por ejemplo, hoy en día nadie afirmará categóricamente que las palabras se las lleva el viento. No hay más que pensar en la extendida afición a enviar mensajes de voz, pongo por caso.

Una de las precauciones que cualquier asesor recomienda tomar a cualquier candidato a político o cargo público es revisar sus comentarios en redes sociales y borrar todo lo susceptible de generar rechazo o crítica, incluso borrarlo todo si el aspirante en cuestión ha sido de los que sacan la lengua a pasear sin correa. A los candidatos a puestos de trabajo se les aconseja igualmente revisar sus perfiles antes de presentar la solicitud, puesto que los responsables de recursos humanos no dejarán de echarles un vistazo para hacerse una idea más completa de la personalidad del aspirante (y menos maquillada que la del currículum). Conozco también algún caso de amor contrariado que se traduce en borrado masivo de mensajes, fotos y megustas .

Las palabras no se las lleva el viento porque nos morimos por ponerlas en soportes permanentes. Las escribimos, las grabamos en formatos de audio o vídeo, y las compartimos con personas que las descargan y archivan. Los que tenéis ya una edad, ¿recordáis lo que os dijo vuestra pareja al inicio de la relación? Los adolescentes no necesitan recordarlo, lo tienen en el whatsapp, en el facebook o donde sea.

He estado escuchando las palabras de alguien que hace tiempo me prometió estar a mi lado mientras yo quisiera. Yo sigo queriendo, pero él ya no. No voy a enviarle su mensaje de voz con aquella promesa. La gente tiene derecho a cambiar de sentimientos y pedir que se la libere de sus compromisos. Pero tendríamos que replantearnos todos esta ligereza al contraerlos, porque las palabras ya no se las lleva el viento.

jueves, 28 de junio de 2018

Transcripciones

Hace años, dando clase a alumnos de Secundaria como práctica docente del CAP, les recomendé que grabaran una conversación, la transcribieran y le dieran a leer ese texto a una tercera persona. Si ésta conseguía captar el tono, las vacilaciones y otras características de la charla además del significado, sería que la habían transcrito bien. Mi intención era mostrarles que todos los signos de puntuación, incluso los de uso menos frecuente, son necesarios en algún momento. La sugerencia fue un fracaso, lamento decir. Los alumnos tenían el recuerdo de la conversación y les pareció que unos puntos y alguna que otra coma bastaban para reflejarla perfectamente. Nada de puntos suspensivos, punto y coma, signos de exclamación o interrogación, guiones o rayas, paréntesis, comillas o cursivas. Y sí, para empeorar las cosas, muchas faltas de ortografía. Recuerdo haber pensado: ninguno de estos podrá ser periodista, traductor ni mucho menos editor.

Los periodistas entrevistamos a personas de diferente formación, nivel cultural, procedencia geográfica... Si la entrevista se difunde en un medio escrito, una vez grabada la transcribe habitualmente el propio periodista, a quien corresponderá reflejar lo mejor posible la personalidad de su interlocutor y todos los aspectos no verbales relevantes que formaran parte de la conversación. Otra posibilidad es que las preguntas se hayan formulado por escrito y se reciban las respuestas del mismo modo. Si es así, lo obligado es respetar la literalidad y el estilo (aunque corrigiendo posibles ambigüedades así como, de haberlas, las faltas ortográficas).

Hace unos días vi en la versión digital de un periódico de prestigio una entrevista con errores de puntuación, faltas de ortografía y erratas, además de alguna palabra mal escrita que revelaba desconocimiento sobre el tema tratado. Lo más grave, en mi opinión, era que esos errores aparecían en las respuestas, es decir, en boca del científico entrevistado. Por las expresiones de él, claramente de un discurso oral, se adivinaba que la entrevista había sido una conversación. Por tanto, los fallos eran achacables a quien la hubiera transcrito (y a quien revisara el resultado final, si es que alguien lo hizo). Pero para el lector era el entrevistado quien decía "derrepente" (en vez de "de repente"), "hay sí que comíamos" ("ahí"), "edulcolorantes" ("edulcorantes") o "mucho agua" (en este caso él decía solo "beber mucho" y lo de "mucho agua" en vez de "mucha" aparecía entrecomillado en un ladillo, una frase suelta que se destaca).

Confío en que la mayoría de los lectores atribuyeran los errores a la periodista. Pero alguno pudo culpar a su interlocutor. Y eso es algo que un medio jamás debería permitir

lunes, 12 de marzo de 2018

Trasladar

Me temo que el apartado de modas me va a inspirar muchas entradas en este blog. Como dije en la anterior, los periodistas nos apuntamos en seguida a las modas en el lenguaje, sobre todo si las inician y/o difunden los políticos. Una de esas modas ha hecho ominpresente el verbo trasladar con un significado distinto de las cinco acepciones que consigna el DLE . En el uso al que me refiero ya no implica cambio de lugar, puesto, fecha o idioma, sino que se utiliza como sinónimo de expresar, informar, comunicar, transmitir... por supuesto, eliminando todas estas palabras del vocabulario del periodista como una especie invasora desplaza o aniquila a otra autóctona.

Pondré como ejemplo algunas informaciones recientes. El domingo se encontró el cadáver de un niño desaparecido hacía casi dos semanas en una localidad del sureste de España. En la búsqueda habían participado la Guardia Civil, policía, familiares y vecinos. El ministro del Interior habló ante los medios de comunicación y recurrió al verbo trasladar dos veces en apenas 25 segundos: "He hablado con Patricia, la madre del pequeño Gabriel, después de que la Guardia Civil le trasladara el terrible desenlace de la investigación que ellos estaban llevando, y le he trasladado el más profundo dolor y conmoción del Gobierno de España y de todos los españoles por la triste pérdida que acaban de sufrir..."

La Guardia Civil informa a la madre y el ministro expresa a esta sus condolencias. No sé cuándo empezamos a sustituir esos verbos por trasladar pero la moda actúa como una avalancha y barre hasta la saludable costumbre de buscar sinónimos para no repetir una palabra en la misma frase.

Y los medios de comunicación echan mano del término no solo al reproducir las declaraciones sino también en frases propias. "Se ha convocado un pleno extraordinario [del ayuntamiento] para trasladar el pésame a la familia".

Otros ejemplos de la omnipresencia de trasladar: "...el documento que Junts per Catalunya y Esquerra han trasladado a la CUP para alcanzar un acuerdo de legislatura..."; "Albert Rivera les ha trasladado [a los padres de Diana Quer y Mari Luz Cortés] que no van a apoyar la derogación de la prisión permanente revisable hasta que se pronuncie el Tribunal Constitucional"; "...youtubers e instagramers trasladan modelos y mensajes..."; ..."la lista de exigencias que la plataforma xxx ha trasladado a las autoridades..." Son ejemplos tomados de tres medios generalistas (TVE, El País, El Mundo) en las últimas 72 horas, pero hay muchos más.

Invito a reflexionar sobre este uso automático de palabras de moda sin tener en cuenta su significado, su pertinencia ni la existencia de términos más adecuados.