Una de mis frustraciones es comprobar el bajo nivel de conocimientos gramaticales, ortográficos, etimológicos y de vocabulario de personas de quienes espero un mejor uso del lenguaje. Me refiero, claro, a mis compañeros de profesión, los periodistas, especialmente los que tienen responsabilidades editoriales.
En los medios siempre se han visto faltas de orotografía y de puntuación, errores de concordancia, de conjugación... Pero diría que ahora se producen más que nunca. ¿Por qué?
Uno de los motivos es la prisa. En programas en directo en televisión o en medios digitales a veces se escribe un rótulo o un titular con la presión de la inmediatez y se publica sin releerlo. Así salen sin corregir lo que a menudo son fallos al teclear (una b por una v, una m por una n, un punto por una coma, la falta de alguna mayúscula, palabras pegadas...). No tengo ninguna duda de que siempre es preferible perder unos segundos en repasar lo escrito a publicarlo o emitirlo con erratas.
A veces cabe la duda de si la causa ha sido la prisa o la ignorancia, es decir, de si se trata de una errata o de un error. Por ejemplo, ayer una noticia del Telediario matinal de TVE llevaba este rótulo "Una abeja de miel absorviendo el néctar de una flor". Dejando aparte la cuestionable necesidad de ese "de miel" (que en realidad debería ser "de la miel") en ese contexto, vayamos a lo grave: escribir el verbo "absorber" con v. He comprobado que no era una errata mirando el texto de la noticia y el de la nota de agencia en que se basaba: esta iba con b pero quien redactó la del TD cometió, en el texto y en el rótulo, un error que sin duda comete siempre. ¿Cómo puede alguien ver una palabra bien escrita y escribirla mal a continuación? ¿Y cómo se puede persistir, teniendo ya una edad, en una falta de ortografía en una palabra de uso habitual?
Es un ejemplo, no un caso aislado. Veo errores constantes y me frustra comprobar que quienes los cometen ni siquiera tienen dudas: no preguntan ¿esto se escribe así o asá?, no dedican diez segundos a consultar la palabra en la web de la RAE. Y me frustra más aún que nadie, viendo el error, lo corrija.
En los próximos días pretendo comentar, en sucesivas entradas, mi opinión sobre las causas de lo que considero una inaceptable falta de rigor lingüístico en los medios de comunicación.
viernes, 28 de julio de 2017
miércoles, 15 de febrero de 2017
Factor
Mis abuelos fueron, uno, empleado de Correos, y el otro, de Renfe. Podríais pensar que, dado su trabajo en dos de las principales empresas de la época relacionadas con las comunicaciones, influyeron en que me decidiera a ser periodista, pero ya os digo yo que no porque a uno no lo conocí y con el otro solo tuve algún trato en mi infancia. Sin embargo, recuerdo perfectamente la profesión de este último porque mi madre la mencionaba a menudo: fue factor.
La poca agilidad del Diccionario de la Real Academia hace que esa, la ferroviaria, sea la primera acepción de esta palabra y no cualquiera de las que me esperaba. "Elemento o causa que actúa junto con otros" es la tercera y "Cada una de las cantidades o expresiones que se multiplican para obtener un producto" es la sexta; incluso "Persona que hace algo" es la segunda. Pero la primera, atención, la primera es: "En las estaciones de ferrocarril, empleado que se ocupa de la recepción, expedición y entrega de los equipajes y mercancías". Sí, en la época en que la mayoría de los españoles no ha visto nunca un tren de mercancías, si uno busca "factor" en el DRAE, aprenderá que existe tal ocupación.
Aunque peor es lo mío: si lo que buscas es "periodista", la primera acepción es "Persona legalmente autorizada para ejercer el periodismo". Como en la dictadura. De lo que ha pasado después, se entera uno mirando más abajo.
La poca agilidad del Diccionario de la Real Academia hace que esa, la ferroviaria, sea la primera acepción de esta palabra y no cualquiera de las que me esperaba. "Elemento o causa que actúa junto con otros" es la tercera y "Cada una de las cantidades o expresiones que se multiplican para obtener un producto" es la sexta; incluso "Persona que hace algo" es la segunda. Pero la primera, atención, la primera es: "En las estaciones de ferrocarril, empleado que se ocupa de la recepción, expedición y entrega de los equipajes y mercancías". Sí, en la época en que la mayoría de los españoles no ha visto nunca un tren de mercancías, si uno busca "factor" en el DRAE, aprenderá que existe tal ocupación.
Aunque peor es lo mío: si lo que buscas es "periodista", la primera acepción es "Persona legalmente autorizada para ejercer el periodismo". Como en la dictadura. De lo que ha pasado después, se entera uno mirando más abajo.
lunes, 6 de febrero de 2017
Nombres
Una de las primeras palabras que aprendemos a distinguir y reconocer es nuestro nombre. En cuanto comprendemos que ese conjunto de fonemas en boca de nuestros padres y hermanos nos representa, empezamos a identificarnos con él. Diría que llegamos a ser él, porque si alguna palabra somos, es nuestro nombre, ya sea el que nos dieron al nacer, un hipocorístico, un apodo cariñoso que nos aplicaron, el seudónimo o el nombre artístico que elegimos en un momento dado, o todos ellos (o en algunos casos un nombre de pila con el que decidimos sustituir al que percibimos como impuesto y tal vez hemos llegado a odiar).
Elegimos identificarnos con uno o, más bien, varios nombres y nos gustaría escoger también quién puede usarlos y cómo, dar o negar a los demás el derecho a dirigirse a nosotros de usted o de tú, con nuestro nombre o con diminutivos, formas abreviadas, apodos familiares, etc. Y no siempre puede ser, especialmente en el caso de muchos personajes públicos. Por hablar de lo que mejor conozco, los periodistas hemos dejado de llamar "señor" o "señora" a la mayoría de las personas a quienes nos dirigimos (se salvan algunas autoridades con título o tratamiento oficial), y no son pocos quienes tratan a los protagonistas de sus noticias con familiaridad más propia de un amigo íntimo, usando apelativos que quizá a ellos les agradaría limitar al ámbito privado... o quizá no.
En cuanto a nuestro nombre y apellidos tal como constan en el registro, son nuestra identidad oficial como personas, ciudadanos, hijos, padres, estudiantes, trabajadores, sujetos de derechos y obligaciones... y, en consecuencia, cualquiera puede llamarnos así. Por eso para las personas transexuales o transgénero resulta tan importante que, como ya es posible en algunos países, la ley les permita cambiar en el registro su nombre y su sexo.
Siempre me ha hecho gracia que a menudo recordemos el nombre y los dos apellidos de nuestros compañeros de colegio muchos años después de haber terminado los estudios. En las clases se pasaba lista (ignoro si se sigue haciendo) para comprobar la asistencia, en los exámenes orales se nos iba convocando por el nombre completo, lo mismo al dar las notas... Terminabas el curso sabiéndote de memoria la lista en orden alfabético.
Y, claro, sabías también su año de nacimiento, el centro donde habían estudiado, a menudo los nombres de sus hermanos... No es extraño que ahora antiguos compañeros de colegio o de universidad se localicen por medio de las redes sociales, el equivalente moderno del listín telefónico aumentado y mejorado. Y con fotos.
Elegimos identificarnos con uno o, más bien, varios nombres y nos gustaría escoger también quién puede usarlos y cómo, dar o negar a los demás el derecho a dirigirse a nosotros de usted o de tú, con nuestro nombre o con diminutivos, formas abreviadas, apodos familiares, etc. Y no siempre puede ser, especialmente en el caso de muchos personajes públicos. Por hablar de lo que mejor conozco, los periodistas hemos dejado de llamar "señor" o "señora" a la mayoría de las personas a quienes nos dirigimos (se salvan algunas autoridades con título o tratamiento oficial), y no son pocos quienes tratan a los protagonistas de sus noticias con familiaridad más propia de un amigo íntimo, usando apelativos que quizá a ellos les agradaría limitar al ámbito privado... o quizá no.
En cuanto a nuestro nombre y apellidos tal como constan en el registro, son nuestra identidad oficial como personas, ciudadanos, hijos, padres, estudiantes, trabajadores, sujetos de derechos y obligaciones... y, en consecuencia, cualquiera puede llamarnos así. Por eso para las personas transexuales o transgénero resulta tan importante que, como ya es posible en algunos países, la ley les permita cambiar en el registro su nombre y su sexo.
Siempre me ha hecho gracia que a menudo recordemos el nombre y los dos apellidos de nuestros compañeros de colegio muchos años después de haber terminado los estudios. En las clases se pasaba lista (ignoro si se sigue haciendo) para comprobar la asistencia, en los exámenes orales se nos iba convocando por el nombre completo, lo mismo al dar las notas... Terminabas el curso sabiéndote de memoria la lista en orden alfabético.
Y, claro, sabías también su año de nacimiento, el centro donde habían estudiado, a menudo los nombres de sus hermanos... No es extraño que ahora antiguos compañeros de colegio o de universidad se localicen por medio de las redes sociales, el equivalente moderno del listín telefónico aumentado y mejorado. Y con fotos.
martes, 17 de enero de 2017
Letra
Si guardáis algún cuaderno escolar de vuestra infancia podréis ver la evolución de vuestra letra, que seguramente empezó pareciéndose a la de las cartillas y terminó... a saber cómo; si habéis tomado apuntes durante el tiempo suficiente, ahora no se asemejará en nada a aquellos primeros escritos.
Tomar apuntes solía ser un cursillo acelerado de abreviaturas y siglas además de una lección magistral de síntesis. Después de, por ejemplo, una carrera entera escribiendo así se necesitaba un cierto tiempo para volver a la normalidad. Ignoro si ahora son mayoría los que toman notas en sus ordenadores o tabletas, o incluso los que se limitan a apuntar referencias que más tarde buscarán. Lo de tomar notas como profesión, lo que hacemos los periodistas, está evolucionando y coexisten los del bolígrafo y cuaderno con los del portátil y hasta con los que dictan a un programa de reconocimiento de voz.
Lo cierto es que cada vez se conoce menos la letra de otros. Seguramente reconocemos la de las personas de nuestra familia pero ¿la de quién más? Hay compañeros de trabajo que solo se han comunicado por escrito a través del correo electrónico y del whatsapp. A veces resulta una sorpresa encontrarse una nota manuscrita, puesto que solemos estar localizables en todo momento por el teléfono móvil, y en esos casos no siempre sabemos quién nos la ha dejado. Bueno, nos queda la opción de descubrirlo por el estilo, aunque es algo en lo que no todo el mundo se fija.
Me acabo de topar con algo escrito por mi padre. Hace más de cinco años que murió y ver su letra me ha llenado de nostalgia. Tenía una letra preciosa, muy personal, inconfundible. No sé cómo llegó a ella, si le salió así sola o la cultivó. Mi propia letra no me gusta mucho. Pero cada vez importa menos, porque apenas la ve nadie.
Tomar apuntes solía ser un cursillo acelerado de abreviaturas y siglas además de una lección magistral de síntesis. Después de, por ejemplo, una carrera entera escribiendo así se necesitaba un cierto tiempo para volver a la normalidad. Ignoro si ahora son mayoría los que toman notas en sus ordenadores o tabletas, o incluso los que se limitan a apuntar referencias que más tarde buscarán. Lo de tomar notas como profesión, lo que hacemos los periodistas, está evolucionando y coexisten los del bolígrafo y cuaderno con los del portátil y hasta con los que dictan a un programa de reconocimiento de voz.
Lo cierto es que cada vez se conoce menos la letra de otros. Seguramente reconocemos la de las personas de nuestra familia pero ¿la de quién más? Hay compañeros de trabajo que solo se han comunicado por escrito a través del correo electrónico y del whatsapp. A veces resulta una sorpresa encontrarse una nota manuscrita, puesto que solemos estar localizables en todo momento por el teléfono móvil, y en esos casos no siempre sabemos quién nos la ha dejado. Bueno, nos queda la opción de descubrirlo por el estilo, aunque es algo en lo que no todo el mundo se fija.
Me acabo de topar con algo escrito por mi padre. Hace más de cinco años que murió y ver su letra me ha llenado de nostalgia. Tenía una letra preciosa, muy personal, inconfundible. No sé cómo llegó a ella, si le salió así sola o la cultivó. Mi propia letra no me gusta mucho. Pero cada vez importa menos, porque apenas la ve nadie.
lunes, 3 de octubre de 2016
Nostalgia
Lo que llegamos a guardar en una palabra...
La primera vez que telefoneé a la radio para entrar en directo, el técnico de sonido me llamó por un diminutivo cariñoso para calmarme un poco los nervios. Era el mismo nombre por el que solo me llamaba mi hermano mayor. Yo estaba lejos de mi casa y de mi familia, trabajando por primera vez en otra ciudad. Habría abrazado a aquel chico. Nunca supo que por un segundo me había llevado de vuelta a casa.
Mi padre tenía un mote para mí. Solo lo usó siendo yo chiquitina. Luego de vez en cuando lo desempolvaba. Desde que no está, solo queda en mi memoria. Nadie me volverá a llamar así.
Mi primer amor también eligió un modo personal de llamarme. Los nombres que asocias a una sola persona se convierten en pequeños gatillos que disparan recuerdos cada vez que los oyes o los lees.
He dicho adiós tantas veces... La última todavía me duele. Lo que más echo de menos de las personas es hablar con ellas.
La nostalgia no es una presencia constante. Se esconde en los bolsillos, en las fotos, las páginas de los libros, las canciones, los olores y, sobre todo, en las palabras. Tiene querencia por aquellos que no esperamos mucho del futuro. Se asoma cuando sabe que el ánimo le es propicio. Rara vez aparece desgarrada por el dolor o teñida de arrepentimiento. Lo habitual es que se muestre como un rincón cálido y acogedor donde te reencuentras con los trocitos de ti que fueron quedando atrás mientras avanzabas en la vida.
Se puede echar de menos algo o a alguien y saber que perderlo entra en el transcurso normal de las cosas; saber que la vida sigue, que te puede ir igual de bien o de mal sin ello. No quiero volver atrás, no es cierto que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Avanzar no es incompatible con recordar con cariño ni con echar de menos.
Una brizna de nostalgia se me coló en twitter el otro día. No era la primera vez, pero sí la primera en que algunos nos enredamos hablando de ello.
Y aquí estamos hoy, poniéndolo por escrito.
La primera vez que telefoneé a la radio para entrar en directo, el técnico de sonido me llamó por un diminutivo cariñoso para calmarme un poco los nervios. Era el mismo nombre por el que solo me llamaba mi hermano mayor. Yo estaba lejos de mi casa y de mi familia, trabajando por primera vez en otra ciudad. Habría abrazado a aquel chico. Nunca supo que por un segundo me había llevado de vuelta a casa.
Mi padre tenía un mote para mí. Solo lo usó siendo yo chiquitina. Luego de vez en cuando lo desempolvaba. Desde que no está, solo queda en mi memoria. Nadie me volverá a llamar así.
Mi primer amor también eligió un modo personal de llamarme. Los nombres que asocias a una sola persona se convierten en pequeños gatillos que disparan recuerdos cada vez que los oyes o los lees.
He dicho adiós tantas veces... La última todavía me duele. Lo que más echo de menos de las personas es hablar con ellas.
La nostalgia no es una presencia constante. Se esconde en los bolsillos, en las fotos, las páginas de los libros, las canciones, los olores y, sobre todo, en las palabras. Tiene querencia por aquellos que no esperamos mucho del futuro. Se asoma cuando sabe que el ánimo le es propicio. Rara vez aparece desgarrada por el dolor o teñida de arrepentimiento. Lo habitual es que se muestre como un rincón cálido y acogedor donde te reencuentras con los trocitos de ti que fueron quedando atrás mientras avanzabas en la vida.
Se puede echar de menos algo o a alguien y saber que perderlo entra en el transcurso normal de las cosas; saber que la vida sigue, que te puede ir igual de bien o de mal sin ello. No quiero volver atrás, no es cierto que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Avanzar no es incompatible con recordar con cariño ni con echar de menos.
Una brizna de nostalgia se me coló en twitter el otro día. No era la primera vez, pero sí la primera en que algunos nos enredamos hablando de ello.
Y aquí estamos hoy, poniéndolo por escrito.
miércoles, 14 de septiembre de 2016
Despedidas
Siempre me ha llamado la atención el valor simbólico de las despedidas. Constantemente
nos separamos de personas, de lugares, ponemos fin a situaciones. Pero la
despedida es algo solemne que reservamos para las separaciones importantes. No
me refiero al hasta mañana a los compañeros de trabajo o al hasta luego a la
familia. Hablo de algo que termina, sobre todo si termina para siempre. Los
adioses que son hasta nuncas, los deseos de suerte que no sabremos si se llegan
a cumplir.
Con todo, una despedida consciente es tranquilizadora: sabemos la importancia de palabras y gestos y los cuidamos. Lo verdaderamente desgarrador son las despedidas que se nos niegan, y que convierten en adiós miradas, ademanes y frases triviales que jamás habríamos elegido para eso.
Muchas personas que pierden a un ser querido sienten remordimientos por no haberle dicho nunca algo que ahora consideran esencial. De haber sabido que aquella era la última ocasión de hacerlo, le habrían expresado eso de lo que jamás habían considerado necesario hablar. Alguien desaparece y nos angustia preguntarnos si sería consciente de nuestro aprecio, si se lo habríamos dejado lo bastante claro. Recibimos la noticia de una muerte y nos asalta la terrible imagen de esa discusión o esa frialdad cuando estuvimos juntos por última vez. Y no hay consuelo.
Tengo la suerte de haber perdido a pocos seres queridos y la fortuna mayor aún de no haber dejado por decirles nada importante. Pero no siempre será así. Y como no quiero sufrir por las palabras guardadas, empezaré a entregárselas a sus destinatarios sin esperar a esa mejor ocasión que nunca suele llegar.
Con todo, una despedida consciente es tranquilizadora: sabemos la importancia de palabras y gestos y los cuidamos. Lo verdaderamente desgarrador son las despedidas que se nos niegan, y que convierten en adiós miradas, ademanes y frases triviales que jamás habríamos elegido para eso.
Muchas personas que pierden a un ser querido sienten remordimientos por no haberle dicho nunca algo que ahora consideran esencial. De haber sabido que aquella era la última ocasión de hacerlo, le habrían expresado eso de lo que jamás habían considerado necesario hablar. Alguien desaparece y nos angustia preguntarnos si sería consciente de nuestro aprecio, si se lo habríamos dejado lo bastante claro. Recibimos la noticia de una muerte y nos asalta la terrible imagen de esa discusión o esa frialdad cuando estuvimos juntos por última vez. Y no hay consuelo.
Tengo la suerte de haber perdido a pocos seres queridos y la fortuna mayor aún de no haber dejado por decirles nada importante. Pero no siempre será así. Y como no quiero sufrir por las palabras guardadas, empezaré a entregárselas a sus destinatarios sin esperar a esa mejor ocasión que nunca suele llegar.
miércoles, 7 de septiembre de 2016
También existen
Con este afán de precisión que nos caracteriza a los amantes del lenguaje, escuchar ciertas palabras o determinados circunloquios nos hace retorcernos de incomodidad. Y preguntarnos si ahora han dejado de enseñar en los colegios lo que aprendimos nosotros. Ejemplos:
- Cuyo. Estoy harta de oír en los medios de comunicación cosas como "una persona de la que se desconoce la edad". ¿De verdad no se les ocurre que lo directo, fácil y adecuado es decir "una persona cuya edad se desconoce"?
- Dimisionario. Por poco frecuente que sea en España, hay personas que dimiten. De inmediato los medios de comunicación (y la gente de a pie) empiezan a calificarlo como "el ministro dimitido" o "el director dimitido". Dimitido es uno de esos participios que no funcionan como adjetivos. El adjetivo, ya digo, es "dimisionario".
- Destituir. A veces se acuerda algún periodista de que existe ese verbo. Todos los demás usan "cesar". La avalancha es tal que hasta la RAE ha admitido este uso como transitivo y lo ha reflejado en su diccionario. Es una muestra de que, como el idioma lo hacemos los hablantes, siempre acaban imponiendo su fuerza numérica los incultos.
En cuanto a signos de puntuación:
- Los signos de apertura de exclamación e interrogación. Por favor, decidme que lo mío no es una batalla perdida, que la Academia no terminará declarando voluntario su uso, por favoooor.
- Y el punto y coma. Pero de eso ya hablé hace tiempo y no os aburriré repitiéndome.
- Cuyo. Estoy harta de oír en los medios de comunicación cosas como "una persona de la que se desconoce la edad". ¿De verdad no se les ocurre que lo directo, fácil y adecuado es decir "una persona cuya edad se desconoce"?
- Dimisionario. Por poco frecuente que sea en España, hay personas que dimiten. De inmediato los medios de comunicación (y la gente de a pie) empiezan a calificarlo como "el ministro dimitido" o "el director dimitido". Dimitido es uno de esos participios que no funcionan como adjetivos. El adjetivo, ya digo, es "dimisionario".
- Destituir. A veces se acuerda algún periodista de que existe ese verbo. Todos los demás usan "cesar". La avalancha es tal que hasta la RAE ha admitido este uso como transitivo y lo ha reflejado en su diccionario. Es una muestra de que, como el idioma lo hacemos los hablantes, siempre acaban imponiendo su fuerza numérica los incultos.
En cuanto a signos de puntuación:
- Los signos de apertura de exclamación e interrogación. Por favor, decidme que lo mío no es una batalla perdida, que la Academia no terminará declarando voluntario su uso, por favoooor.
- Y el punto y coma. Pero de eso ya hablé hace tiempo y no os aburriré repitiéndome.
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