Lo que llegamos a guardar en una palabra...
La primera vez que telefoneé a la radio para entrar en directo, el técnico de sonido me llamó por un diminutivo cariñoso para calmarme un poco los nervios. Era el mismo nombre por el que solo me llamaba mi hermano mayor. Yo estaba lejos de mi casa y de mi familia, trabajando por primera vez en otra ciudad. Habría abrazado a aquel chico. Nunca supo que por un segundo me había llevado de vuelta a casa.
Mi padre tenía un mote para mí. Solo lo usó siendo yo chiquitina. Luego de vez en cuando lo desempolvaba. Desde que no está, solo queda en mi memoria. Nadie me volverá a llamar así.
Mi primer amor también eligió un modo personal de llamarme. Los nombres que asocias a una sola persona se convierten en pequeños gatillos que disparan recuerdos cada vez que los oyes o los lees.
He dicho adiós tantas veces... La última todavía me duele. Lo que más echo de menos de las personas es hablar con ellas.
La nostalgia no es una presencia constante. Se esconde en los bolsillos, en las fotos, las páginas de los libros, las canciones, los olores y, sobre todo, en las palabras. Tiene querencia por aquellos que no esperamos mucho del futuro. Se asoma cuando sabe que el ánimo le es propicio. Rara vez aparece desgarrada por el dolor o teñida de arrepentimiento. Lo habitual es que se muestre como un rincón cálido y acogedor donde te reencuentras con los trocitos de ti que fueron quedando atrás mientras avanzabas en la vida.
Se puede echar de menos algo o a alguien y saber que perderlo entra en el transcurso normal de las cosas; saber que la vida sigue, que te puede ir igual de bien o de mal sin ello. No quiero volver atrás, no es cierto que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Avanzar no es incompatible con recordar con cariño ni con echar de menos.
Una brizna de nostalgia se me coló en twitter el otro día. No era la primera vez, pero sí la primera en que algunos nos enredamos hablando de ello.
Y aquí estamos hoy, poniéndolo por escrito.
lunes, 3 de octubre de 2016
miércoles, 14 de septiembre de 2016
Despedidas
Siempre me ha llamado la atención el valor simbólico de las despedidas. Constantemente
nos separamos de personas, de lugares, ponemos fin a situaciones. Pero la
despedida es algo solemne que reservamos para las separaciones importantes. No
me refiero al hasta mañana a los compañeros de trabajo o al hasta luego a la
familia. Hablo de algo que termina, sobre todo si termina para siempre. Los
adioses que son hasta nuncas, los deseos de suerte que no sabremos si se llegan
a cumplir.
Con todo, una despedida consciente es tranquilizadora: sabemos la importancia de palabras y gestos y los cuidamos. Lo verdaderamente desgarrador son las despedidas que se nos niegan, y que convierten en adiós miradas, ademanes y frases triviales que jamás habríamos elegido para eso.
Muchas personas que pierden a un ser querido sienten remordimientos por no haberle dicho nunca algo que ahora consideran esencial. De haber sabido que aquella era la última ocasión de hacerlo, le habrían expresado eso de lo que jamás habían considerado necesario hablar. Alguien desaparece y nos angustia preguntarnos si sería consciente de nuestro aprecio, si se lo habríamos dejado lo bastante claro. Recibimos la noticia de una muerte y nos asalta la terrible imagen de esa discusión o esa frialdad cuando estuvimos juntos por última vez. Y no hay consuelo.
Tengo la suerte de haber perdido a pocos seres queridos y la fortuna mayor aún de no haber dejado por decirles nada importante. Pero no siempre será así. Y como no quiero sufrir por las palabras guardadas, empezaré a entregárselas a sus destinatarios sin esperar a esa mejor ocasión que nunca suele llegar.
Con todo, una despedida consciente es tranquilizadora: sabemos la importancia de palabras y gestos y los cuidamos. Lo verdaderamente desgarrador son las despedidas que se nos niegan, y que convierten en adiós miradas, ademanes y frases triviales que jamás habríamos elegido para eso.
Muchas personas que pierden a un ser querido sienten remordimientos por no haberle dicho nunca algo que ahora consideran esencial. De haber sabido que aquella era la última ocasión de hacerlo, le habrían expresado eso de lo que jamás habían considerado necesario hablar. Alguien desaparece y nos angustia preguntarnos si sería consciente de nuestro aprecio, si se lo habríamos dejado lo bastante claro. Recibimos la noticia de una muerte y nos asalta la terrible imagen de esa discusión o esa frialdad cuando estuvimos juntos por última vez. Y no hay consuelo.
Tengo la suerte de haber perdido a pocos seres queridos y la fortuna mayor aún de no haber dejado por decirles nada importante. Pero no siempre será así. Y como no quiero sufrir por las palabras guardadas, empezaré a entregárselas a sus destinatarios sin esperar a esa mejor ocasión que nunca suele llegar.
miércoles, 7 de septiembre de 2016
También existen
Con este afán de precisión que nos caracteriza a los amantes del lenguaje, escuchar ciertas palabras o determinados circunloquios nos hace retorcernos de incomodidad. Y preguntarnos si ahora han dejado de enseñar en los colegios lo que aprendimos nosotros. Ejemplos:
- Cuyo. Estoy harta de oír en los medios de comunicación cosas como "una persona de la que se desconoce la edad". ¿De verdad no se les ocurre que lo directo, fácil y adecuado es decir "una persona cuya edad se desconoce"?
- Dimisionario. Por poco frecuente que sea en España, hay personas que dimiten. De inmediato los medios de comunicación (y la gente de a pie) empiezan a calificarlo como "el ministro dimitido" o "el director dimitido". Dimitido es uno de esos participios que no funcionan como adjetivos. El adjetivo, ya digo, es "dimisionario".
- Destituir. A veces se acuerda algún periodista de que existe ese verbo. Todos los demás usan "cesar". La avalancha es tal que hasta la RAE ha admitido este uso como transitivo y lo ha reflejado en su diccionario. Es una muestra de que, como el idioma lo hacemos los hablantes, siempre acaban imponiendo su fuerza numérica los incultos.
En cuanto a signos de puntuación:
- Los signos de apertura de exclamación e interrogación. Por favor, decidme que lo mío no es una batalla perdida, que la Academia no terminará declarando voluntario su uso, por favoooor.
- Y el punto y coma. Pero de eso ya hablé hace tiempo y no os aburriré repitiéndome.
- Cuyo. Estoy harta de oír en los medios de comunicación cosas como "una persona de la que se desconoce la edad". ¿De verdad no se les ocurre que lo directo, fácil y adecuado es decir "una persona cuya edad se desconoce"?
- Dimisionario. Por poco frecuente que sea en España, hay personas que dimiten. De inmediato los medios de comunicación (y la gente de a pie) empiezan a calificarlo como "el ministro dimitido" o "el director dimitido". Dimitido es uno de esos participios que no funcionan como adjetivos. El adjetivo, ya digo, es "dimisionario".
- Destituir. A veces se acuerda algún periodista de que existe ese verbo. Todos los demás usan "cesar". La avalancha es tal que hasta la RAE ha admitido este uso como transitivo y lo ha reflejado en su diccionario. Es una muestra de que, como el idioma lo hacemos los hablantes, siempre acaban imponiendo su fuerza numérica los incultos.
En cuanto a signos de puntuación:
- Los signos de apertura de exclamación e interrogación. Por favor, decidme que lo mío no es una batalla perdida, que la Academia no terminará declarando voluntario su uso, por favoooor.
- Y el punto y coma. Pero de eso ya hablé hace tiempo y no os aburriré repitiéndome.
jueves, 18 de agosto de 2016
Silencios
Ayer el presidente del gobierno dio una rueda de prensa. Una periodista le preguntó por algo que él había dicho en otra una semana antes. Él negó haber dicho nada semejante. Se hizo un silencio. Los periodistas presentes quizá dudaban de sus propios recuerdos o quizá no se atrevían a lanzarse a un "mi palabra contra la suya" en el que la posición dominante tenía las de ganar. Porque a nadie se le había ocurrido llevarse en el móvil la grabación de aquella frase, nadie pensó que se pudiera negar la realidad con tanto descaro. La reacción llegó poco después, en los medios de comunicación y las redes sociales, donde se pudieron ver y escuchar, una detrás de otra, la declaración un día y la negación de haberla hecho apenas una semana más tarde.
Probablemente yo también habría guardado silencio de haber estado presente. Mi locuacidad habitual no es incompatible con la percepción de que para discutir deben darse las circunstancias adecuadas, aunque no siempre acierte: a veces discuto cuando no toca, hablo cuando no debería y espero que me respondan cuando quizá mi interlocutor no lo ve necesario. No siempre es fácil saber cuándo es momento de hablar y cuándo es mejor callar. Dosificar las palabras y los silencios es una muestra de sabiduría que muchas veces supone luchar contra las propias tendencias.
Soy muy habladora (y en esto incluyo el escribir). La mayor parte de las personas con las que tengo relación son igualmente parlanchinas. Pero conozco también gente callada, poco amiga de romper el silencio y menos de llevar la iniciativa en una conversación. En todo caso, ser más o menos hablador no tiene nada que ver con saber cuándo hablar ni qué decir.
Utilizamos las palabras para conseguir fines. Y hay quien usa los silencios para eso mismo. Pocas cosas desconciertan más que el silencio cuando buscas un diálogo. Me cuesta distinguir cuándo alguien no habla por ser de natural callado, cuándo porque cree que no es la ocasión, cuándo por estar enfadado o resentido y cuándo porque utiliza el silencio como arma para poner nervioso al otro o para incitarle a llenar el incómodo vacío hablando más de la cuenta.
También están los que rechazan hablar para evitar que les den explicaciones y se las pidan. Es como si negaran al otro el derecho a justificarse y el derecho a saber. Y están quienes niegan la palabra para mostrar desprecio. Pero para eso hay que valer. Sé de personas que dejaron de hablarse hace muchos años y están orgullosas de ello. Porque retirándole la palabra a alguien le están negando su categoría de miembro aceptable de la sociedad.
Probablemente yo también habría guardado silencio de haber estado presente. Mi locuacidad habitual no es incompatible con la percepción de que para discutir deben darse las circunstancias adecuadas, aunque no siempre acierte: a veces discuto cuando no toca, hablo cuando no debería y espero que me respondan cuando quizá mi interlocutor no lo ve necesario. No siempre es fácil saber cuándo es momento de hablar y cuándo es mejor callar. Dosificar las palabras y los silencios es una muestra de sabiduría que muchas veces supone luchar contra las propias tendencias.
Soy muy habladora (y en esto incluyo el escribir). La mayor parte de las personas con las que tengo relación son igualmente parlanchinas. Pero conozco también gente callada, poco amiga de romper el silencio y menos de llevar la iniciativa en una conversación. En todo caso, ser más o menos hablador no tiene nada que ver con saber cuándo hablar ni qué decir.
Utilizamos las palabras para conseguir fines. Y hay quien usa los silencios para eso mismo. Pocas cosas desconciertan más que el silencio cuando buscas un diálogo. Me cuesta distinguir cuándo alguien no habla por ser de natural callado, cuándo porque cree que no es la ocasión, cuándo por estar enfadado o resentido y cuándo porque utiliza el silencio como arma para poner nervioso al otro o para incitarle a llenar el incómodo vacío hablando más de la cuenta.
También están los que rechazan hablar para evitar que les den explicaciones y se las pidan. Es como si negaran al otro el derecho a justificarse y el derecho a saber. Y están quienes niegan la palabra para mostrar desprecio. Pero para eso hay que valer. Sé de personas que dejaron de hablarse hace muchos años y están orgullosas de ello. Porque retirándole la palabra a alguien le están negando su categoría de miembro aceptable de la sociedad.
domingo, 14 de agosto de 2016
Curiosidades
Todos los idiomas tienen expresiones que en una lengua diferente resultan extrañas, absurdas, chocantes, incluso ridículas. Todas tienen su por qué. Se puede rastrear de dónde vienen, como hace Alfred López, que explica estupendamente sus orígenes.
No voy a imitarle. Prefiero llamar la atención sobre lo que atrae la mía e invitaros a pensar. Hoy lo haré con la curiosa forma que tenemos de decir ciertas cosas.
- Qué dolor de cabeza se me ha puesto. Fijaos, se me ha puesto, como si fuera algo exterior que viene a colocarse encima de nosotros, agarrándose a nuestro cráneo.
- Me ha entrado hambre / sueño. Así que el hambre y el sueño están fuera y entran. De esta forma parece que lo justificamos como algo involuntario.
- Meter miedo. El miedo también es ajeno y no siempre viene él solo, a menudo nos lo meten otros.
- Me ha venido la regla, decimos las chicas. Estaba yo aquí tan tranquila y me encuentro con el tomate. Tal cual.
- Ando liada, ando triste, ando preocupada, ando despistada... Nada de eso implica que estemos andando. La cuarta acepción del verbo andar en el DRAE es: estar o encontrarse en determinado estado o situación. Y las siguientes también son interesantes. Se refieren a expresiones como andarse con contemplaciones, andarse con cuidado, andar a tiros o andar por los cuarenta.
- Vas listo. Si andar es polisémico, ir lo es más. Ir listo es siempre un problema, lo cual, mirado objetivamente, parece una contradicción.
Aquí lo dejo. Seguro que se os ocurren muchas más. Pensadlo, que los idiomas tienen su punto divertido.
viernes, 12 de agosto de 2016
Concordancia
Los medios de comunicación parecen haber dado por buena la desaparición de los correctores y por aceptable una cierta cantidad de errores ortográficos, semánticos y sintácticos. Lo digo porque se encuentran en sus páginas o sus informativos con demasiada facilidad. Hay cuentas de Twitter (esta, o esta, o esta) que los recogen y los afean, sin ningún efecto disuasorio, diría yo.
Unos de los que más me chirrían a mí personalmente pero no parecen molestar a casi nadie son los errores de concordancia. De hecho, hay infinidad de compañeros que ni siquiera reconocen tales errores, es decir, que están convencidos de no cometerlos. Tratar de explicarles las normas gramaticales en esos casos es como darse cabezazos contra un muro.
Por ejemplo, esto que leí hace unos días en un periódico de amplia difusión: "Es una mujer muy poderosa y muy fuerte pero también es una de las personas más amables que existe." Ese verbo no tiene como sujeto "ella" sino "personas", y debería ir en plural, existen. De entre las personas más amables que existen, ella es una. A menudo me han rebatido este razonamiento diciendo que es "ella" la que existe o argumentos similares. Si no somos capaces de identificar el sujeto de cada verbo, mal vamos.
Otro ejemplo, encontrado en la misma página del mismo diario: "Lo mismo le pasa a los atletas." Ese pronombre no se refiere a "mismo" sino a "atletas", que va en plural. Debería ser les.
Una confusión frecuente es concordar un adjetivo o un artículo no con el sustantivo al que acompañan sino con el complemento de éste. Decir "las miles de personas" es incorrecto porque "miles" es masculino; por tanto, debería llevar un artículo masculino (los) independientemente de qué palabra siga a "miles".
Sorprendentemente, cada vez me encuentro más confusiones en una construcción bastante habitual que se usa para explicar datos estadísticos. Dicen, por ejemplo: "cuatro de cada diez españoles está en contra." Resulta evidente que "cuatro" es el sujeto de "estar" y que es plural, por lo que ese verbo debería ir en plural también: están.
Algo más complicada es la concordancia de número en las oraciones impersonales y las pasivas reflejas. Anoche escuché en el Telediario: "Se han detenido a 30 terroristas". La explicación de por qué ese plural es incorrecto la podéis encontrar, por ejemplo, aquí. Os copio una parte:
Por tanto, lo correcto en el caso que os he mencionado sería decir "Se ha detenido a 30 terroristas".
Sin duda habréis detectado más errores similares. Podéis comentarlos aquí si os apetece.
Unos de los que más me chirrían a mí personalmente pero no parecen molestar a casi nadie son los errores de concordancia. De hecho, hay infinidad de compañeros que ni siquiera reconocen tales errores, es decir, que están convencidos de no cometerlos. Tratar de explicarles las normas gramaticales en esos casos es como darse cabezazos contra un muro.
Por ejemplo, esto que leí hace unos días en un periódico de amplia difusión: "Es una mujer muy poderosa y muy fuerte pero también es una de las personas más amables que existe." Ese verbo no tiene como sujeto "ella" sino "personas", y debería ir en plural, existen. De entre las personas más amables que existen, ella es una. A menudo me han rebatido este razonamiento diciendo que es "ella" la que existe o argumentos similares. Si no somos capaces de identificar el sujeto de cada verbo, mal vamos.
Otro ejemplo, encontrado en la misma página del mismo diario: "Lo mismo le pasa a los atletas." Ese pronombre no se refiere a "mismo" sino a "atletas", que va en plural. Debería ser les.
Una confusión frecuente es concordar un adjetivo o un artículo no con el sustantivo al que acompañan sino con el complemento de éste. Decir "las miles de personas" es incorrecto porque "miles" es masculino; por tanto, debería llevar un artículo masculino (los) independientemente de qué palabra siga a "miles".
Sorprendentemente, cada vez me encuentro más confusiones en una construcción bastante habitual que se usa para explicar datos estadísticos. Dicen, por ejemplo: "cuatro de cada diez españoles está en contra." Resulta evidente que "cuatro" es el sujeto de "estar" y que es plural, por lo que ese verbo debería ir en plural también: están.
Algo más complicada es la concordancia de número en las oraciones impersonales y las pasivas reflejas. Anoche escuché en el Telediario: "Se han detenido a 30 terroristas". La explicación de por qué ese plural es incorrecto la podéis encontrar, por ejemplo, aquí. Os copio una parte:
Si el elemento nominal sobre el que recae la acción verbal expresa cosa, debe emplearse la construcción de pasiva refleja; por tanto, el verbo ha de ir en plural si dicho elemento nominal es plural: Se hacen fotocopias.
Si el elemento nominal expresa persona y no va precedido de la preposición a, se emplea también la construcción de pasiva refleja: Se necesitan especialistas en informática.
Si el elemento nominal expresa persona y va precedido de la preposición a, debe emplearse la construcción impersonal; por tanto, el verbo irá en singular aunque el elemento nominal sea plural: Entre los gitanos se respeta mucho a los ancianos.
Sin duda habréis detectado más errores similares. Podéis comentarlos aquí si os apetece.
martes, 26 de julio de 2016
Neutralizar
Estoy leyendo una noticia de agencia. Se cita, entrecomillada, una frase de la Policía francesa, que dice "Los dos secuestradores neutralizados por la policía." El periodista que ha redactado la noticia prescinde de ese eufemismo en el titular: "La policía mata a los dos secuestradores de la iglesia de Normandía."
El lenguaje militar y policial, como el de cualquier grupo profesional, elige o crea sus términos. Pero mal haríamos los periodistas en limitarnos a transcribirlos. Primero, por las posibles dificultades para su comprensión por parte del público. Y segundo, porque las palabras no son inocentes, y cuando hay culpables, hay cómplices.
Los medios de comunicación han –hemos– sido cómplices de la sustitución de palabras de uso común por eufemismos culpables y, por tanto, hemos servido más a los interesados en ocultar esas palabras que a la ciudadanía. Hemos convertido en el término habitual y preferente cosas como "crecimiento negativo", "ajustes" y una larga lista de la que este artículo contiene una pequeña muestra.
Pero la gente en sus conversaciones cotidianas sigue diciendo "me han bajado el sueldo", "a mi hermana la han despedido", "con la subida del IVA no llego a fin de mes"... y "la policía ha matado a los secuestradores."
Y sin embargo, parte de esa misma gente buscará un eufemismo para suavizar o no decir a las claras determinadas declaraciones. Dulcificará una ruptura sentimental diciendo "necesito un poco de espacio" en lugar de "ya no te quiero en mi vida". Dirá "no eres tú, soy yo" en lugar de "me has decepcionado". Quizá no llegue a la cursilería de decir "papá está en un lugar mejor" pero sí buscará una manera de evitar el crudo "papá ha muerto".
Los médicos que tienen que dar este último tipo de noticias (fallecimientos, diagnósticos terribles) reciben formación sobre la mejor forma de hacerlo. Igualmente quienes además tienen que pedir a los familiares que se planteen la donación de los órganos de la persona a la que han perdido. No se trata de ocultar la realidad sino de hacerla digerible y evitar una reacción negativa.
No sé hasta qué punto el ser humano necesita eufemismos. Tacto sí, delicadeza sí, diplomacia sí. Pero mentiras o medias verdades no. Cuando la persona a la que se dirigen es capaz de comprender y asimilar la realidad, yo soy más partidaria de la sinceridad que de la ocultación. Las malas noticias no se neutralizan por esconderlas o maquillarlas. El dolor no se neutraliza mintiendo ni callando.Y personalmente prefiero que me digan las cosas claras a que me hagan insinuaciones o me dejen adivinar. Porque adivinar se me da mal y probablemente entienda algo distinto de lo que debería.
El lenguaje militar y policial, como el de cualquier grupo profesional, elige o crea sus términos. Pero mal haríamos los periodistas en limitarnos a transcribirlos. Primero, por las posibles dificultades para su comprensión por parte del público. Y segundo, porque las palabras no son inocentes, y cuando hay culpables, hay cómplices.
Los medios de comunicación han –hemos– sido cómplices de la sustitución de palabras de uso común por eufemismos culpables y, por tanto, hemos servido más a los interesados en ocultar esas palabras que a la ciudadanía. Hemos convertido en el término habitual y preferente cosas como "crecimiento negativo", "ajustes" y una larga lista de la que este artículo contiene una pequeña muestra.
Pero la gente en sus conversaciones cotidianas sigue diciendo "me han bajado el sueldo", "a mi hermana la han despedido", "con la subida del IVA no llego a fin de mes"... y "la policía ha matado a los secuestradores."
Y sin embargo, parte de esa misma gente buscará un eufemismo para suavizar o no decir a las claras determinadas declaraciones. Dulcificará una ruptura sentimental diciendo "necesito un poco de espacio" en lugar de "ya no te quiero en mi vida". Dirá "no eres tú, soy yo" en lugar de "me has decepcionado". Quizá no llegue a la cursilería de decir "papá está en un lugar mejor" pero sí buscará una manera de evitar el crudo "papá ha muerto".
Los médicos que tienen que dar este último tipo de noticias (fallecimientos, diagnósticos terribles) reciben formación sobre la mejor forma de hacerlo. Igualmente quienes además tienen que pedir a los familiares que se planteen la donación de los órganos de la persona a la que han perdido. No se trata de ocultar la realidad sino de hacerla digerible y evitar una reacción negativa.
No sé hasta qué punto el ser humano necesita eufemismos. Tacto sí, delicadeza sí, diplomacia sí. Pero mentiras o medias verdades no. Cuando la persona a la que se dirigen es capaz de comprender y asimilar la realidad, yo soy más partidaria de la sinceridad que de la ocultación. Las malas noticias no se neutralizan por esconderlas o maquillarlas. El dolor no se neutraliza mintiendo ni callando.Y personalmente prefiero que me digan las cosas claras a que me hagan insinuaciones o me dejen adivinar. Porque adivinar se me da mal y probablemente entienda algo distinto de lo que debería.
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