Este domingo semisoleado me parece un buen día para haceros partícipes de otras cuantas de mis palabras favoritas. Como sabéis, pueden serlo por su sonido, por su grafía, por su significado, por su etimología o por cualquier otra razón. Empecemos con una bien larga:
- Incertidumbre: El DRAE la define a través del antónimo "certeza", que es la "firme adhesión de la mente a algo conocible, sin temor de errar". La incertidumbre es, por tanto, contraria a esa postura ciega e inamovible y, en cambio, compañera del escepticismo. Este último término me acompaña desde hace tiempo y, curiosamente, hace que me sienta más segura en este universo entrópico (también me encanta la palabra entropía).
- Secreto: Me resulta un arma de doble filo. Tenerlos es un placer; temer que se descubran, una preocupación. Cuando la leo mentalmente siempre suena como un susurro. Va de la mano del silencio y de la penumbra, dos conceptos que me invaden con frecuencia.
- Mirada: Sugiere intención, interés, curiosidad. Ver es algo tan frío como procesar las imágenes en el cerebro y ser consciente de ellas. En el acto de mirar se recogen la subjetividad, el aspecto emocional, la poesía.
- Reflejo, unida por forma y fondo a espejo: Me aleja de la idea de lo absoluto y me introduce en un mundo paralelo, teóricamente secundario, dependiente. A menudo me identifico más con el reflejo que con la realidad. Al fin y al cabo, lo que somos solo se entiende en relación con lo que nos rodea.
- Epatar: un galicismo admitido por la Academia. Algunos de sus sinónimos españoles me fascinan igualmente, como pasmar. Utilizarlos en una época en la que todo es flipar o alucinar te despega de las modas. Adjetivos como pasmado y su hermano pazguato tienen un encanto que no todo el mundo aprecia.
- Descerebrado: es de esas palabras que saboreo cuando las pronuncio, me entretengo al decirlas y termino lanzándolas como quien da un latigazo. De todas formas, la voy sustituyendo cada vez más por anencefálico, que es de uso menos habitual y me proporciona el placer añadido de epatar al destinatario.
Que tengáis un feliz domingo lleno de palabras.
domingo, 16 de febrero de 2014
domingo, 2 de febrero de 2014
Ofensas
Leía ayer en Facebook un debate entre miembros de un grupo (del que no formo parte) a raíz de la expulsión de uno de ellos por insultar a otro. En la discusión unos defendían que el debate debe admitir cierto grado (bastante amplio, parecía) de agresividad verbal entre los participantes pues lo contrario sería descafeinarlo o incluso censurarlo. En aras de la libertad de expresión, consideraban un deber de los participantes soportar esa agresividad.
Los argumentos me sonaban: eran los mismos que he leído en otro foro en el que sí intervengo. Los partidarios de los intercambios sin reglas contra los que exigen unas mínimas normas de respeto y cortesía. Los primeros califican de mojigatos de piel demasiado fina a los segundos, quienes a su vez reniegan de la falta de educación de los primeros y de cómo vuelven innecesariamente hostil el ambiente en ese espacio común.
Los, llamémosles, "ofensivos" y los, digamos, "respetuosos" se han atribuido mutuamente la intención de descalificar los argumentos contrarios por las formas y no por el contenido. Unos y otros se han agrupado, hasta el punto de formar dos bandos con poca voluntad de conciliación, por lo que parece.
¿Quién puede decidir cuándo debe o no darse por ofendida una persona por lo que digamos? Esto me trae a la memoria varios debates. Uno: el de los términos con que calificar a determinados grupos de personas. Yo viví, en concreto, las primeras reclamaciones de discapacitados que exigían ser llamados "personas con capacidades diferentes", una aspiración que a otros resultaba ridícula. Dos: el del uso del masculino para englobar a los dos géneros o, más concretamente, a los dos sexos (no he oído a nadie quejarse ante frases como "los postres y las bebidas están excluidos del precio del menú").
Y llego al motivo de esta entrada: ¿hay palabras objetivamente ofensivas o la ofensa depende de cuestiones subjetivas como la intención de quien habla y la percepción de quien escucha? Probablemente las dos cosas.
Me niego a decir "¿estamos todos y todas?" por el hecho de que a una mujer del grupo le parezca excluyente y discriminatorio el "todos". Me niego a decir que una compañera de trabajo sorda tiene "capacidades distintas". Pero me niego también a que algún prepotente atribuya mi exigencia de respeto formal a ñoñería o a incapacidad de aceptar las críticas. Demasiado matón, fanfarrón y tirano ha tenido una que soportar como para admitirlos también en la vida privada.
Quizá mi educación me ha hecho despreciar a los que tienen facilidad para insultar, a los que aúnan el ingenio necesario para soltar pullas con la insensibilidad y la falta de empatía. Quizá mi profesión me ha hecho sobrevalorar la amabilidad y el respeto en las relaciones humanas. Quizá simplemente me da pereza responder a los que manejan un vocabulario con más palabras ofensivas que elogiosas.
Pero, claro, una nunca sabe qué amarguras, qué vacíos vitales esconden en el fondo quienes prefieren ser conocidos por su lengua venenosa.
Los argumentos me sonaban: eran los mismos que he leído en otro foro en el que sí intervengo. Los partidarios de los intercambios sin reglas contra los que exigen unas mínimas normas de respeto y cortesía. Los primeros califican de mojigatos de piel demasiado fina a los segundos, quienes a su vez reniegan de la falta de educación de los primeros y de cómo vuelven innecesariamente hostil el ambiente en ese espacio común.
Los, llamémosles, "ofensivos" y los, digamos, "respetuosos" se han atribuido mutuamente la intención de descalificar los argumentos contrarios por las formas y no por el contenido. Unos y otros se han agrupado, hasta el punto de formar dos bandos con poca voluntad de conciliación, por lo que parece.
¿Quién puede decidir cuándo debe o no darse por ofendida una persona por lo que digamos? Esto me trae a la memoria varios debates. Uno: el de los términos con que calificar a determinados grupos de personas. Yo viví, en concreto, las primeras reclamaciones de discapacitados que exigían ser llamados "personas con capacidades diferentes", una aspiración que a otros resultaba ridícula. Dos: el del uso del masculino para englobar a los dos géneros o, más concretamente, a los dos sexos (no he oído a nadie quejarse ante frases como "los postres y las bebidas están excluidos del precio del menú").
Y llego al motivo de esta entrada: ¿hay palabras objetivamente ofensivas o la ofensa depende de cuestiones subjetivas como la intención de quien habla y la percepción de quien escucha? Probablemente las dos cosas.
Me niego a decir "¿estamos todos y todas?" por el hecho de que a una mujer del grupo le parezca excluyente y discriminatorio el "todos". Me niego a decir que una compañera de trabajo sorda tiene "capacidades distintas". Pero me niego también a que algún prepotente atribuya mi exigencia de respeto formal a ñoñería o a incapacidad de aceptar las críticas. Demasiado matón, fanfarrón y tirano ha tenido una que soportar como para admitirlos también en la vida privada.
Quizá mi educación me ha hecho despreciar a los que tienen facilidad para insultar, a los que aúnan el ingenio necesario para soltar pullas con la insensibilidad y la falta de empatía. Quizá mi profesión me ha hecho sobrevalorar la amabilidad y el respeto en las relaciones humanas. Quizá simplemente me da pereza responder a los que manejan un vocabulario con más palabras ofensivas que elogiosas.
Pero, claro, una nunca sabe qué amarguras, qué vacíos vitales esconden en el fondo quienes prefieren ser conocidos por su lengua venenosa.
sábado, 25 de enero de 2014
Hablar sin saber (3)
Hace un par de días una de mis nuevas compañeras de trabajo me arrancó una carcajada al responder a un comentario mío con la siguiente frase: "Como decía Lola Flores: no lo podemos evitar, lo llevamos en los gérmenes".
Yo tengo una lista de expresiones y palabras mal empleadas que despiertan la hilaridad. Ya mencioné algunas en anteriores entradas. Al hablar de ello el otro día, los compañeros empezaron a proveerme de muchas que no conocía. Y no solo eso: me informaban del responsable del error. "Una amiga de mi madre decía: os voy a contar una cosa aquí, en Pekín comité"; o "El otro día encontré anisakis en la lenguadina que nos pusieron en el comedor, lo comenté y se enteró todo el mundo; luego oí decir a una compañera que el pescado tenía tiquismiquis".
La mejor, para mi gusto, fue esta: "¿Qué me dices?, me dejas putrefacta". La descomposición mental de la estupefacción hasta degenerar en podredumbre, pensé entre risas. Aunque no se queda atrás esta otra: "Tengo que cambiar los pómulos de las puertas".
A cambio les regalé algunas de las mías. Enderezar la ensalada, sufrir un cólico frenético, tomarse una aspirina fluorescente, rascarse las vestiduras, llevar una vida sedimentaria, tener un cuchillo de acero inexorable, llover más que cuando el Danubio universal o esperar a que el médico de Orense firme la defunción y la Guardia Civil levante apestado del accidente. También me gustan las frases que implican no ya confundir una palabra sino liar varias: "no lo sé, ni falta que me importa", "yo sin en cambio preferiría otra cosa"...
Tengo mis dudas de si las burradas que voy recopilando son genuinas o están inventadas por personas ingeniosas. En cualquier caso, todas estas y muchas más hicieron pasar un buen rato a los alumnos del primer curso de lenguaje para periodistas que impartí hace años, muchos años, cuando apenas había programas de televisión dedicados a que se insultaran entre sí unos cuantos indocumentados.
No estaría mal volver a dar ese curso...
Yo tengo una lista de expresiones y palabras mal empleadas que despiertan la hilaridad. Ya mencioné algunas en anteriores entradas. Al hablar de ello el otro día, los compañeros empezaron a proveerme de muchas que no conocía. Y no solo eso: me informaban del responsable del error. "Una amiga de mi madre decía: os voy a contar una cosa aquí, en Pekín comité"; o "El otro día encontré anisakis en la lenguadina que nos pusieron en el comedor, lo comenté y se enteró todo el mundo; luego oí decir a una compañera que el pescado tenía tiquismiquis".
La mejor, para mi gusto, fue esta: "¿Qué me dices?, me dejas putrefacta". La descomposición mental de la estupefacción hasta degenerar en podredumbre, pensé entre risas. Aunque no se queda atrás esta otra: "Tengo que cambiar los pómulos de las puertas".
A cambio les regalé algunas de las mías. Enderezar la ensalada, sufrir un cólico frenético, tomarse una aspirina fluorescente, rascarse las vestiduras, llevar una vida sedimentaria, tener un cuchillo de acero inexorable, llover más que cuando el Danubio universal o esperar a que el médico de Orense firme la defunción y la Guardia Civil levante apestado del accidente. También me gustan las frases que implican no ya confundir una palabra sino liar varias: "no lo sé, ni falta que me importa", "yo sin en cambio preferiría otra cosa"...
Tengo mis dudas de si las burradas que voy recopilando son genuinas o están inventadas por personas ingeniosas. En cualquier caso, todas estas y muchas más hicieron pasar un buen rato a los alumnos del primer curso de lenguaje para periodistas que impartí hace años, muchos años, cuando apenas había programas de televisión dedicados a que se insultaran entre sí unos cuantos indocumentados.
No estaría mal volver a dar ese curso...
lunes, 30 de diciembre de 2013
La palabra del año
La Fundéu acaba de elegir la palabra del año de entre las muchas sobre las cuales ha recibido consultas. Es "escrache", una palabra importada que los medios de comunicación y las redes sociales utilizaron masivamente con el entusiasmo de quien descubre, con el vocablo, una realidad nueva. Otros términos que la Fundéu ha considerado antes de dar éste como ganador han sido "austericidio", "wasapear" y "autofoto".
No sé hasta qué punto "escrache" es necesaria. Denuncia y acoso parecen encajar en el uso que damos a esta advenediza (uso "advenediza" en la primera acepción del DRAE, eh).
"Austericidio" no me gusta. Sí, es muy contundente y sin duda necesitamos una palabra para definir lo que el poder político y el económico están perpetrando contra la ciudadanía. Pero está mal construida. Basta ver otras con el mismo sufijo: homicidio, parricidio, suicidio... Un austericidio sería un crimen cometido contra la austeridad, no usando ésta como arma. Busquemos otra.
"Wasapear" me encanta y me parece tan útil que ha entrado en mi vocabulario cotidiano. No hay alternativa en este caso. Mensajear es otra cosa, chatear es otra cosa. Y "mandar un wasap" es demasiado largo, lo siento.
"Autofoto"... no sé. Ya teníamos "autorretrato" para eso. Lo que pasa es que nos resulta antigua. Los angloparlantes tenían "self-portrait" y de ahí, con su facilidad para abreviar, han pasado a "selfie". Nosotros no podemos hacer un diminutivo con "auto" que no suene ridículo. Ya veremos por dónde sale esto.
¿Qué palabras usáis ahora que no os sonaran hace un año? Las selecciones como la de Fundéu nos sirven, entre otras cosas, para reflexionar sobre la enorme vitalidad del lenguaje. Y a mí me ha hecho reflexionar también sobre cuál es mi grado de apertura a vocablos nuevos y de qué depende. Pero de eso hablaré otro día.
No sé hasta qué punto "escrache" es necesaria. Denuncia y acoso parecen encajar en el uso que damos a esta advenediza (uso "advenediza" en la primera acepción del DRAE, eh).
"Austericidio" no me gusta. Sí, es muy contundente y sin duda necesitamos una palabra para definir lo que el poder político y el económico están perpetrando contra la ciudadanía. Pero está mal construida. Basta ver otras con el mismo sufijo: homicidio, parricidio, suicidio... Un austericidio sería un crimen cometido contra la austeridad, no usando ésta como arma. Busquemos otra.
"Wasapear" me encanta y me parece tan útil que ha entrado en mi vocabulario cotidiano. No hay alternativa en este caso. Mensajear es otra cosa, chatear es otra cosa. Y "mandar un wasap" es demasiado largo, lo siento.
"Autofoto"... no sé. Ya teníamos "autorretrato" para eso. Lo que pasa es que nos resulta antigua. Los angloparlantes tenían "self-portrait" y de ahí, con su facilidad para abreviar, han pasado a "selfie". Nosotros no podemos hacer un diminutivo con "auto" que no suene ridículo. Ya veremos por dónde sale esto.
¿Qué palabras usáis ahora que no os sonaran hace un año? Las selecciones como la de Fundéu nos sirven, entre otras cosas, para reflexionar sobre la enorme vitalidad del lenguaje. Y a mí me ha hecho reflexionar también sobre cuál es mi grado de apertura a vocablos nuevos y de qué depende. Pero de eso hablaré otro día.
domingo, 29 de diciembre de 2013
Propósitos
Esto de proponerse cambios a partir de una fecha en que externamente ya se nos marca uno debe de ser una tendencia psicológica generalizada. Cambiar costumbres arraigadas no es fácil, y menos si nos hemos llegado a sentir cómodos en ellas. Por eso muchos aprovechan la circunstancia a modo de impulso gravitatorio para llegar más lejos con menos esfuerzo.
Voy a contaros unos pocos propósitos que me he planteado, por si alguno os resulta atractivo y queréis aplicároslo.
Primero: poner tildes en mis whatsapps. Tengo un teléfono Samsung cuyo teclado no tiene tilde. Para ponerla se debe apretar un rato la vocal en cuestión y esperar a que se abra una ventanita con diversas opciones. Por ejemplo, en la de la "a" están: A, á, à, ä, â y algunas otras que corresponden, supongo, a idiomas del norte de Europa. Debo aclarar que soy una neurótica de las tildes, no soporto que falte ni una. Pero este teclado me ha hecho descubrir que mi impaciencia gana de calle a mi neurosis, pues un mensaje con treinta palabras puede tener fácilmente diez tildes y eso es añadir no menos de veinte segundos a su redacción. ¿Por qué no utilizo el teclado predictivo?, me preguntaréis. Pues porque es más lento aún. En serio. No sabéis a qué velocidad escribo yo.
Segundo: no corregir a los amigos. Una cosa es corregir textos periodísticos como parte de mi responsabilidad laboral y otra, mucho más fea, hacerle notar a un amigo que, por ejemplo, la frase fetén es "hacer un brindis al sol" y no "un canto al sol". A partir de ahora, cada vez que sienta el impulso de explicarle a alguien que, en mi opinión, ha usado mal una palabra, me imaginaré a mí misma como al insufrible C3PO fardando de su conocimiento de tres millones de formas de comunicación.
Tercero: usar más el lenguaje oral. Este ha sido un año de muchas palabras escritas y pocas habladas. Escribir me encanta, es un vicio, pero la voz es insustituible en las relaciones humanas. Me he arrepentido de muchas cosas que escribí y de muy pocas que dije. Y lamento con todo mi corazón que algunas de las que me expresaron por escrito no me las hayan querido pronunciar. Las palabras que no tienen sonido en que apoyarse podrían ser de cualquiera.
Cuarto: leer más libros. Internet te pone tantas lecturas al alcance de los ojos... ¿cómo no sucumbir? Artículos de prensa, entradas de blogs, comentarios en Twitter y Facebook... Temo coger la costumbre de dedicar ratos cortos a lecturas breves y perder la de sumergirme en historias completas, elaboradas y que requieran más de quince minutos de concentración. Seguro que ya hay descrito algún "síndrome de las mil palabras" o algo así para los que no pueden mantener la atención si el texto es largo.
Y, por supuesto, agradezco cualquier otro propósito que queráis sugerirme.
Nos seguiremos viendo por aquí.
Voy a contaros unos pocos propósitos que me he planteado, por si alguno os resulta atractivo y queréis aplicároslo.
Primero: poner tildes en mis whatsapps. Tengo un teléfono Samsung cuyo teclado no tiene tilde. Para ponerla se debe apretar un rato la vocal en cuestión y esperar a que se abra una ventanita con diversas opciones. Por ejemplo, en la de la "a" están: A, á, à, ä, â y algunas otras que corresponden, supongo, a idiomas del norte de Europa. Debo aclarar que soy una neurótica de las tildes, no soporto que falte ni una. Pero este teclado me ha hecho descubrir que mi impaciencia gana de calle a mi neurosis, pues un mensaje con treinta palabras puede tener fácilmente diez tildes y eso es añadir no menos de veinte segundos a su redacción. ¿Por qué no utilizo el teclado predictivo?, me preguntaréis. Pues porque es más lento aún. En serio. No sabéis a qué velocidad escribo yo.
Segundo: no corregir a los amigos. Una cosa es corregir textos periodísticos como parte de mi responsabilidad laboral y otra, mucho más fea, hacerle notar a un amigo que, por ejemplo, la frase fetén es "hacer un brindis al sol" y no "un canto al sol". A partir de ahora, cada vez que sienta el impulso de explicarle a alguien que, en mi opinión, ha usado mal una palabra, me imaginaré a mí misma como al insufrible C3PO fardando de su conocimiento de tres millones de formas de comunicación.
Tercero: usar más el lenguaje oral. Este ha sido un año de muchas palabras escritas y pocas habladas. Escribir me encanta, es un vicio, pero la voz es insustituible en las relaciones humanas. Me he arrepentido de muchas cosas que escribí y de muy pocas que dije. Y lamento con todo mi corazón que algunas de las que me expresaron por escrito no me las hayan querido pronunciar. Las palabras que no tienen sonido en que apoyarse podrían ser de cualquiera.
Cuarto: leer más libros. Internet te pone tantas lecturas al alcance de los ojos... ¿cómo no sucumbir? Artículos de prensa, entradas de blogs, comentarios en Twitter y Facebook... Temo coger la costumbre de dedicar ratos cortos a lecturas breves y perder la de sumergirme en historias completas, elaboradas y que requieran más de quince minutos de concentración. Seguro que ya hay descrito algún "síndrome de las mil palabras" o algo así para los que no pueden mantener la atención si el texto es largo.
Y, por supuesto, agradezco cualquier otro propósito que queráis sugerirme.
Nos seguiremos viendo por aquí.
jueves, 26 de diciembre de 2013
Nos da igual
El lenguaje, ante todo, tiene que ser útil como medio de comunicación; sin duda, también como armazón del pensamiento y expresión de lo que somos, pero su uso más frecuente es como vehículo de transmisión de información.
Sólo los más puntillosos pretendemos la perfección en el empleo cotidiano de nuestro idioma. Yo busco la corrección sintáctica y semántica hasta en las conversaciones de ascensor y los whatsapps para quedar a tomar café. Y me consta que no soy la única, pues los apasionados de la lengua nos reconocemos (y apreciamos) mutuamente en cuestión de segundos.
Como siempre, el hecho de tener el periodismo como profesión no atenúa sino que incrementa esta pequeña obsesión mía. En los textos que debo corregir detecto -aparte, por supuesto, de cualquier posible falta de ortografía y puntuación- incoherencias sintácticas, ambigüedades, expresiones poco naturales, connotaciones no intencionadas...
Las correcciones están precisamente para advertir todo eso. Cuando uno escribe, se sumerge en su texto y es imprescindible pasarlo luego por el filtro de otros ojos. Lamentablemente a menudo se publican o salen en antena textos no revisados o leídos deprisa y corriendo por alguien demasiado ocupado (o demasiado incapaz, pero ese es un tema que dejaré para otra ocasión).
Un ejemplo: un titular de La Vanguardia de hace dos semanas decía "Continúan los incesantes rumores...". Al primer vistazo se le ocurre a cualquiera que si son incesantes, evidentemente son continuos. Sobra una palabra o la otra. Y, en cualquier caso, ¿es noticia que un rumor incesante no cese? Otro titular, hoy en El Mundo: "Una edil de Alcorcón triplica la tasa de alcohol tras arrollar a una mujer". Ya sé que hay que resumir, pero caray, sin decir tonterías. La edil tenía en sangre una tasa de alcoholemia que es el triple de la máxima permitida y en esas condiciones ha atropellado a alguien. Pero ni ella ha triplicado nada ni mucho menos lo ha hecho después del atropello.
En este artículo del Defensor del Lector de El País del domingo pasado tenéis varias muestras de errores relativamente frecuentes. Lo raro, bueno, lo que antes era raro es que quien los corrija sea un lector y no un jefe de área.
¿Por qué llegan nuestros errores al lector, oyente o espectador? No deberíamos obligarlos a adivinar lo que queríamos decir, deberíamos decirlo claramente y sin lugar a dudas. Tampoco tendríamos que distraerlos con nuestras incorrecciones. "La gente no se da cuenta de eso", me han dicho alguna vez. Esa frase me repatea tanto como la de "eso la gente no lo entiende". Considerar el nivel intelectual del destinatario de nuestro trabajo inferior al nuestro propio es concedernos permiso para hacerlo mal. Una excusa barata.
Sólo los más puntillosos pretendemos la perfección en el empleo cotidiano de nuestro idioma. Yo busco la corrección sintáctica y semántica hasta en las conversaciones de ascensor y los whatsapps para quedar a tomar café. Y me consta que no soy la única, pues los apasionados de la lengua nos reconocemos (y apreciamos) mutuamente en cuestión de segundos.
Como siempre, el hecho de tener el periodismo como profesión no atenúa sino que incrementa esta pequeña obsesión mía. En los textos que debo corregir detecto -aparte, por supuesto, de cualquier posible falta de ortografía y puntuación- incoherencias sintácticas, ambigüedades, expresiones poco naturales, connotaciones no intencionadas...
Las correcciones están precisamente para advertir todo eso. Cuando uno escribe, se sumerge en su texto y es imprescindible pasarlo luego por el filtro de otros ojos. Lamentablemente a menudo se publican o salen en antena textos no revisados o leídos deprisa y corriendo por alguien demasiado ocupado (o demasiado incapaz, pero ese es un tema que dejaré para otra ocasión).
Un ejemplo: un titular de La Vanguardia de hace dos semanas decía "Continúan los incesantes rumores...". Al primer vistazo se le ocurre a cualquiera que si son incesantes, evidentemente son continuos. Sobra una palabra o la otra. Y, en cualquier caso, ¿es noticia que un rumor incesante no cese? Otro titular, hoy en El Mundo: "Una edil de Alcorcón triplica la tasa de alcohol tras arrollar a una mujer". Ya sé que hay que resumir, pero caray, sin decir tonterías. La edil tenía en sangre una tasa de alcoholemia que es el triple de la máxima permitida y en esas condiciones ha atropellado a alguien. Pero ni ella ha triplicado nada ni mucho menos lo ha hecho después del atropello.
En este artículo del Defensor del Lector de El País del domingo pasado tenéis varias muestras de errores relativamente frecuentes. Lo raro, bueno, lo que antes era raro es que quien los corrija sea un lector y no un jefe de área.
¿Por qué llegan nuestros errores al lector, oyente o espectador? No deberíamos obligarlos a adivinar lo que queríamos decir, deberíamos decirlo claramente y sin lugar a dudas. Tampoco tendríamos que distraerlos con nuestras incorrecciones. "La gente no se da cuenta de eso", me han dicho alguna vez. Esa frase me repatea tanto como la de "eso la gente no lo entiende". Considerar el nivel intelectual del destinatario de nuestro trabajo inferior al nuestro propio es concedernos permiso para hacerlo mal. Una excusa barata.
martes, 3 de diciembre de 2013
Infancia intelectual
Cuando la educación en nuestro país no era universal, obligatoria ni gratuita, no solo había una tasa elevada de analfabetismo sino que la proporción de analfabetos funcionales era también altísima.
Analfabetos funcionales, una buena expresión para definir una realidad lamentable: la de quienes oficialmente han aprendido a leer pero no tienen capacidad real de entender textos mínimamente complejos. Cuando se habla de que muchas personas mayores firmaron la contratación de preferentes de bancos sin saber lo que suponía, se refieren a eso. A personas que en su día pasaron por la escuela para aprender "a leer, escribir y las cuatro reglas" y poco más.
Leer es entender lo escrito y es la base de todo aprendizaje posterior. Recuerdo compañeros míos de colegio que no sacaban malas notas en Historia o Literatura pero se atascaban en Biología o en Física y Química o en Filosofía porque los conceptos les resultaban más difíciles de comprender. ¿Y dónde está la diferencia? No solo en los propios conceptos sino en que se explican de forma menos simple y con palabras de uso menos común.
Poner como excusa esa frase idiota de "soy de letras" indica, precisamente, que de letras, poco. Si no se consigue entender un enunciado, sea cual sea su contenido, falla la comprensión lectora. Habría que remontarse a la primera clase de esa asignatura "ininteligible" y ver qué concepto no se entendió, qué palabra no se asentó en el cerebro del alumno, ¿potencia?, ¿enlace?, ¿fotosíntesis?, ¿ética?
Las lecturas que acompañan al aprendizaje durante toda la vida también son determinantes. Leer únicamente novelas policiacas no supone la misma exigencia mental que leer además ensayos sobre política, artículos sobre medio ambiente o relatos de exploraciones espaciales. La realidad es de una complejidad creciente y la terminología es cada vez más amplia. No nos limitemos a lo que nos resulta fácil, a lo que nos resultó fácil de niños. Crecer mentalmente supone esfuerzo, sí, pero quedarse en esa cómoda infancia intelectual es desperdiciar la vida.
Analfabetos funcionales, una buena expresión para definir una realidad lamentable: la de quienes oficialmente han aprendido a leer pero no tienen capacidad real de entender textos mínimamente complejos. Cuando se habla de que muchas personas mayores firmaron la contratación de preferentes de bancos sin saber lo que suponía, se refieren a eso. A personas que en su día pasaron por la escuela para aprender "a leer, escribir y las cuatro reglas" y poco más.
Leer es entender lo escrito y es la base de todo aprendizaje posterior. Recuerdo compañeros míos de colegio que no sacaban malas notas en Historia o Literatura pero se atascaban en Biología o en Física y Química o en Filosofía porque los conceptos les resultaban más difíciles de comprender. ¿Y dónde está la diferencia? No solo en los propios conceptos sino en que se explican de forma menos simple y con palabras de uso menos común.
Poner como excusa esa frase idiota de "soy de letras" indica, precisamente, que de letras, poco. Si no se consigue entender un enunciado, sea cual sea su contenido, falla la comprensión lectora. Habría que remontarse a la primera clase de esa asignatura "ininteligible" y ver qué concepto no se entendió, qué palabra no se asentó en el cerebro del alumno, ¿potencia?, ¿enlace?, ¿fotosíntesis?, ¿ética?
Las lecturas que acompañan al aprendizaje durante toda la vida también son determinantes. Leer únicamente novelas policiacas no supone la misma exigencia mental que leer además ensayos sobre política, artículos sobre medio ambiente o relatos de exploraciones espaciales. La realidad es de una complejidad creciente y la terminología es cada vez más amplia. No nos limitemos a lo que nos resulta fácil, a lo que nos resultó fácil de niños. Crecer mentalmente supone esfuerzo, sí, pero quedarse en esa cómoda infancia intelectual es desperdiciar la vida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)